ESPAÑA EN LA
ECRUCIJADA
España es un país curioso. Es el único que conozco con
suficiente detalle como para opinar, pero de verdad que me resulta curioso lo
que pasa aquí. Hay épocas en que parece que sus habitantes seamos amebas,
incapaces de mover un dedo por cambiar una realidad vergonzosa, y otras en que
de repente estallan los fuegos artificiales y esto se convierte en el parque
temático de las movilizaciones. Lo que pasa es que los fuegos artificiales son
muy estruendosos y luminosos… durante un tiempo demasiado breve. Luego suele
llegar la decepción, el desánimo, el hastío, y nada cambia. Bueno, sí, todo
cambia a peor, porque quienes nunca descansan son los profesionales de «ganarse
la vida» robando a manos llenas el dinero de todos. Es decir, empresarios
corruptos, sus aliados políticos y satélites diversos, como esos por cuyas
venas dicen que circula sangre azul. Hemos atravesado una etapa bastante yerma
en cuanto a movilización social, otros más místicos infiltrados en siglas de
partidos políticos, su pandilla de amiguetes casposos de pulserita, tirantes
rojigualdos y maletín en Suiza les han venido de perlas (aunque se les vaya a
acabar atragantando); incluso el insufrible procés, ahora revitalizado con el espionaje…
parece que empieza a dar muestras de agotamiento, donde muchos de sus
seguidores más convencidos, estén ya criticándolo abiertamente.
Quizás sea casualidad, pero en cuanto la afrenta
independentista ha dejado claro que se sustentaba en una lamentable estafa
vacía de contenido, pergeñada por políticos irresponsables e incapaces, han
empezado a aflorar otras reivindicaciones comunes a todos los territorios del
estado. La más significativa en los últimos meses, por la sorprendente magnitud
de las movilizaciones (sobre todo en Euskadi), la de los pensionistas, el transporte
o la sanidad.
El hartazgo de los
pensionistas, que durante la última década han sido el salvavidas para miles de
familias arrasadas por la crisis, esa estafa homicida perpetrada por los
psicópatas del capital, seguramente era lo menos esperable y, precisamente por
ello, lo más peligroso para un gobierno que funciona con el piloto automático,
confiado en que las mascotas del sistema no van a hacer nada por cambiar la
situación.
Los indignados de Twitter, y otras cuentas; esos que tienen
soluciones para todo desde el sofá de su casa, tecleando soflamas entre
capítulo y capítulo de la serie de turno en Netflix, han dedicado montones de
caracteres a poner a parir a los malditos jubilados, que votan a los unos y los
otros, a los de cerca y a los de lejos. Pues ahí están, sacándonos las castañas
del fuego otra vez, marcándonos el camino.
Haría bien la
izquierda de este país, la que de verdad pretende cambiar las cosas, en
aprovechar esta nueva oportunidad. Porque no se me ocurre un movimiento más
amplio y con más potencial para hacer tambalear el sistema que el de la
reivindicación de un modelo de pensiones justo, a salvo de los tentáculos del
capitalismo caníbal.
El sistema de pensiones es un caramelo muy apetitoso para
los vampiros del dinero. Hasta ahora le han ido clavando sus colmillos con
moderación, pero se atisba ya el desmantelamiento total del modelo de
protección social. Poco a poco hemos ido asumiendo que a medio plazo las
pensiones serán un bonito recuerdo, que tendremos que trabajar hasta que la
muerte nos rescate o bien formar parte de ese sector privilegiado (el que, por
supuesto, se lo gana todo con el sudor de su frente) que se puede permitir
contratar un plan privado.
Nos han empezado a inocular, como con tantas otras cosas, el
veneno de la culpabilidad por pretender vivir a costa de lo público: quien
recurre a subsidios y prestaciones es que no se esfuerza lo suficiente o,
directamente, es un jeta. Y eso lo dicen quienes, liberales hasta la médula,
viven a lo grande a costa de lo público. Pero ellos, a diferencia de la mayoría
de los de abajo, carecen de sentimiento de culpa y desconocen la vergüenza.
Los jubilados tienen ya poco que perder, y si se han echado
a la calle dudo que se contenten con alguna promesa populista a modo de parche.
Lo que debería pasar es que ese movimiento que devuelve la esperanza a quienes
nos resignábamos a la vacuidad del politiqueo se amplíe. Proteger nuestras
pensiones, las de los pensionistas de ahora y, sobre todo, las de las
siguientes generaciones, debería ser suficiente reclamo como para volver a
hacer política en la calle, la única que de verdad es capaz de cambiar las
cosas.
La defensa de las pensiones puede ser un punto de partida
que aglutine a otras muchas reivindicaciones. ¡Hay tantas!…
La lucha feminista, por ejemplo. ¿Por qué no? Las mujeres
pensionistas sufren las consecuencias de un sistema que las penaliza doblemente.
La lucha feminista tiene que ser necesariamente una lucha de clase. La mujer
poderosa tiene tanto en común con la mujer obrera como lo tiene el hombre
poderoso con el hombre obrero. El feminismo, en la medida en que reivindica la
igualdad, es una amenaza contra un sistema, el capitalista, basado en la
explotación; no es una amenaza, pues, contra el hombre.
La confluencia en las calles de reivindicaciones tan potentes como las pensiones, los derechos de las mujeres, los derechos laborales, la libertad de expresión, el fin de la especulación inmobiliaria y la puesta en marcha de medidas verdaderamente efectivas contra los desahucios, una sanidad pública digna y una educación pública de calidad, entre otras; la confluencia de todas esas reivindicaciones, surgidas desde la sociedad civil, debería significar el punto de inflexión definitivo
Fermín González
salamancartvaldia.es blog
taurinerías

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