PUTIN EL RUSO
El 24 de febrero de 2022, Vladimir Putin pronunció el famoso discurso con el que anunció una
“operación militar especial” y se inició la invasión de Ucrania. El presidente
ruso justificó la agresión desde la autodefensa y la presentó incluso como “en
última instancia una cuestión de vida o muerte, una cuestión de nuestro futuro
histórico como pueblo”. Luego denunció “el golpe de Estado” de Ucrania en 2014
y se retrató a sí mismo como un pacifista, pues “durante ocho años, interminablemente largos ocho años, hemos hecho
todo lo posible para resolver la situación por medios pacíficos y políticos.
Todo ha sido en vano”. De ahí que apelara al argumento de la necesidad y
concluyera que “era simplemente imposible soportar todo esto. Era necesario
detener de inmediato esta pesadilla: el genocidio contra los millones de
personas que viven allí, que solo confían en Rusia, que cifran sus esperanzas
solo en nosotros”.
Lo que con ello se ha hecho ha sido recuperar sobre
todo el recuerdo del vencedor de la “Gran Guerra Patriótica” frente a Hitler,
mientras se prefería eludir momentos más incómodos como las terribles purgas
estalinistas o el llamado Holodomor, esa terrible hambruna que provocó la
muerte de millones de ucranianos y que todavía hoy separa a Ucrania y
Rusia,
discurso que Hitler pronunció el 1 de septiembre de 1939 para defender la invasión de Polonia. También el canciller alemán justificó su ataque desde la protección de unas minorías que sufrían una situación que calificó de Terror (la palabra “genocidio” se acuñó cinco años más tarde), se presentó a sí mismo como un pacifista (“como siempre, traté de lograr, por el método pacífico de hacer propuestas de revisión, una alteración de esta intolerable posición”) y retrató su intervención como inevitable y necesaria (“ninguna gran potencia con honor puede permanecer pasiva durante mucho tiempo observando tales acontecimientos”). En otro momento, advirtió Hitler de forma intimidatoria: “¡Lucharé en esta batalla, no importa contra quién, hasta que la seguridad del Reich y sus derechos estén garantizados!”.
Por ello, no deja de
ser curioso cómo en ambos casos se combinan un discurso victimista y otro
agresivo, como si del primero se siguiera el segundo. De ahí, por ejemplo, que
Putin acabase su intervención con estas inquietantes palabras:
“Quien intente ponernos obstáculos, y más aún crear amenazas
para nuestro país, para nuestro pueblo, debe saber que la respuesta de Rusia
será inmediata y acarreará consecuencias que nunca han experimentado en su
historia. Estamos listos para cualquier desarrollo de los acontecimientos”.
No está de más recordar que en la primera etapa de
Putin como presidente de Rusia las relaciones con la OTAN y la Unión Europea
fueron más cordiales, y que ya entonces había comenzado a cultivar una especie
de “melancolía imperial”; una en la que la reivindicación pública de la
gloriosa memoria de un imperio pasado y a su juicio injustamente disgregado, lo que describió Putin ya en 2005 como
un gran desastre geopolítico del siglo pasado, ha pasado a ser el marco desde donde
querer legitimar la recuperación de ciertos territorios en el presente. Es
decir, no se trata tanto de una nostalgia imperial que quiera volver a los
tiempos evocados, sino de servirse de una memoria vaga, flexible e
instrumentalizada del pasado para justificar y reforzar las políticas actuales.
“Estoy seguro de que la verdadera soberanía de Ucrania sólo
es posible en asociación con Rusia. Nuestros lazos espirituales, humanos y de
civilización se formaron durante siglos y tienen sus orígenes en las mismas
fuentes, se han endurecido por pruebas, logros y victorias comunes. Nuestro
parentesco se ha transmitido de generación en generación. Está en los corazones
y en la memoria de las personas que viven en la Rusia y Ucrania modernas, en
los lazos de sangre que unen a millones de nuestras familias. Juntos siempre
hemos sido y seremos mucho más fuertes y exitosos. Porque somos un solo pueblo”.
Por ello, hay que recordar que toda esta retórica
comenzó mucho antes del conflicto actual. No por ello se debe caer en lecturas,
como si la invasión de Ucrania
estuviera pensada desde el principio del gobierno de Putin, pero sí que es
importante retener que el conflicto actual no solo se explica desde un choque
geopolítico, sino que también cuadra con un imaginario y un planteamiento
cultural que ayudan a comprender el origen de la guerra. Un imaginario y un
planteamiento cultural, por cierto, que no solo están presentes en Putin, sino
que, con sus diversas modulaciones nacionales o geográficas, comparten
parcialmente muchos de quienes al menos hasta hace poco eran sus admiradores.
Fermín
González salamancartvaldia.es blog taurinerias
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