EXODO (II)
La llegada de emigrantes mayoritariamente españoles y portugueses a las
estaciones centroeuropeas era un espectáculo al que no se puede asistir
indiferente. Sea de modo individual o en pequeños grupos, sea en expediciones,
la sensación que producían los hombres de aspecto campesino, con equipajes voluminosos, muchas veces con pintorescas provisiones
alimenticias, en una mezcla de indefensión y fatalismo, de seguir el destino.
La mano de obra a la búsqueda del amo.
Y allí estaban, alguna vez las asistencias
sociales se esforzaban en repartir una sonrisa, una somera información, una
taza de café caliente. Otras, las más, el desconcierto más total sumado al
desconocimiento del idioma, funcionarios que les interrogan severamente,
aduaneros que les confiscan embutidos y licores, revisiones médicas, papeles
que se les piden y no tienen, o no saben si tienen y cuáles son. De la estación
se pasaba a las empresas, si es que el
centro de trabajo se ha comprometido a suministrar alojamiento. Si es este el
caso, la impresión que recibía el recién llegado emigrante no es mejor que la
de la estación. Lo más probable es que fuera a parar a una residencia en una
vieja casa, a barracones de aire provisional, pero que fueron construidos hace
bastantes años, o, en el mejor de los casos, a residencias de aire espartano. La precariedad, el hacinamiento, la falta
de confort y de calor humano suelen ser características definitorias de los
atributos de tales viviendas. Una vez instalado allí -y tras las amargas reflexiones
que indefectiblemente debía provocar el verse embarcado en esa aventura-, ya
estaba dispuesto para a lo sumo
veinticuatro horas más tarde, ponerse a trabajar.
El éxodo la emigración y anteriormente el exilio ha sido puramente un mercado salvaje entre
dos tipos de economías capitalistas que intentan salir a flote, la una echando
gente, y, la otra, cogiéndola, sin tener nada más en cuenta que esa venta, ese
intercambio de gente. Constituía una compra y venta de un país
a otro, no teniendo en cuenta en absoluto que se trataba de personas, de trabajadores, sino que lo único
que interesaba es que el capital tiene
que obtener el máximo beneficio y la máxima garantía. En España dieron una solución fácil fomentando la emigración y nos
exportaron.
Es complejo conocer el volumen de la emigración irregular ya
que hasta los años 60 no hubo ningún registro detallado de las salidas y
entradas de españoles a Europa. Al sumar los datos oficiales con los de los
países receptores, se demuestra que de 1960 a 1969, la tasa media de salidas
sin contrato era del 51,5% de los emigrantes, cifra que no controlaba la
administración española. Además, la cantidad de emigrantes registrada por
España era sensiblemente inferior a la que ofrecían los Estados de acogida.
A pesar de todo, la
mayoría de los que salieron consiguieron su objetivo: ahorraron y enviaron unas
divisas a España fundamentales para el desarrollo económico español. Sin
embargo, este enorme esfuerzo ha pasado desapercibido en España, donde se tiene
una visión estereotipada y casi folclórica del emigrante, ni se le ha dedicado
la atención ni el cariño que hubiera merecido. No lo hicieron allí. Tampoco lo
hemos hecho aquí.
Fermín
González salamancartvaldia.es
blog taurinerias

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