AL HILO DE LAS TABLAS
SENTIR SEVILLA- SU- PRIMAVERA Y SU FERIA-
LLEGÓ la primavera con sus galas y perfumes, y el cielo es más
diáfano, y el alma parece flotar en su eterno azul, saturándose con las
esperanzas de una vida nueva y de una tranquilidad propia del paraíso. Alégrense
las serranías y sobre el vivo azul del horizonte o sobré las dilatadas llanuras
esmaltadas por las adelfas, destacase los cortijos con sus blancas paredes y
sus marcos de árboles o de flores, la tierra de color de sangre se tiende en
derredor, cruzada por los caminos orillados de verdes chumberas, y a un lado y
otro aparecen pueblos alegres, montes azulados que parecen nubes, y ríos que
arrastran su corriente silenciosa entre aquella vegetación lozana, lamiendo sin
rumor los vergeles que le festonean y aún más allá, hacia Oriente, descocada y
graciosa sin brumas que la velen ni cordilleras que la guarden, se ostenta la
perla del Guadalquivir, la patria de la imaginación, del arte
y del amor. Sevilla, en fin. Hurí en todas las religiones, por ella se
convierten en mahometanos los ingleses, y abandonan sus lagos tranquilos, y sus
parques y sus palacios,
ansiosos de reposar un día en el regazo de la ciudad
moruna. Quizá creen que bajo sus pórticos árabes o circulando por sus
calles estrechas han de ver aún al islamita silencioso como un fantasma, la faz
cobriza hacia el suelo, el rosario de cuentas de sándalo en la mano y el ancho
alquicel cayendo en anchos pliegues por la espalda; quizá necesitan para
regocijo de su imaginación que sustituya al eco de la chillona cornamusa de sus
montañas, el guitarreo melancólico o el son alegre de los polos y el vito,
quizá también buscan en contraste de la rígida hermosura de sus mujeres, en la
gracia de la mujer andaluza que vale más que todas las hermosuras del mundo, y
olvidar sus macizas fábricas, admirando las caladas y aéreas agujas de la
fastuosa catedral que hizo exclamar al duque de Rivas:
¡Ay! ¡Bendito sea aquel país en que Dios ha concentrado todo
lo alegre para regocijo del mundo! ¡Quién no ha paseado por la calle de las
Sierpes desde San Fernando hasta la Campana!, ¡quién no ha disfrutado el
ambiente de las freidurías ni ha pagado manzanilla en el Bunero, ni ha hecho
bailar a una mujer, sobre la mesa de un colmado, ni ha tomado aceitunitas
aliñadas y alcaparrones, en la avenida
de la alegría!; ¡quien en tiempo de feria no ha ido por la mañana al paseo de
las delicias á embriagarse con el olor del azahar o a comerse con los ojos a
las hermosísimas amazonas y juncales caballeros que van luciendo su airosas
chaquetillas y sus sombreros cordobés, y su elegancia sobre sus magníficos
potros!.
¡¡¡Quien no se ha
deleitado viendo bailar sevillanas en las artísticas barracas de la feria, ¡quién
no ha visto aquel mercado de Caballos, aquel prado de San Sebastián cubierto de
arcos de follaje, de bombas y de gallardetes, quien no ha visto desde allí la
ciudad morisca con su Giralda a la izquierda y a la derecha su Torre del Oro y
su río, al pie, y en el mismo, barcos y yates de todos los países del mundo,
quien no se ha sentido envuelto en aquella oleada de hermosura y riqueza,
juventud y gloria, que baja a la feria, desde la Macarena a Triana!; ¡quién no
ha presenciado la Maestranza, ni se ha sentido
oprimido por la aglomeración de gente al entrar en la plaza, ni asistió
a una primera corrida en que los tendidos parecen jardines con figuras, de bronce y alabastro, ni vio a un toro
cárdeno de Saltillo o Miura escarbar la rojiza arena del redondel, ni el cite
emocionante donde se oyen los pulsos de un torero de tronío, ni entró en la
taberna de los caracoles, mansión favorita de Currito, ni resistió los grupos
alegres de cigarreras al salir de la fábrica, ostentando sus manos menuditas,
su rostro trigueño, su blanquísima dentadura, sus ojos negros, sus faldas de
colores, sus pañuelos de crespón, sus flores en la cabeza y aquel aire procaz y
aquel mirar altanero que trastorna.!!! ¡Quien a la hora en que despierta el
día, no bogó, río abajo, deleitándose en la contemplación de tantos y tan
pintorescos pueblos como Alfarache, Coria y Lebrija,! ¡quien no vio todo esto,
no está del todo completo!. ¡A Sevilla lectores; los trenes repletos de gente
correrán en breve llevando admiradores de la Semana Santa y devotos juerguistas
de feria. A Sevilla, pues, porque allí, si no se está precisamente en el cielo,
se puede encontrar uno muy cerquita de él. Tanto como de soneto del poeta
sevillano Juan Sierra.
Fermín González salamancartvaldia.es blog taurinerias
«Mística de naranja
su verbena
colgada en un desmayo
de cintura,
se repliega tu blanca
arquitectura,
traspasada del mástil
y la pena,
en la mañana donde
abril resuena
su vara de clavel
hecha frescura,
el álgebra de sol, la
sombra pura
que a la Giralda te
incorpora plena.
Protegido en el oro
de ancha torre,
¡qué azul de puerto
junto a tu alma corre
recien nacido en
nácares de frío!
¡Y qué verdor torero
tu costado
si ondula su contorno
soleado
en la viva parábola
del río...!»
Juan Sierra


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