ENTRE PUENTES
¿QUIEN SE ACUERDA DE
ELLOS/AS?
“Al principio se trató de casos aislados. Inexplicablemente,
la cosa empezó por aquellos más débiles, más vulnerables, más necesitados, presentaban síntomas como asfixia y fiebre
alta, sin que ningún médico pudiera poner remedio a un cuadro que, lejos de mejorar,
empeoraba cada día. Cuando llegó la
fatal noticia y se conoció que varias decenas habían fallecido en sus
domicilios, confinados por las autoridades, cundió el pánico. El personal de
las residencias y centros de asistencia, donde se originaron los contagios, una
aterradora y desoladora sombra cayó sobre nuestros abuelos, padres madres, tíos,
amigos etc, convertidos en las principales víctimas de la oleada mortal. Aunque
hijos, hijas nietos y nietas, los sentían
agonizantes, llamaban a los hospitales suplicando que los trasladasen a
unas urgencias que, por otro lado, estaban saturadas, solamente recibían el
silencio y recomendaciones de permanecer en casa.
A los dos meses, la cifra de fallecidos era de varios miles.
Al cabo de tres, alcanzamos las cinco mil muertes. Pereció el 20% de los
matriculados en residencias y centros de la Comunidad de Madrid y no tardaron
en filtrarse órdenes y protocolos firmados por el Consejero de Sanidad de la
Comunidad en los que se indicaba que no se les debía trasladar a urgencias.
Salvo excepciones: aquellos padres que tuvieran seguros privados de salud cuyas
pólizas cubrieran a todos los miembros de la familia. La necrofilia avanzo
hasta el resto de provincias españolas, los datos, los relatos, los
sentimientos, el grito angustioso tal solo era ahogado por el miedo, el dolor,
la impotencia y el llanto.
La cosa (virus) invisible, no comenzó por jóvenes, niños y
niñas sino; por ancianos y ancianas. ¿Qué habría de imaginar, si hubiera sido
el ataque por los infantes? ¿cómo reaccionarían sus padres, todo un país, ante
la muerte por dejación planificada, omisión del deber de socorro y desidia?, ¿cómo
nos levantaríamos al día siguiente?, ¿cómo de tocada y herida de muerte
quedaría la «calidad» del mismo sistema y la «altura moral» de las autoridades?,¿
cómo se lo contaríamos a quienes nos sucedieran?, ¿cómo les diríamos que una
vez hubo un país, el nuestro, que dejó morir a sus propios hijos e hijas, el
daño tanto físico como psicológico que nos produciría como pueblo y comunidad
que algo así sucediera?. Y aquí viene lo peor: Este país no puede mirar hacia
adelante sin purgarse a sí mismo, pues de lo contrario se institucionalizará la
barbarie y lo que veremos será a caminantes blancos, gente hundida en el fango,
política de feria. Sucedió aquí mismo,
mientras no había día en que no se hablase de que vivíamos una «guerra» y de
que, por supuesto, éramos un «gran país». Pues bien, esa carnicería se cebó con
ellos, sus principales víctimas, por cortesía de un capitalismo salvaje vendido
como liberalismo y libertarismo de última hora. Otra mentira más. No
recogimos a nuestros caídos. Aún siguen ahí. No yacen en una playa, tampoco en
lo que quedó tras ningún heroico desembarco. No, qué va, murieron en la soledad
y el anonimato en una obsolescencia terroríficamente planeada y tolerada. A
muchos, nadie lloró por ellos. Es más:
algunos hasta brindaron, serían un gran… negocio. «Los telediarios hace tiempo
que ya no comienzan con la noticia del “escándalo de las residencias de
ancianos”. Llegó el verano»
Una sociedad que ha hecho y permitido esto, está condenada a
una enfermedad perpetua. Traerá tormentas, ha sembrado una maldad que nos
pasará factura y donde «no se habla del síndrome postraumático que van a sufrir
los ancianos tras este confinamiento porque se da por descontado que vivirán
poco tiempo para sufrirlo». En lugar de cuidar, proteger y mimar a nuestros
mayores, como haría cualquier sociedad o persona decente, los dejamos morir.
Fueron miles, no lo olvidéis, no lo olvidemos. Con nombres propios. Ellos y
ellas, que son el puente entre el pasado y el presente, el eslabón que nos
ayuda a comprender lo que somos. Ellos y ellas, que nos cuidaron en la
posguerra, esa señora con las piernas hinchadas que subía renqueante las
escaleras con un cántaro de leche, pan y huevos para su nieto que, en aquellos
años, nadaba en el pozo del paro y la marginación. Ellos y ellas, que con sus
brazos, espaldas y bocas soportaron lo indecible para que nosotros hoy podamos
decir lo que nos dé la gana y no nos maten a balazos; ellos y ellas, no lo
olvidemos, quienes tejieron nuestra red, una red llena de amor y cuidados, para
evitar que cayéramos cuando hace pocos años sufrimos la enésima crisis.
La náusea hoy es esta España que mira al sol, esa de la desescalada y el subidón, la de las endorfinas, las playas y las terrazas hasta arriba. El gran solárium del turismo internacional. Los telediarios hace tiempo que ya no comienzan con la noticia del «escándalo de las residencias de ancianos». Llegó el verano. Las vacaciones, los hoteles, las compañías aéreas. «Queremos recuperar la vida», dice uno. «Nos controlan. Las mascarillas las carga el diablo. Son una muerte lenta. ¡Libertad!», exclama otro y otro y otro más en una pequeña turba que protesta sin mascarillas, mientras a su lado pasa uno de estos octogenarios supervivientes, que los mira, sacude la cabeza, y pasa de largo. Si a nuestro alrededor hubiéramos visto partir a tantos y tantos amigos jóvenes en lugar de ancianos, qué distinto sería todo.
-Una octogenaria señora, enfila la calle que la lleva al mercado. A su
lado, lo que contempla es tierra quemada. Ella sí puede decir que esto ha sido
y es lo más parecido a una guerra. Se siente que sobra y no es para menos: vive
en un país que promociona la cultura de los jóvenes, la vitalidad anfetamínica,
los gimnasios y la vida veloz, el eterno selfie, los cuerpos al sol, los
brindis en mitad de la bulliciosa noche”.
Érase una vez el país que dejó morir a sus hijos. Porque hijos de su
tierra, son todos los que han nacido en ella.
Fermín
González salamancartvaldia.es
blog taurinerías

No hay comentarios:
Publicar un comentario