POR LA DIGNIDAD DE
LOS MAYORES
Llegar a una edad avanzada no puede convertirse en una
circunstancia que menoscabe la plena ciudadanía ni la dignidad de las personas
reconocidas en nuestro orden constitucional
«Corresponde a los poderes públicos promover las condiciones
para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se
integra sean reales y efectivas; remover los obstáculos que impidan o
dificulten su plenitud y facilitar la participación de todos los ciudadanos en
la vida política, económica, cultural y social».
La dignidad de la
persona es una e inalterable, en calidad y cantidad, a lo largo de toda la
vida, y de ahí dimanan una serie de derechos y obligaciones que son inherentes
a la persona, sea cual sea su edad y su estado de salud, y que se deben ejercer
sin merma alguna, salvo sentencia judicial en contra. Hemos pasado
desgraciadamente, del respeto al olvido, en cuanto a la evolución de las
personas mayores en la sociedad. La experiencia es una importante fuente
de conocimiento y sabiduría. Desde tiempos remotos, las personas mayores
han ocupado una posición clave en la sociedad. A ellos se le pedía consejo a la
hora de resolver problemas, nadie mejor que ellos conocían el entorno y cómo
obtener recursos y además el tiempo los había dotado de infinidad de historias
que todo el mundo deseaba conocer.
Hace apenas tres siglos, el porcentaje de personas que
alcanzaban edades avanzadas era muy limitado. Cuanto más retrocedemos en el
tiempo más extraordinaria era la presencia de individuos que superaran los 60
años de edad. Esto también explica por qué el adulto mayor era una
figura respetada a la que había que cuidar y atender. De sus sabias
decisiones dependía el futuro de muchas personas. Con la irrupción de la
tecnología y la expansión del conocimiento, las enseñanzas de las personas
mayores dejaron de ocupar ese lugar privilegiado. Poco a poco no solo fueron
sus historias y lecciones las que cayeron en el olvido: también lo hizo el
interés de esforzarse en el cuidado de personas que, desde el punto de vista
práctico, ya no suponían un aporte de fuerza, protección o riqueza para la
sociedad.
Así, los adultos mayores pasaron de convertirse en un valor
añadido en ser una carga para la comunidad. Una visión reduccionista y
sesgada sobre un grupo de población que, tanto entonces como ahora,
sigue teniendo mucho que ofrecer. La experiencia acumulada es una riqueza que
solo se obtiene con el tiempo. ¿Por qué ya no se valora tanto la importancia de
las personas mayores en la sociedad actual? La vejez ha sido abordada desde
diferentes perspectivas a lo largo de la historia. No obstante, desde hace
varias décadas la percepción que las sociedades modernas tienen del adulto
mayor se ha quedado bastante estancada.
El aumento de la esperanza de vida ha hecho que los
principales países del planeta tengan una población cada vez más
envejecida. Esto no solo le resta importancia al hecho de cumplir años,
sino que pone de manifiesto la aparición de nuevas necesidades con respecto al
cuidado y la atención que merecen las personas de edad avanzada. Pero ¿está la
sociedad actual capacitada para asistir de forma adecuada a la población mayor?
El problema tiene una doble cara: por un lado, la inoperancia de las
administraciones públicas para ofrecer una respuesta eficiente a estas
necesidades y, por otro lado, la incapacidad de muchas familias para afrontar
con éxito el reto que supone cuidar de una persona mayor.
Ante estas circunstancias, la solución más sencilla ha sido
la institucionalización en
residencias. Pero esta alternativa no resuelve otros problemas como son
el distanciamiento o la exclusión de la vida social, la falta de participación
en decisiones importantes de la vida, la discriminación por edad = edadismo,
o la consolidación de estereotipos, que convierten a las personas
mayores en una “carga” para la sociedad.
En países como Australia, Japón o China, donde la edad sigue siendo sinónimo de sabiduría, se valora con especial interés la contribución de los mayores al desarrollo cultural, intelectual y político. Son este tipo de actitudes y no las que contribuyen al distanciamiento, los prejuicios y la soledad, las que deberían marcar el rumbo de un cambio de perspectiva en pro de la recuperación del papel de las personas mayores en la sociedad. Para que prospere una nueva perspectiva más optimista de la tercera edad, alejada de los horrores del maltrato, es necesario que se produzca una transformación a varios niveles. Tienen que cambiar las políticas sociales, las estructuras asistenciales, la opinión de la sociedad e incluso el concepto que las personas mayores tienen de sí mismas. Hoy apenas se tiene la memoria, el reconocimiento, la dignidad, y la sabiduría de aquellos, que lo dieron todo, para que nosotros estemos aquí, y podamos disfrutar, de todo lo que han puesto en nuestras manos, para ahora con un inhumano egoísmo, les olvidemos, les arrinconemos, o lo que es peor los abandonemos a su soledad, triste, muy triste, que a aquellos, que nos dieron lo mejor de si mismos, no les tengamos, algo tan fundamental como un poco de cariño, y un poco de respeto… Me parece a mí… vamos.
Fermín
González salamancartvaldia.es
blog taurinerías

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