QUERIDOS REYES MAGOS
“Ahora, que llegaron
los Reyes Magos, dejando las ilusiones, los entusiasmos y alegrías a los niños,
jugando con el montón de cachivaches, que irán desperdigando y destrozando
hasta hacer olvido de los sueños del seis de enero, y esperar otro
acontecimiento que también se transformarán en regalos de familia.
Pues ahora, se vienen a mis meninges, aquellos sueños e
ilusiones de mi niñez, aquellos juguetes, aquellos caramelos, chocolatinas y
primeros cuentos y pinturas etc. En aquel tiempo, los escaparates, las luces,
los coloridos se dejaban notar lujosas,
exponiendo sus mejores productos, tanto pastelerías como jugueterías, sobre
todo las céntricas.
Algunos pasteles y tartas eran un artículo de lujo para muchas familias que debían limitarse al
consumo de magdalenas, bollos, brevas, palmeras, y algún pastel de crema. Lo
mismo ocurría con ciertas cosas expuestas en las jugueterías, donde no hacía
falta saber leer el precio para deducir que podían ser prohibitivas para las
familias humildes como la mía. Aunque debo reconocer, que no me fue tan mal,
como a otros chicos del vecindario.
Nunca tuvo que explicarme nadie que mi carta a los Reyes
Magos debía ser escrita con mesura y, actuando así, sus majestades nunca me
defraudaron. Por ejemplo, no me trajeron un tren eléctrico de aquellos con
largas vías y varias estaciones, pero sí un coche que me llenó de alegría y
satisfacción y con el que disfruté todo lo que podía disfrutar un niño en
aquellos años ya tan lejanos. Pero la fantasía
se fue apagando:
Dejé de creer en los
Reyes Magos el día en que mis padres me llevaron a unos
grandes almacenes de la ciudad. Allí, en
el rellano de una gran escalera, el rey Melchor estaba sentado en un regio
sillón dorado junto al que pasaban encopetadas señoras con bolsas de juguetes y
algún niño, debatiéndose entre la emoción y el miedo, se cobijaba entre su
túnica para que le hicieran la fotografía de rigor. A pesar del entusiasmo con
el que mi madre me invitaba a prometerle a aquel rey que iba a ser muy bueno, no dije nada y, entre huraño y avergonzado, agaché la cabeza porque
mi inocencia ya no era tan pura aquel invierno y, de algún modo, intuí que
aquel personaje era un hombre disfrazado de rey.
Creo que ésta fue
la primera vez que sentí nostalgia de las mañanas de Reyes en la vieja casa de
mi infancia, con olor a pan frito recién hecho y a café del bueno. Y de
las noches de las vísperas cuando me levantaba a mirar a un interminable
pasillo con mi cara inocente impregnada
de luna y estrellas, tratando de ver
llegar a los Reyes cuyas pisadas creía
percibir entre los ruidos que produce el silencio. Siguiendo las consignas de
mi madre, aquella noche había que acostarse pronto, cuando la tarde aún desprendía las últimas luces de sus cielos fugaces, pues los Reyes podían llegar en cualquier momento
montados en sus caballos y no le dejaban juguetes a los niños que no estaban
dormidos. Los Reyes que pasaban por los
barrizales de mi barrio, no viajaban en camellos, sino en caballos, (o quizá
-en carro tirado por una mula, como el basurero que cada mañana se dejaba
sentir)- ni llevaban pajes que los
guiaran por los caminos intrincados de la barriada porque ellos lo conocían todo. Las
vecinas que sabía todas las cosas, me
recordaban que había que dejar junto a
la ventana no sólo los zapatos sino
también un cubo de agua para los caballos que venían fatigados de tan
largo viaje e incluso un plato con mantecados y una copita de licor por si los
Reyes traían hambre. Estas imágenes dispersas
se reunieron aquella tarde en mi memoria abriéndose paso entre las percepciones que me venían de
aquel rey lujosamente vestido, sin ninguna huella de polvo en sus zapatos o de
fatiga en su rostro y que, inmune al cansancio, le preguntaba a un niño tras
otro si iban a ser buenos. Pero en mi
interior me quedó muy claro que aquel era un rey ficticio y que los verdaderos Reyes habían sido los de mi barrio, porque eran misteriosos e inaccesibles y, en tanto que magos,
traspasaban los ventanales para dejar su carga de juguetes a los niños sin
necesidad de que nadie les abriera las puertas. O sea, eran más que reyes,
magos, y por eso ningún niño los veía
nunca. Ni siquiera los pudieron atisbar
algún año mis avispados ojos hasta que los rendía el sueño. Pero estaba
seguro de que llegaban y entraban por el
balcón porque a la mañana siguiente habían desaparecido casi todos los mantecados, la copita de licor y el agua del cubo había bajado de nivel. En
recompensa, nuestros zapatos estaban llenos de chocolatinas y caramelos, y
habían dejado regalos en torno a
ellos. Incluso alguna vez tenías allí aquello que habías pedido en aquellas cartas de letra destartalada y
con faltas de ortografía y renglones torcidos, que les había escrito unos días
antes y que mi padre decía llevar al buzón de correos.
Las mañanas de
Reyes madrugábamos mucho los niños del barrio, después de haber soñado con
ellos toda la noche. Me levantaba con la débil claridad del amanecer y corría
junto al viejo ventanal aunque a esas
horas el invierno estaba agarrado con
fuerza a sus barrotes. Ahora, al evocar aquellas mágicas imágenes, puedo adivinar también el mundo que debía de
existir tras la risa complacida de mis padres al contemplarnos desbordados de
ilusión. Hay vagos recuerdos, incluso en
el episodio triste ocurrido un año que por mis travesuras, los Reyes dejaron junto a mis zapatos dos grandes
trozos de carbón dulce, con la advertencia de que sería muy negro, si las
fechorías de niño continuaban.
Todo lo demás fue, sucesivamente, tambores de abigarrados
colores, trompetas brillantes, camiones de madera o de hojalata, diábolos, juego de carpintero de minúsculo
menaje, estuches, libros de cuentos… un lejano y confuso montón de sueños
conseguidos, capaces de acarrear la felicidad
suprema a los niños, que jugábamos bajo un sol débil que derramaba
cansinamente sus rayos sobre los charcos helados, de la calle. Algunos años la
solana resplandecía con el blanco y frío ritual de la nieve y entonces buscábamos cobijo en uno de los
rincones de la calle, porque era tradición en ese día jugar todos los niños
reunidos y lucir los regalos – los que te dejaban sacar claro-, hasta apurar el
breve resplandor de los atardeceres del invierno.
La felicidad en buena medida debe de estar hecha de retazos de aquellos días, que nunca enterrará el olvido, de escenas jugando, de cantos de pájaros y silbidos de trenes que se iban a no sabía dónde. Desde este otro confín de ahora, aquellas entrañables palabras, y bellas mentiras que creímos de niños, no pasen a formar parte de nuestra renuncia y nuestro olvido. Luego he visto recobrar la ilusión en mis hijos, y ahora mis nietas. Pero el paso del tiempo, y el empacho de todo, ha resquebrajado la inolvidable fantasía de nuestra niñez”.
Fermín
González salamancartvaldia.es
blog taurinerías

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