CONVIVIR CON EL ODIO
Hay personas que cuentan, que el odio les ha servido, para encontrar la energía suficiente como para
superar una muy difícil situación personal. El odio ha sido, pues, en algunas
ocasiones el combustible que ha propulsado la máquina. Pero yo no estoy tan
seguro de que odiar sea agradable o provechoso. De hecho, creo que es un
sentimiento de inquietud, pedregoso y revuelto, que te deja los adentros como
un páramo, aunque recaiga en alguien (o algo) que se lo merezca. El odio es una
niebla negra que recubre el mundo interior y, a veces, también el exterior:
cegados a la realidad, nos hace atender a la realidad contrahecha de las injurias que
creemos haber sufrido o, a las injusticias que advertimos (o
inventamos). No obstante, el odio, para bien o para mal, forma parte
de nuestro patrimonio afectivo: es un sentimiento humano ineludible. Y, si está
ahí, es porque algún servicio nos presta, o nos ha prestado, para llegar a
donde estamos. En el caso de aquellos a quien les ha servido –como digo-
les ha proporcionado el impulso necesario para sobrevivir al naufragio: odiando
a los responsables del desastre, y queriendo demostrarles que no los habían
derrotado, han conseguido superarlo. Bien está. Pero también en muchos otros
casos el odio obedece a una inclinación positiva. Porque, en realidad, lo que hay que deplorar no es odiar, algo
irremediablemente unido en el hipotálamo al deseo y la supervivencia, sino qué
se odia. Odiar a alguien por ser —negro,
judío, musulmán, mujer, homosexual...—es abominable. Pero odiar algo inventado por los hombres,
sus comportamientos e idearios, como el racismo, el antisemitismo, la
islamofobia, el machismo o la homofobia, es
muy necesario. Yo odio a cualquier tirano,
a terroristas, a violadores, a embusteros
traidores y abusadores de cualquier calaña, por no hablar de regímenes políticos, y, aunque me
reconozco inflamado de aborrecimiento, no me siento culpable por ello. “Odio la brutalidad que practicaron, el
sufrimiento que infligieron y las muertes que causaron”. Es más, creo que
todas las personas decentes lo hacen, o deberían hacerlo. Pero también odio a
quienes matan a mujeres, y a quienes insultan, maltratan, encarcelan o incluso
ejecutan a homosexuales, y a los que abusan de niños, y a los terroristas del
Estado Islámico (y, a algunos otros). La lista es larga, y cada cual puede
completarla con los movimientos, personajes o conductas que le parezcan
más execrables. Cuando el odio se proyecta así, es personalmente
reconstituyente y socialmente saludable. Sin embargo, hay que ser cuidadoso
deslindando ambas caras del odio: la
que supone una aversión moralmente injustificable, porque no tiene que ver
con el hacer o el pensar de los hombres, sino con su mera existencia, y la que
constituye una deseable barrera contra esa misma aversión. En la sociedad
española, y en otros países occidentales, se han extendido las iniciativas
contra el odio, y todo parece estar amenazado de ser una incitación al odio o
un delito de odio.
La ley española establece que son delitos de
odio aquellos actos de agresión u hostilidad contra una persona, motivados por
un prejuicio basado en la discapacidad, la raza, origen étnico o país de
procedencia, la religión o las creencias, la orientación e identidad sexual, la
situación de exclusión social y cualquier otra circunstancia o condición social
o personal (así lo resume el Ministerio del Interior en su página de
"Servicios al ciudadano", aunque no habla de "actos de agresión
u hostilidad contra una persona", sino de "incidentes que están
dirigidos contra una persona": yo pensaba que los incidentes eran
cosas que sucedían, sin intervención necesariamente de las personas, o
altercados entre estas, pero no acciones deliberadas para denigrar a perjudicar
a unos u otros, todos tenemos prejuicios, aunque muchos no se den cuenta de
ello — algunos luchamos denodadamente por quitárnoslos de encima— y
todos podemos vernos arrastrados por ellos. Los prejuicios forman parte, en
cualquier caso, del bagaje intelectual —pernicioso, sí, pero
bagaje— y de la configuración de la conciencia de las personas. Y ni el
pensamiento ni los sentimientos delinquen. Además, y esto me parece
fundamental, los delitos de odio, tal como están configurados al menos en la
legislación española, pueden abarcar la crítica racional, por acerba que sea,
de ciertas ideologías o comportamientos derivados de ellas.
Cualquier otra circunstancia o condición social y personal—significa
que: por ejemplo, ¿podríamos ser acusados de cometerlo?… ¿Si llamamos
torturador a alguien que reúna la condición personal de torturador, o si
vituperamos a alguien en quien se dé la circunstancia de ser un evasor de
impuestos, o de haber quebrado fraudulentamente una empresa, o contaminado por
negligencia un río o la costa de una provincia entera?... La lista, aquí,
de nuevo, es interminable, y no siempre tranquilizadora.
El odio no es despreciable si se odia lo que merece ser odiado. Pero el ejercicio racional contra los cuerpos doctrinales y la crítica justificada a ciertos comportamientos y pautas sociales no puede ser considerado odio. El odio es un sentimiento humano que puede ser muy nocivo, pero que, investido de ciertos valores, nos protege contra el autoritarismo y la crueldad. O quizá no… ¡¡¡Una sin odio por favor!!!.
Fermín
González salamancartvaldia.es blog taurinerías

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