HISTORIADORES: DESCUBRIDORES DE LA VERDAD
"En la actualidad, cuando el estudio y los intereses
materiales de los individuos (entendidos como seres sociales) es de lo más
importante para descubrir qué mueve los hilos del poder y cómo se reproducen
los saberes, al terreno del conocimiento científico también arriban las
múltiples formas de evasión y contemplación. Como en tiempos medievales, se
busca al “ser verdadero” en el “más allá” y la verdad se ubica en la razón
subjetiva.
Por supuesto cada individuo busca y elabora “su verdad”,
pero cuando se trata de convivir o trabajar en conjunto, de entre las múltiples
verdades subjetivas, se imponen unas (las verdades consensuadas) o se inventan
nuevas. La verdad es producto del consenso social, es una construcción que
responde a las relaciones interpersonales, sociales y con la naturaleza,
que establece una comunidad o sociedad en un determinado lugar, tiempo y
circunstancia. Sean visibles o invisibles, tácitas o explícitas, se modifiquen
constantemente o avancen “por el camino equivocado”, las verdades son siempre históricas y los historiadores tienen la
misión de buscar cómo y por qué sirvieron de orientación a una comunidad o
sociedad en particular.
Si de alguna manera
la historia nos conduce al pasado humano y social para extraer de él el
conocimiento histórico que nos interesa, este conocimiento es limitado,
aproximado y compuesto por una gama que fluctúa entre la verdad “casi segura”
—pasando por una compleja diversidad de verosimilitudes, probabilidades,
falsedades— y la mentira.
A pesar de que las
preguntas que se hacen los historiadores cambian conforme sus deseos, intereses
y la realidad social presente, su oficio es indagar y comunicar a sus
receptores lo ocurrido en la historia con el mayor grado de exactitud y
confiabilidad posibles. Y como sus explicaciones no pueden estar supeditadas
a los deseos del mercado, al igual que otros científicos, no puede dejar de
revisar constantemente la influencia de sus prejuicios, deseos e intereses en
la investigación, ni dejar de intentar percibir “la verdad” de quien le es
ajeno o extraño, con el uso de su imaginación, la cual le ayuda a sumergirse en
otras realidades sociales.
Consideraron
que esta era la vía para desenmascarar los fundamentos psicológicos y sociales
de fenómenos sociales como el autoritarismo, la injusticia y la sumisión, con
el fin de combatirlos. La búsqueda de la “verdad histórica” resultó
imprescindible para ellos, y su encuentro se concibió como un medio de
ilustración, es decir, una forma de tomar conciencia de los mecanismos ocultos
en las formas de represión, enajenación y cosificación empleadas durante las
guerras mundiales y reinauguradas tras ellas.
Además de analizar el modo de mentir y engañar empleados por
los “salvadores” de los regímenes totalitarios que condujeron a innombrables
niveles de violencia y destrucción, sus estudios advirtieron su continuación
velada. Prácticas retóricas ancestrales se actualizaron en el siglo XX para
persuadir y convencer a las masas, manejando sus emociones, impulsando la ética
de sumisión y explotando el espíritu de servicio como valores positivos. Con
formas burdas o sofisticadas este tipo de estrategias de control también habían
alcanzado una parte de los estudios filosóficos y sociales. Para cautivar a las masas, la propaganda del mercado
capitalista retomó trucos utilizados por las dictaduras totalitaristas,
especialmente los discursos laudatorios, los “efectos especiales” y las formas
religiosas de sacralizar el mundo. El montaje de escenarios asombrosos,
excitantes, fascinantes, y toda la parafernalia orientada a mover los sentimientos
de la gente, funcionaron, y funcionan hasta hoy, como recetas para eludir los
conflictos y evitar la obstaculización de las decisiones de los oligopolios.
Desde entonces, los dueños de los medios masivos de comunicación, en
connivencia con las cúpulas de poder, determinaron el tipo de información
adecuada para hacerse pública y el tipo de relaciones sociales que convenía que
la gente adoptara. Una mirada a las redes sociales no deja dudas de la
manipulación e imposición de las corrientes del pensamiento por parte de las
empresas digitales.
Abandonar la racionalidad crítica significa abandonar la duda, la práctica permanente de la sospecha, la dialéctica y la experimentación como caminos del conocimiento histórico y social. En su trabajo de poner al mundo al revés, con los pies en la tierra, de aplicar el rasero del análisis crítico (a contrapelo) de los documentos, la racionalidad crítica pretende descubrir las mentiras, las censuras, las autocensuras, los silencios, las falsedades, es decir dirigirse al “desencantamiento” del mundo como premisa de su transformación. Podemos decir, en suma, que al historiador le corresponde el descubrimiento de las falsedades (inconscientes) y las mentiras (intencionales); esta es su manera de desbrozar el camino para hallar una verdad histórica que contribuya a conocer los hechos y los pueblos que le son extraños, y para cambiar radicalmente un mundo que pide angustiado sacarlo de su agonía".
Fermín
González salamancartvaldia.es
blog taurinerias

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