La cuestión no es que haya casos de corrupción, porque a
nadie se le escapa que siempre los ha habido. En España, mientras no hubo
democracia, la corrupción fue la norma y no la excepción. Fueron las inercias
de esas décadas las que trajeron esas prácticas bien conocidas en –casi– todos
los partidos: desde el sistema por el que
el PP repartía mordidas entre sus directivos, hasta la costumbre del
3% en Catalunya, pasando por el caso tan emblemático de Cajamadrid, en el que
estaban compinchadas todas las formaciones de la región, o la grosera gestión
de los Eres, la Gurtel, que aún está por cerrar, la aparición en las filas del
PSOE de este caso Koldo, de olor nauseabundo, y una nueva entrega, por si no
teníamos bastante, uno que se estaba cociendo a fuego lento como ha sido este
del superministro Montoro, que nos metió la austeridad en vena, nos aso a
impuestos, insulto a propios y extraños, y dejo que se filtrara, impunemente
saltándose las reglas constitucionales de la privacidad, es decir hizo cuanto
le dio la real gana… Y, a mayor monto un entramado ingeniero-económico, en el
que se enriquecieron no pocos de sus “acólitos”. Todo sin enumerar otros
tantos, que siguen coleando ante la lentísima resolución judicial y ante los
ojos de una ciudadanía, contemplativa que no termina de elegir bien a sus gobernantes,
que no salen de su asombro, y que, cada día se demuestra con más claridad no
les importamos un “morrón”, a los “mangantes”, y tan solo a la hora de votar es
donde agitan las banderas de la honestidad, el buen gobierno y las promesas…
Rotas, claro.
Por fortuna, esas sinvergonzonerías se denuncian y se
investigan, los indicios que antes se encubrían durante décadas, se olvidaban
incluso de destruían. Los procedimientos de contratación han hecho mucho más difícil
(–lamentablemente, parece que no
imposible– manipular las
adjudicaciones-) es un indicador de una excelente salud democrática.
Por eso, cuando se produce un caso de corrupción —o nos
enteramos de las prácticas sexuales de algún implicado— sentimos asco y nuestro
primer instinto es el de distanciarnos tanto como sea posible. Y lo segundo es exigir que, cuanto antes,
el partido se purifique por la vía del fuego: de la dimisión, de la renuncia,
de la convocatoria electoral, del borrón y cuenta nueva. Ansiamos que se
produzca una especie de limpieza ritual para poder volver a empezar y creernos
otra vez que la política es una cosa prístina y los políticos, unos seres
sobrenaturales que son ejemplares en todo lo que hacen.
Pero eso no es posible. No es verdad que “todos los
políticos sean iguales”; son tan diferentes como somos las personas. Los hay
listos, los hay tontos, los hay de moral inquebrantable y de moral distraída.
Los hay eficaces e inoperantes. Y los hay estúpidos; si muy estúpidos, tanto
que son legión, tanto como lo somos una gran parte de los ciudadanos, que una
vez convertidos en masa, en masa mansa, adocenada, simple, lela y vulgar, somo
manejados como rebaño, dóciles borregos que marchan al grito de su pastor, que subido en un pulpito, nos
arenga a grito “pelao”, cuantas
promesas, infundios y mentiras, que nosotros tragamos, y aunque sepamos que hay
también personas y políticos, dedicados, íntegros y excelentes personas, las
tripas se nos revuelven cuando aparecen estas fechorías, impúdicas, groseras,
sin vergüenza, ética ni moral, todo un contrasentido, un engaño manifiesto pues
los mismos juraron o prometieron todo lo contrario que con sus acciones,
abusaron de sus cargos y perjudicaron a confiados votantes. Pero lo que sí es
cierto es que, en cualquier grupo de personas de cierta envergadura, sea un
partido político o judicial, sea el colectivo que sea, siempre habrá gente
brillante y luminosa y habrá alguno que tenga una cara oscura que nos repugne.
Y a medida que se multiplican las pantallas y el nivel de escrutinio sobre la
vida de los personajes públicos aumenta, no nos vamos a dejar de enfrentar a
esa realidad. Es normal, es saludable y es un síntoma de madurez democrática
que le veamos las miserias a la política. Y es que todos los mecanismos que
corresponden a un estado de derecho muy sólido parecen estar funcionando: la
policía investiga, incluso a las máximas instancias del Estado, los jueces
actúan cuando encuentran indicios de delito, los periodistas fiscalizan la
acción del ejecutivo. Cierto que todo es mejorable, y debemos exigir que así
sea. Pero reflexionen, miren y contrasten con otros países, otras naciones,
otros regímenes...se sorprenderían.
No hace falta envolverse en la bandera de ningún partido, ni justificar ningún caso de corrupción, para preferir esta coalición electoral a otra. Hay momentos en la historia en los que, para estar a la altura de las circunstancias. A veces pintan bastos tú -
Fermín
González salamancartvaldia.es
blog taurinerias

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