EXTREMISMOS
A medida que el siglo XXI comenzaba a arder sobre las
cenizas del XX, los riesgos intrínsecos a la fantasía liberal del fin de las
ideologías se hacían cada vez más evidentes, y emergieron como hongos grupos que revivían el entusiasmo ideológico de
la ultraderecha: neonazis en Grecia, Alemania y Ucrania; franquistas en España;
supremacistas blancos en Estados Unidos y el Reino Unido; y regionalistas
xenófobos en Inglaterra, Italia, Francia y Escandinavia.
A diferencia de la época de entreguerras, a la que tanta
referencia se ha hecho en el debate público global en los primeros años del
nuevo siglo, este malestar se extendió también por las calles del Tercer Mundo,
alimentando el origen del oscurantismo
del bolsonarismo en Brasil, nacionalismo conservador turco encabezado
por Erdoğan, el gansterismo genocida del gobierno de Netanyahu el régimen ultra
de Bukele y el resurgimiento de la ultraderecha reaccionaria, francesa y
alemana, o el Vox nacido en España; bajo el paraguas de Trump, un trasnochado e
incierto presidente aspirante a
Emperador, con su amigo Putin.
En todo el mundo, esta enfermedad reaccionaria está al alza.
Esto nos obliga a ir más allá de los límites de las viejas fijaciones. Reducir
el fenómeno a sus líderes es un problema. También lo es creer que las victorias
de sus formaciones políticas se reducen a la arena electoral. La lógica de la
polarización y las tendencias fascistas que han permeado la política partidista
de muchos países del mundo tienen su origen en procesos de derechización de la
sociedad, alimentados por la desprotección, la precarización, el cinismo, la
aceptación del discurso del odio y el fracaso de los proyectos colectivos de
transformación de la realidad. Como
resultado, la agenda política global se ha desplazado hacia la derecha en temas
tan delicados como la migración, los derechos humanos, la militarización de los
espacios de vida, el rechazo a las reivindicaciones de género o el lugar de la
verdad y la ciencia en nuestras sociedades.
Nos preguntamos por la relación entre las condiciones
sociales y sentidos políticos heredados de las gestiones con los idearios y
programas de estas nuevas ultraderechas. También nos cuestionamos sobre las
pasiones e ideas políticas que las ultraderechas actuales concitan dado que, en
algunos casos paradigmáticos, su llegada al poder ha sido impulsada por
vigorosos movimientos de masas. ¿Cuáles son sus estrategias organizativas,
formas de comunicación y valores? ¿Cómo funcionan y qué transformaciones sufren
cuando alcanzan el poder político del Estado? Estos movimientos son el último
capítulo de añejas tradiciones en el pensamiento de las derechas: ¿Qué
elementos ideológicos del liberalismo, el fascismo histórico y el
conservadurismo podemos rastrear en estas formaciones y gobiernos? ¿Cuáles son
sus vínculos con el capital y las pasiones de clase que exaltan?
Podemos aportar elementos para distinguir entre
neofascismos, regímenes autoritarios y populismos de derecha, pero sobre todo
interesa alertar sobre las consecuencias que éstos generan: la degradación de la política; la normalización del odio y el racismo
como agendas de movilización y reorganización del debate público; y la
vampirización de espacios y prácticas sociales como la religión, la familia o
las organizaciones sociales, ahora puestas al servicio de agendas violentas,
jerarquizadoras, excluyentes y destructivas.
En estos tiempos, resulta urgente enfatizar que, más allá de
las amenazas virales, la pandemia más peligrosa a la que nos enfrentamos es
ideológica. En el mundo nuevo que está tomando forma a partir de las ruinas
dejadas atrás por la globalización neoliberal, la ultraderecha representa una
fuerza central a la que hay que hacer frente en la página impresa, los espacios
digitales, las instituciones y las calles. Si no reaccionamos a estos
movimientos, si nos adocenamos y nos dejamos invadir por la pereza y la
dejadez, no nos extrañe, que perdamos todas aquellas conquistas sociales, que
costaron mucho trabajo, sufrimiento y lucha conseguir. Por favor miren hacia
atrás, y recuerden de donde venimos, y a donde nos quieren llevar nuevamente,
estos “apóstoles”, con ropajes de patriotismo chusco y fanfarrioso.
Sinceramente es una pena que se dejen convencer. Recuérdenlo amigos.
Fermin
González salamancartvaldia.es blog taurinerías

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