LA FE: ENTRE LA DUDA Y LA ESPERANZA
Los fastos programados, junto a las ceremonias que han
protagonizado en el Vaticano con motivo del fallecimiento del anterior Papa
Benedicto XVI: Siempre nos hace reflexionar sobre los asuntos de la Fe.
Contemplando -como digo- las exequias producidas, y, en que todas las Iglesias,
sacerdocios y monarquías han lucido los mejores lutos para asistir a dicho
funeral.
Mi experiencia religiosa comienza, a lo que recuerdo, con
las inolvidables y frecuentes funciones de culto católico en la sombría iglesia
parroquial. Desde que tuve uso de razón mis padres -católicos -sin excesos- se
preocuparon de llevarme a cumplir con el rito dominical, después comunión, confirmación, la ceniza etc.
Pero lo que más grabado quedó en mi conciencia infantil fueron las grandes
escenificaciones del ciclo litúrgico: Navidad
y Semana Santa. En esto de la escenificación pocos rivales tendrá la
Iglesia Católica. Con el paso de los siglos ha sabido seducir con atractivo
sensorial de primera calidad. Los cinco sentidos resultan sacudidos por la
emoción. La vista con la liturgia de las ceremonias
escenificadas en el templo. El olfato, con el penetrante olor del incienso. El
oído, con la maravillosa creación de la música sacra. El tacto, con el roce
monótono y subyugante de las cuentas del rosario. El gusto, con el inefable
contacto físico y místico a la vez de la hostia consagrada. Todo lo
experimenté y de todo guardo imagen indeleble en mi memoria. Pero, sin duda, lo
que más huellas dejó en la hoja en blanco de mi mente fue esa pedagogía, mal
llamada educación, que consiste en el adoctrinamiento y sutil esclavitud
ideológica en los maravillosos años de la formación. Una “verdad” impuesta por
la autoridad de los mayores, inyectada a presión en la conciencia virgen, sin
posibilidad de réplica, ni siquiera involuntaria, por el sumiso respeto de
quien se sabe inferior. Comprendo que este ambiente religioso ha sufrido una
notable evolución en las últimas generaciones. Conforme fui creciendo y
viajando, no dejó de sorprenderme bastante la realidad urbanística de cuantas
poblaciones visitaba. Todas ellas se habían desarrollado alrededor de una
iglesia, que solía ocupar siempre el corazón del pueblo, destacando como la
edificación más importante y ricamente construida, resistente al paso del
tiempo, con notable ventaja a castillos, palacios, casonas y centros cívicos,
no sólo por su tamaño y grandeza, sino, de ordinario, por su buena
conservación. En los pueblos de España
podrán faltar edificios públicos de autoridad civil, de recreación o de
enseñanza, pero nunca una iglesia, con su torre dominadora y vigilante sobre el
resto del caserío. Nada diré de las
ciudades de mayor población, con su catedral, colegiata, monasterios, iglesias
y conventos, todos ellos edificios de singularidad y valor artístico
extraordinario, en comparación con las demás edificaciones. Pocos palacios civiles hay que puedan
competir en arte y riqueza decorativa con un retablo barroco de cualquier
pueblo perdido en los bellos rincones de la geografía española.
En una familia católica nací, en una ciudad y en un país de
confesión católica me crie y jamás pensé dejarme subyugar por ninguna otra
confesión religiosa. Pero el hombre propone y Dios dispone, máxima que vale tanto para un roto como para
un descosido. Este breve relato, íntimo y reflexivo sobre las dudas de mi Fe,
no me produce ninguna alegría interior, contra lo que pueda parecer, pero puedo
responder, que el descubrimiento que condiciona
nuestra vida, sobre todo la absurda noción de pecado, con que nos intimidan los
predicadores del bien, causantes de no pocas aberraciones, y abusos hipócritas casi siempre, cuya impuesta
autoridad es el más pesado lastre que ha de soportar el librepensador dueño de
su cerebro, de su intimidad y de sus creencias.
Tardé en aceptar la
existencia de otras religiones, que el cristianismo no era la única propuesta
de solución al misterio de la existencia y que era imposible, por tanto, que
fuera la única ‘religión verdadera’; que los milagros, presentados como la
prueba definitiva de la verdad del catolicismo, no eran privativos de los
santos cristianos, ya que también había santos milagreros y prodigios
inexplicables en las demás religiones; que la libertad de culto, sin la cual no
hubiera prosperado el cristianismo en el mundo romano, había sido negada,
incluso con derramamiento de sangre, por el cristianismo posterior; que los
papas y obispos, autoconvencidos sucesores de
Cristo y de sus apóstoles, lejos de haber llevado una vida digna del fundador, sirviendo de modelo
a sus fieles, habían sido en algunos casos grandes pecadores, ávidos de poder,
avariciosos, lujuriosos, violentos, hipócritas y traidores a su supuesta fe.
Mucho más impactante fue mi descubrimiento de algo anterior, fabulosamente
misterioso y seductor, como la historia milenaria de Egipto, donde los faraones
no sólo tenían contacto directo con la divinidad inventada, sino que ellos
mismos se autoproclamaban dioses. ¿Qué son los dos mil años de cristianismo al
lado del Egipto faraónico, diez veces más antiguo? La consecuencia inmediata no
puede ser otra, para un librepensador, que el hacerse cuestión de todas las
enseñanzas recibidas en materia de religión. Si todas las religiones cumplen
idéntica misión en la sociedad humana, no hay por qué considerar la mía como la
verdadera, ya que las hay más antiguas y con mayor derecho de primacía. Y como
todas no pueden ser verdaderas, ¿hay que deducir que todas son falsas?
Soy católico porque nací en un país y una familia católica.
Si hubiera nacido en una familia budista, ésa sería mi religión, a la cual
tendría por verdadera. Lo mismo vale decir de las demás religiones. Conforme
avanzas en la edad de la razón, todo se relativiza y la duda penetra en el ánimo, sin hallar respuestas satisfactorias. Lo
que sí pueden hacer las religiones -y, de hecho, casi todas hacen- es ayudar a
sobrellevar las miserias de la vida, con una esperanza que, no por incierta, deja de ser un gran consuelo
individual y colectivo. El misterio de la trascendencia, que comparten todas
las confesiones, resulta beneficioso para el creyente, que necesita huir de la
nada y sentirse un ser para la eternidad. Y, en esas estamos...
Fermín
González salamancartvaldia.es blog taurinerías

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