LA BUSQUEDA DE LA FELICIDAD
Para la especie humana no hay sed más acuciante que la
emocional, que sólo se puede calmar con unas gotas de felicidad. Tal es el
ansia de este sentimiento, exclusivamente humano, que hubo libertinos, como
Fausto, que vendieron su libertad por unos momentos de felicidad. Hay autores
que, incluso, la suman a los tres reconocidos “imperativos biológicos” de la especie (supervivencia, reproducción, sociabilidad): “La forma de suicidio
actualmente más común, por sobredosis, se explica fácilmente por la semejanza
entre la felicidad natural y la inducida por las drogas. Hay quien dice que la
felicidad terrenal está escondida en los genes. Esta sería la natural,
sensación de bienestar saludable, exento de dolores y carencias, sin la cual no
se puede concebir ningún otro tipo de felicidad. En cuanto a la inducida,
parece más cierto y científicamente demostrado que las emociones felices se
producen en el cerebro por sustancias químicas como la dopamina, o “moléculas de la felicidad”,
neurotransmisores responsables de las sensaciones placenteras. Tan es así que
millones de personas en todo el mundo toman la “píldora de la felicidad”, que actúa en el cerebro para combatir
las depresiones, disminuyendo la serotonina. La felicidad así entendida queda
reducida a una sensación puramente física, sin que esté respaldada por ningún
sentimiento emotivo, espontáneo o provocado por una conducta moralmente
satisfactoria.
Sabemos por la experiencia que hay momentos de felicidad
psicológica que nada tienen que ver con la moral (porque me ha sonreído mi nieta,
porque ha ganado mi equipo, porque me ha tocado la lotería u otro sinfín de etcéteras).
Siguiendo los pasos de Platón, y
de Aristóteles la felicidad se alcanza llevando las riendas de la propia
conducta: sólo la razón puede conducirnos a la felicidad. Esto ocurre cuando la
razón, instrumento del juicio crítico, nos lleva a la satisfacción que produce
la buena conducta. Es decir, cuando una ética universal impone su código moral,
en aras de la dignidad humana, para favorecer la convivencia. La ética es, así,
una construcción cultural, como tantas otras que ha inventado el homo
sapiens para superar la animalidad primitiva.
Aunque sería más
correcto hablar de “‘momentos de
felicidad”’. Porque el estado de felicidad no puede existir, como diría
Vázquez Montalbán.- Nadie podría
soportar un estado constante de suma felicidad-. Es una tensión demasiado
prolongada en el tiempo, incompatible con la personalidad humana, necesitada de
continuos descansos. Lo que sí se debe hacer es distinguir entre placer y
felicidad, que son cosas distintas, porque las sensaciones de placer pueden esclavizar,
como el sexo o las drogas, cosa que no hace el sentimiento de felicidad. Ya Epicuro, que concebía la felicidad como un placer sensible, decía que debía
estar controlado y supeditado a la tranquilidad del alma. Lo cierto es que
todavía no existe una definición exacta de la felicidad. Quizás porque resulta
imposible, al ser un íntimo sentimiento, subjetivo y no transferible.
Por su parte, el catedrático de Psiquiatría en Madrid,
doctor Enrique Rojas, nombrado Médico Humanista del año en España (1994),
insiste que, “Todo hombre está llamado a
ser feliz. Pero esta inclinación natural, metida en las entrañas del ser
humano, pocas veces se produce”.
Pero es indudable que, también existe la posibilidad de
alcanzar la felicidad, no en otro mundo, sino en este, con todas las
limitaciones que se hacen patentes en unas sociedades donde imperan las
pasiones destructivas, en el marco de una naturaleza eternamente indiferente,
tanto al gozo como al sufrimiento. Como en el caso de la libertad, también la
felicidad, tan afanosamente perseguida, debe tener unas fronteras, algún límite
que evite el desenfreno y la mutua destrucción.
Si logro entender, que el bien es lo que me perfecciona como ser humano, y que la inmoralidad no debe defenderse en nombre de la libertad, habré encontrado el buen camino. Ser libre y ser responsable son valores inseparables, lo cierto es que cuando razonamos sin prejuicios podemos llegar a conclusiones no deseadas. Por ejemplo, ¿es realmente la vida algo sagrado, cuando hemos visto a lo largo de la historia correr ríos de sangre, en nombre de un dios celoso, de la paz, o nombre de la libertad? ¿Cómo se puede creer en la palabra salvadora de una persona como yo, que puede esconder las más bajas pasiones, los motivos más ruines y el mensaje consolador tras una máscara de hipocresía? A pesar de todo, los pobres humanos, no sólo los desgraciados y desposeídos, tienen puesta su esperanza en una felicidad sin límites, plena y duradera, que sólo intuyen tras un velo de ignorancia. ¡Dios mío que necesitados estamos!..
Fermín
González salamancartvaldia.es
blog taurinerias

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