ENTRE PUENTES
ETICA, TUTELA Y
EDUCACIÓN (II)
Por supuesto, sólo es posible legislar sobre lo que puede
"encerrarse" en principios generales objetivos que puedan tener forma
de ley. Esto no es difícil en lo tocante a la conservación y protección de los
menores, en el sentido de que es fácil discernir entre lo que es cuidar bien o
no a un niño. Lo tocante a la educación ya es más etéreo. La ley podrá privar
del derecho de tutela, por ejemplo, si un tutor no adopta las medidas oportunas
para que el niño curse la educación obligatoria, o si lo induce a delinquir,
etc., pero fuera de casos extremos, es imposible establecer objetivamente si
una forma de educar a un niño es mejor o peor que otra, y una legislación que
imponga demasiadas restricciones sería injusta por contravenir dogmáticamente
los criterios de los tutores (sin perjuicio de que éstos sean también más o
menos dogmáticos, pero el dogmatismo es admisible allí donde la razón no tiene
objetivamente nada que decir).
Observemos también que los fines que hemos señalado como
integrantes del proceso educativo pueden entrar mutuamente en conflicto. Por
ejemplo, alguien podría argumentar que es inmoral educar a un niño inculcándole
dogmas de forma deliberada, por ejemplo, unas creencias religiosas. En efecto:
esto puede volverlo intolerante con aquellas personas que no compartan sus
creencias (por ejemplo, puede volverse antiabortista militante, y eso es
inmoral). Así pues, la religión puede alejarnos (parcialmente) del fin esencial
de convertir al niño en persona. Sin embargo, podría ocurrir que el privar al
niño de una educación religiosa le cree un vacío interior que lo lleve a no
encontrarle sentido a la vida y termine siendo infeliz. No tiene por qué ser
así necesariamente, pero ¿y si los tutores del niño no quieren arriesgarse a
que esto suceda? ¿No es razonable rebajar un poco la dignidad futura del niño
(si es que sale antiabortista o algo similar) a cambio de no abocarlo a la
infelicidad absoluta? Habrá quien piense así y quien se considerará capaz de
enseñar al niño a ser feliz sin necesidad de apelar a creencias dogmáticas. Sin
embargo, como nada puede decirse a ciencia cierta, a la hora de juzgar las
estrategias educativas es necesario armarse de cautela y tolerancia. La esencia
de la inmoralidad es imponer un criterio a los demás sin tener sólidas razones
para ello.
El aspecto más
polémico de la educación es la capacidad que tiene el educador de
"modelar" la personalidad del niño. Un educador que conozca bien
"el oficio" puede lograr que sus tutelados salgan beatos, fascistas,
ecologistas, rebeldes, conformistas o cualquier cosa que se proponga, con un
alto margen de probabilidad. Es verdad que a menudo un hijo acaba con unas
ideas muy diferentes de las de sus padres, pero esto significa que una cosa es
criarse en una familia con una ideología determinada y otra criarse en una
familia manipuladora. El arte de manipular puede, a su vez, practicarse de
forma consciente o inconsciente. Alguien podría sostener que lo éticamente
correcto en materia de educación es presentar al niño todas las opciones para
que él elija libremente la que más se le acomode, de modo que dirigirlo hacia
una opción determinada es inmoral. No creemos que, así, sin más matices, esto
sea sostenible. Es tanto como decir que una ruleta es mejor que un plan
predeterminado. "Dejar libertad" a un niño para que se forme su
propia forma de pensar es dejar que dicha forma de pensar la determine, tal
vez, el primer individuo que se encuentra por la calle y se convierte en su
amigo en lugar de determinarla sus tutores. El método no tiene ninguna garantía
de aportar beneficio alguno.
Otra cosa es que podemos distinguir lo que podríamos
llamar manipulación en sentido estricto y lo que sería
propiamente educación, en su sentido etimológico de
"dirección", "conducción". Podemos considerar que se
manipula a alguien cuando se le ofrece una visión sesgada de las cosas, con
mentiras, ocultando argumentos o hechos contrarios, exagerando lo favorable a
una posición determinada, etc. Otra cosa diferente es presentarle los hechos,
no imparcialmente, sino abogando honestamente por una determinada visión.
Argumentar no es inmoral, engañar sí. Naturalmente, los argumentos éticos con
niños son un poco más sofisticados: engañar a un niño es inmoral porque, cuando
llegue a adulto y sea una persona, tendrá razón al quejarse de haber sido
engañado. En cambio, presentar argumentadamente un punto de vista no es inmoral. En el caso de
un niño sería inmoral, de todos modos, presentar argumentadamente un punto de
vista de una complejidad tal que el niño no estuviera en condiciones de
asimilarlo debidamente y replicar como lo podría hacer en un estadio de mayor
madurez. De adulto, podría considerarse igualmente engañado y, por
consiguiente, manipulado. Así pues, no hay razón para considerar inmoral que un
tutor "conduzca" a un menor presentándole argumentos en favor de una
línea de pensamiento en la medida en que éste esté en condiciones de
asimilarlos y sopesarlos. Otra cosa es
recurrir a engaños o estrategias emocionales que pretendan aprovecharse de la
debilidad intelectual del menor. Ah… la
siempre complicada, labor de educar…
Fermín González salamancartvaldia.es blog taurinerías
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