ENTRE PUENTES
TRABAJORAS
O EMPLEADAS
El 8 de Marzo se
conmemora el DIÁ DE LA MUJER TRABAJADORA;
el mismo día también se evoca lo que se cree, fue un asesinato, hace ahora más
de un siglo de las 146 obreras textiles
en Nueva York. Bajo este epígrafe, los que propusieron el nombre pudieron tener
una buenísima intención, pero a mi modo de ver, confundieron el término dando a
la palabra “trabajo” un significado que no se corresponde exactamente a la
realidad. Puede ser, incluso, un insulto para media humanidad femenina. Porque
todas las mujeres trabajan, en el sentido popular de una actividad intelectual
o física, compensada económicamente, que es lo pretendido en esta
conmemoración.
Una mujer obrera a
sueldo, emprendedora, independiente
remunerada de cualquier forma por su actividad, realiza una labor,
gratificante o no, pero siempre comercializada. Siendo administrativa, profesora, asistenta, dependienta, actriz, policía,
diputada o cualquier otro oficio, una mujer recibe una remuneración y, solo
por eso es considerada mujer “trabajadora”, ¿soló por la paga? Protestaran y
con razón, los millones de mujeres que trabajan sin recibir nada a cambio, en
muchos casos ni el agradecimiento de los suyos. ¿No trabaja el ama de casa, ni
la legión de voluntarias en O.N.G. u otras asociaciones consagradas al servicio
de los más necesitados. ¿Sería por tanto necesario un cambio en la palabra del
señalado día?.
Una persona si vende sus servicios será empleada además de
trabajadora. El Ministerio será de Empleo, no de trabajo y el día podría ser-
De la Mujer Obrera-, no trabajadora. Se habla con propiedad, cuando tratamos de
“políticas de empleo”. No hay trabajadores en paro, son empleados en paro.
A la entrada del campo de AUSHWITZ, se podía leer un letrero significativo (“El
trabajo os hará libres”), es decir, os dará la felicidad. En ambos
casos hay un error de concepto, el segundo teñido de crueldad.
La maldición bíblica (“Comerás
el pan con el sudor de tu frente”) impregno la palabra con la severidad de un
castigo eterno, una condena perpetua para todos los individuos, por un pecado
original, del primer padre Adán el seducido, complaciente con la seductora Eva,
de trágicas consecuencias en la mentalidad popular de los creyentes. Una sentencia,
que se me antoja injusta. El sudor de la frente, es metáfora del trabajo,
considerado aquí como un castigo necesario para la supervivencia del hombre
sobre la tierra. La condena es absoluta, sin límites de espacio y tiempo;
injusta porque no se extiende a todos por igual, ya que son sólo unos pocos los
que de verdad trabajan “con el sudor de
su frente”, para mantener el ocio de los demás.
Desde que la
humanidad comenzó a dividirse entre ricos y pobres, el trabajo es considerado
como una simple mercancía, una pesada carga que se soporta buscando un
beneficio económico. Unos desheredados venden su esfuerzo, como otros venden su
cuerpo, para poder sobrevivir. Es una condena que solamente un vuelco de
fortuna puede redimir. En ese momento la alegría sustituye a la tristeza y al
conformismo. En todo caso, el trabajo es el único patrimonio del pobre y, donde
se acusa a la inhumanidad de la industria que ha desprovisto al trabajador de
su dignidad.
La doctrina católica, sin embargo, ha defendido siempre la
bondad moral del trabajo como redentor de la pecaminosa condición humana.
Trabajos, penas, penitencias y tribulaciones, son la fuente del verdadero
placer, según algún Padre de La Iglesia, se llegó a decir y escribir, que los
ricos, porque no trabajan “no consiguen
el placer del sueño”, en cambio el pobre tiene fatigados sus miembros,
cuando pone fin a su dura jornada y, se apodera de él un sueño dulce y profundo, obteniendo con él una más que
estimada recompensa a sus honrados esfuerzos”. Y aumenta su opinión con la
frase histórica. “Toda vez que el pobre duerme, come, bebe con placer” ¿Qué valor puede tener la riqueza todavía? Juzguen
ustedes pero: independientemente de empleo o trabajo actualmente. La
cita tiene cinismo… Ya te digo…
Fermín González
salamancartvaldia.es
blog taurinerías
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