ENTRE PUENTES
EUTANASIA
El tema de la eutanasia vuelve a estar en el debate de
actualidad. Ello se debe a varias razones, entre otras, el todavía recuerdo de la laureada y controvertida película de Amenábar, Mar Adentro. No
sucede lo mismo en la literatura especializada. Las razones de esto pueden ser
varias. Una, que ya se consideren logrados los objetivos, al menos los
intelectuales. Otra, que no se vea posibilidad de ir mucho más allá del punto
al que ha llegado el análisis. Y una tercera es la generalización del
convencimiento de que la eutanasia no podrá ser contemplada nunca más que como
una excepción, algo así como la solución de emergencia para casos muy extremos.
Son cada vez menos quienes no aceptarían la eutanasia en situaciones
excepcionales. Y quizá por eso el interés
se dirige ahora hacia el otro tema, el más general, quizá también el más
difícil de llevar a la práctica, el de la dignificación de las condiciones de
vida de los ancianos, de los enfermos terminales y de todos aquellos que se
encuentran en situaciones tan comprometidas que pueden considerar su vida como
peor que la propia muerte.
Hay un tiempo para vivir y un tiempo para morir. No sólo hay
un tiempo biológico sino también un tiempo biográfico. Un buen ejemplo de esto
nos lo ofrece El Quijote. Tras la derrota que sufre en Barcelona a manos del
caballero de la Blanca Luna, don Quijote vuelve a su tierra natal. En pleno
campo, mientras Sancho duerme, don Quijote exclama: ¿Así el vivir me mata,/ Que la
muerte me torna a dar la vida? Este es el sentimiento de todo el que
quiere morir. Hasta tal punto es así, que Cervantes ya no tiene otro remedio que poner fin a la
vida de su personaje. Lo pide su propia biografía. No solo hay -un tener que vivir-sino también-un tener que
morir. La muerte es también una empresa, una tarea, tanto vital como moral. El
film de Amenábar pone de actualidad algo que en la vida de Sampedro fue muy claro, a saber, que él tuvo que morir, tuvo que
poner fin a su vida para llevar a cabo su propio proyecto vital.
Esto no tiene por qué ser, salvo casos muy excepcionales,
una justificación del suicidio o la eutanasia. Todo lo contrario. Lo que
significa es que la muerte no es un fenómeno natural sino cultural, humano, y
que por tanto tenemos obligaciones morales para con ella. ¿Cuáles?:
Una, muy importante,
hacer lo posible para que no llegue antes de que las personas hayan podido
llevar a cabo su proyecto vital. La muerte de una madre que no puede ver
desarrollarse a sus hijos es una tragedia, lo mismo que la de un joven en el
campo de batalla. La muerte de un anciano que ha cumplido su ciclo vital es un
motivo de dolor, pero no puede considerarse una tragedia. Una vez que han
cumplido su proyecto vital, las personas tendrán que ser capaces de renunciar a
procedimientos muy extraordinarios que tengan por objeto prolongarles un poco
más la vida. Y los Estados deberían dirigir sus esfuerzos a promover un mejor
cuidado de las personas mayores, en vez de invertir grandes sumas en terapias
que en sus cuerpos ya gastados serían de muy escasa eficacia.
Martín Heidegger cita
en una de sus obras diciendo que: ¿Tan pronto como el hombre entra en la vida,
es ya bastante viejo para morir? Es la visión tradicional, clásica, del
problema. Hoy sería difícil estar de
acuerdo con ella. Lo que se vivencia trágicamente es que alguien no pueda
alcanzar una edad que le permita llevar a cabo sus planes de vida, su proyecto
vital. Nosotros tenderíamos a decir: ¿Hasta que el hombre no ha conseguido llevar
a cabo su proyecto de vida, lo cual probablemente no puede suceder antes de los
setenta y cinco u ochenta años, no es bastante viejo para morir.? La primera
obligación ética es procurar a todos los seres humanos una buena vida. Y la
segunda, conseguir que tengan una buena muerte.
“Con poca salud…Eso sí”.
Fermín
González salamancartvaldia.es blog taurinerías
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