DEMOCRACIA Y DESAFECTO- POLITICO CIUDADANO-
El desafecto ciudadano por la política es una evidencia
empírica. No es que la ciudadanía se haya alejado de la política, ahí
está la contestación del pueblo en las calles, sino que los políticos
se han distanciado de la realidad social, ahí están la patronal y la
banca moldeando el BOE a su medida. La campaña electoral que ahora va a
comenzar seguirá siendo como siempre, un ejercicio de hipocresía y falsedad
para consumo interno en los consistorios, las autonomías y los gobiernos de
turno.
Se impone reflexionar sobre la relación ciudadana con las
urnas en un ambiente de inflación, necesidad, pobreza, goles y medias
verónicas, como en los mejores tiempos de los amañados plebiscitos
franquistas. A falta de conocer los programas para (que no se cumplan
ni la mitad de lo prometido), silenciados los demás, se impone una reflexión a
fondo sobre España y su representación política. No se ha de olvidar
que el bipartidismo español, acompañado de algunas minorías, es una sucursal
del europeo con olor a castiza fritanga e incienso rancio.
Una reflexión
sobre la corrupción institucionalizada es un ejercicio que produce bilis en
lugar de sudor, democráticas agujetas e hipertrofia ideológica. Sobres, sobresueldos, comisiones,
donaciones, nepotismo, sobrecostes, adjudicaciones… demasiado doping, para una
olímpica estafa. Una reflexión
sobre las burbujas financiera e inmobiliaria alumbrará el túnel y mostrará
cadáveres sanitarios, educativos o asistenciales dejados por las mafias
rescatadas. La ciudadanía, las víctimas, ha salvado a los delincuentes, la
ciudadanía que votó a quienes dictaron y ejecutaron su condena.
Una reflexión
sobre Villarejo y Fernández Díaz es una marea de lágrimas y miedos virtuales,
temor a la libertad de expresión, horror fronterizo de ahogos y cuchillas, un
atentado a la libertad. Una reflexión sobre alternativas a tanto fango,
podredumbre y hedor es la única vía al optimismo y la esperanza que ira dejando
la campaña electoral.
La democracia y la política tienen que ir más allá de
permitir opinar y votar; los demócratas más allá de acompasar sus respuestas a
las correspondientes arengas y eslóganes. Como ciudadanos no deberíamos aceptar
el filibusterismo informativo y la palabrería de quienes reducen la política al
sempiterno rifirrafe partidista, a quienes confunden demagogia con política.
Cuando ante las circunstancias más difíciles no se atisba un poco de empatía ni
búsqueda colectiva del bien común, qué se puede esperar de la denominada política
nacional.
Asumiendo el peligro de escribir sobre lo que crítico,
expreso la convicción de que la irrupción de la extrema derecha resulta menos
inquietante que la radicalización de un amplio sector de la sociedad, del
partido conservador mayoritario y de importantes medios de comunicación. Tanta
provocación, tanta reyerta estéril y bobalicona solo conduce al desafecto, a la
estupidez colectiva. Ante el espectáculo diario, cabe preguntarse si la extrema
derecha y quienes le prestan apoyo apuestan por la demolición de la democracia.
No hay que ser una persona muy observadora para constatar la presencia de
opciones políticas, de personajes de la política y de medios de comunicación
que tienen como objetivo fastidiar, destruir, sembrar o alimentar rencillas y
odios. Están ofuscado con el poder, con esa parcela de poder que consideran les
pertenece. Apuestan por el desconcierto y la confusión cuando ellos o los suyos
no lo ocupan. No les importa la degradación de la democracia ni forjar una
sociedad airada. Intuyen que tanto exabrupto terminará por generar indiferencia
y, con el hastío electoral de muchos, obtener en mayoría en las urnas.
En todo caso, ¿cabe esperar otra actitud de la extrema
derecha y sus secuaces? Si la política consiste en propiciar condiciones de vida
dignas y justas para la ciudadanía, como sociedad nos tendríamos que preguntar
qué hacen quienes se dedican a ella para conseguir dicho propósito.
Tal vez porque pensar sea un antídoto contra la desidia y
sumisión, es por lo que proliferan esos espectáculos que buscan la gresca, el
minuto de gloria o las adhesiones en vez de la complicidad razonada. Están
convencidos que todo engañado a gusto lleva dentro de sí un fanático. Por ello
se dedican a generar adeptos intransigentes, seguidores exaltados e intolerantes
con quienes son distintos, piensan diferente o tienen otra forma de entender y
vivir la vida.
Así las cosas, la democracia, que surgió como respuesta a
diferentes sistemas despóticos —monarquías, oligarquías o tiranías— está en
peligro zarandeada por representaciones chuscas, incertidumbres y
manipulaciones. Sin ciudadanos críticos y capaces de pensar por sí mismos, la
democracia corre el riesgo de transformarse en una pantomima. Y a ello vamos. -

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