COMPRAS Y RECICLAJES
Adquirir hoy cualquier producto se convierte en un ejercicio
múltiple de civismo que va más allá del acto de la compraventa y del uso de lo
comprado. Con frecuencia, la compra introduce al consumidor en un laberinto
imprevisto que le lleva a dar pasos o traspiés más o menos voluntarios hasta
completar el ciclo de cada consumo concreto. La decisión de cada compra,
determinada por múltiples factores, arranca de una pulsión que activa al
individuo para recorrer un camino, las más de las veces, de manera
automatizada. Factores como precio, calidad, utilidad, apariencia,
funcionalidad, cantidad, publicidad y otros muchos, encaminan los pasos para
buscar un modelo concreto, un proveedor determinado y hasta una fecha y una
hora adecuadas para realizar la compra.
A veces, el costumbrismo consumista induce inconscientemente
a coger el coche, realizar un desplazamiento kilométrico y emplear una cantidad
de tiempo desmesurada para comprar una simple bombilla que pasa desapercibida,
a los ojos de usuarios fidelizados por los grandes almacenes, en las
estanterías del bazar de la esquina más próxima a su domicilio. La diferencia
de precio no suele justificar el viaje, pero el subconsciente raramente valora
el tiempo y la gasolina en su justa medida. Tampoco valora los beneficios
personales y sociales que reportan el ejercicio físico, la inactividad del tubo
de escape y la inversión en economías domésticas cercanas.
Cuando las necesidades nos conducen al hipermercado y
abarrotan la cesta de la compra, la mayor parte del volumen de la misma se
compone de productos, que son transportadas a los hogares como polizones no
deseados. Paralelamente al llenado de las neveras y las despensas hogareñas
tiene lugar el llenado de bolsas amarillas y azules (plástico y papel) con
accesorios y envoltorios que nada aportan a las necesidades del consumidor,
pero que sí aportan como agentes contaminantes, obligando a su reciclaje y elevando de camino los costes de
producción y el precio de venta de lo adquirido. En la mayoría de los
casos, los envoltorios tienen una función más publicitaria que de otra índole.
A golpe de impuesto, el consumidor se ha reeducado y ha
desempolvado la tradicional cesta de la compra que evita los efectos indeseados
de millones de bolsas de plástico marraneando el medio ambiente. No ha ocurrido
lo mismo con la cultura publicitaria de las multinacionales, que sacrifica
nuestro medio en aras del atractivo gancho publicitario que suponen los
envases, la mayoría fabricados con plásticos contaminantes y papel. Los
gobiernos, duros con la ciudadanía, actúan con una permisibilidad cómplice de
cara a los fabricantes.
Queda en manos de cada consumidor la decisión de reciclar
adecuada y engorrosamente los envoltorios o mezclarlos rápida e
irresponsablemente con el vidrio y los orgánicos. El civismo es una actividad
personal y social, aunque el sector empresarial y la parte política de la
sociedad no caminen por el mismo sendero de responsabilidad por el que muchos
ciudadanos se mueven. Los intereses debieran responder al bien común y no sólo
al beneficio de la parte más pudiente y contaminante de la sociedad.
Lo que sucede con las compras semanales, suele agravarse cuando se trata de compras ocasionales destinadas a satisfacer caprichos personales o compromisos sociales. Los denominados regalos suelen acompañarse de una parafernalia envoltorio mayor que la de los artículos de uso cotidiano, a pesar de lo cual solemos invertir en papeles especiales, lazos, cintas y demás ornamentos, con las que engordamos aún más la bolsa de reciclaje, mayormente para aquilatar las apariencias. Imaginen que los productos se comprasen aislados de lo superfluo: tal vez se abarataría la mayoría de los productos que adquirimos y la tarea de reciclaje pasaría como algo anecdótico en nuestras tareas diarias.
Fermín
González salamancartvaldia.es blog taurinerias

No hay comentarios:
Publicar un comentario