¡TODAVÍA
ME ACUERDO!
¡Cuando uno no puede
dormir, se le vienen mil cosas a la cabeza, a veces son pensamientos y
situaciones negativas, a las que uno les da vueltas y más vueltas! Otras veces
te adentras en espirales y zozobras, que incluso dan verdadero miedo. En
ocasiones te puedes ir con un disgusto, desencanto o preocupación, dando
vueltas y vueltas al suceso, sin poder conciliar el sueño. Y, como no, también
puedes adentrarte en los recuerdos, en distintas etapas de tu vida, y servidor
ha querido comenzar por los recuerdos alborotadores, mezclados, de la revoltosa
edad juvenil, algo incierta en las consecuencias, aunque mayormente
“graciosas”.
Me acuerdo de un practicante hoy (A.T.S),
(¿se llamaba Luis?) que era un artista con las jeringuillas; si era él quien
nos pinchaba, el trago era mucho más llevadero, ¡dónde va a parar! Aunque a
veces servidor había desaparecido… al verlo llegar, sólo el olor de los
preparativos, me revolvía.
Me acuerdo de que
nunca he visto bajar tan deprisa a la gente de un autobús como aquella vez en
que, con una estrategia perfectamente ejecutada, atacamos una línea con una
andanada de bombas fétidas.
Me acuerdo de la
repugnancia que me daban (y aún hoy no puedo evitar un repelús cuando paso ante
ellos) los escaparates de las tiendas de ortopedia.
Me acuerdo del “Libro de arena” de Borges y no
me acuerdo de cómo lo perdí y donde fue a parar, porque además fue un regalo.
Me acuerdo de la
primera vez que vi a Rafael Farina (lucía
traje azul, zapatos, relucientes y sombrero negro de ala ancha): fue en la
Plaza Mayor de Salamanca. ¡Qué impresión!
Me acuerdo de
muchos septiembres, y de las ferias, del colorido, del desenfado de la gente, de
los programas feriales, de los carteles de toros, del portero del Gran Hotel,
del barquillero, y de aquel gitano que vendía anillos de “oro y relojes”.
Me acuerdo de los
olores de mi calle:
“Mi calle olía a tierra mojada, a uva vendimiada, a leche
salpicada de vaca, a excremento de mulo, a zaguán fresco y recién pintado por
julio, a procesión de melones agujereados e iluminados, a piara de cabras, a
las flores de María por mayo, y por los Santos en Noviembre, a estiércol
acarreado, a pan caliente, repartido en
carro con burro (“dame dos libretas”), a sangre de guarro chamuscado y abierto
en canal, a pelonas y carámbanos, a noches de verano de picadillo y melocotón,
a colonia de domingo repeinado, a bodas de mañana y entierros por la tarde, a
esportones de paja, a novios acurrucados en el umbral de la madrugada, a
desafíos y porfías... Por mi calle pasaba la vida sin cosméticos ni bisutería,
montada en el pescante de un remolque tirado por una yunta de mulas”.
Me acuerdo de los
trenes que, siendo niño, me llevaban con mi familia a Asturias -mi otra
patria-, donde la lluvia es perfecta. Una lejanía donde visitar a mis abuelos
maternos.
Me acuerdo del
trapero, de los titiriteros, y de uno que venía todos los años (blusón oscuro, piel cetrina) voceando su dulce mercancía: “¡Rica mieeeeel de la Alcaaaaarria!”
Me acuerdo de
cuando el vino, en pellejos se vendía a granel, se alegraba en los porrones;
había verdaderos virtuosos en su manejo, en dejarlos secos sin verter ni una
gota ante el pasmo de la concurrencia.
Me acuerdo,
vivamente, de la primera película que vi:
“La Túnica Sagrada” de Víctor Mature-
¡Como llore aquella tarde!
Me acuerdo de los
juguetes de cuerda y lata: el camión de los bomberos, el patito nadador, el
tranvía con los viajeros pintados en las ventanas… de las bolas o canicas, del parchís,
y los duros de chocolate… La peonza o el tiragomas…
Me acuerdo de los
cómicos de la legua representando sus funciones en las más precarias
condiciones, en los más recónditos lugares, con el entusiasmo más
inquebrantable.
Me acuerdo de
cuando las mujeres bajaban juntas a lavar en el río. Y de secar luego la ropa
al sol, tendida sobre la hierba y los juncos, mientras hablaban de sus cosas.
Me acuerdo de que
en todos los vagones del Metro de
Madrid existían varios asientos reservados a “Caballeros mutilados”. De las
damas en tan penosa situación, ni una palabra.
Me acuerdo del tiempo perdido, también de otras muchas cosas, pero, por
hoy, ya está bien.-
Fermín González salamancartvaldia.es blog taurinerías

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