ENTRE PUENTES
EL DESPERTAR DE UN CONFINADO
-Terminado uno de los telediarios,
que cada día nos acompaña en la sobremesa, confuso y fatigado de ver y oír
tanto despropósito político, tanto horror, tanta destrucción y muerte-. Perplejo,
aturdido y confuso tras esta pandemia mundial nos mantiene atemorizados,
confinados sin salir de casa para no ser contaminados, y tampoco
contaminadores. Algunos de nosotros que pasamos de largo la edad de jubilación,
y después de la lucha mantenida en materia social por este país llamado España,
ahora nos viene un virus cabrón, que se lleva por delante a aquellos, que bien
tenían ganada una vejez cuanto menos sosegada, tranquila y en paz. ¡Pues no
señor!, también nos tenía que llegar un nuevo sufrimiento en ese tránsito final
de la vida, donde muchos ya estaban acuartelados en residencias. Lo cierto es,
un verdadero lamento, una putada del destino que después de lo pasado, se nos
tenga que acelerar, de esta manera un nuevo padecimiento, que a mayores nos está
costando la vida.
En esta reflexión estaba, cuando caí en una
profunda somnolencia... Y soñé, algo que seguramente millones de personas han
soñado desde que el tiempo es tiempo -. “Soñé
en una sociedad más feliz”, en la misma, no había calles de oro, ni
tesoros, ni innumerables riquezas, ni casas suntuosas y fantásticas; ni tan
siquiera damas dispuestas a rodearme para ser el centro de envidiosos y
benditos.... Por el contrario, en mi
sociedad onírica, hallé todas las parodias de la existencia humana – de
toda para la cual estamos educados y
acostumbrados. (...) Los
habitantes eran explotados, usados, desmotivados, con miedos, azarosos, como conejos de india en sus pueblos
artificiales.
Había supermercados muy baratos, con
efectos programados científica y psicológicamente para incitar a comprar...
Medios de transporte tristes para el hombre – como: metro, taxis, autobuses,
coches con hambre de territorialidad y velocidad,- estatus personal incorporado
– despertadores hechos por el diablo mismo – pantallas de televisión
parpadeando programas hechos por idiotas, para idiotas – una increíble lucha,
incesante para todo lo que uno “tiene” que tener, y, huelgas exasperantes que
terminaban en las victorias de unos dineros ya perdidos por la inflación antes
de cobrarlos. (…) Para hacer frente a la vida hasta sus últimos días, la gente
tomaba calmantes a menudo y, encontraban la felicidad en las drogas de consumo
y de diseño...
La gente moría antes de tiempo por
enfermedades rarisimas y del corazón; trabajaban mucho, y a una velocidad de
vértigo, en una descontrolada carrera sin meta… Y de todo el dinero que
ganaban, el gobierno les dejaba guardar una pequeña cantidad con la que jugar –
gastando en las patéticas compras insignificantes y de incitación. (…) En los
hospitales antisépticos e impersonales, la gente se moría sola detrás de
biombos blancos en medio de las asistencias de seguridad social. (…) En las
prisiones había una mezcla exótica de individuos, que pensaban de otra forma
que el gobierno, estaban mezclados los asesinos, los drogadictos, y terroristas,
con los ladrones de bicicletas…
Se decidieron los horarios de
trabajo, muy por encima de la gente... Los trabajadores, solo tenían hambre
cuando los relojes indicaban la hora de comer… Ocurrieron accidentes. Faltaban las lucecitas
rojas y los trenes mutilaban más que mataban. – Eso, cuando se consideraba que
los aviones eran más misericordiosos y eficaces-. Todos los días un piloto con
experiencia se equivocaba de palanca, o pulsaba el botón numero dos antes que
el uno, y sus bombas caían donde no debían. (…) La ironía, es que los cuerpos
eran embalados en bolsas de plástico y los tullidos esperaban a sus parientes
en abarrotadas salas de espera.(…) Los periódicos, por desgracia no vendían
buenas noticias y las revistas estaban llenas de escándalos, auténticos o
inventados…
-¡Me revolví inquieto y angustiado!- ¿Dónde estaba la felicidad? ¿Qué era tan maravilloso de ese mundo
miserable?... (…) La tensión de ese primer y pesado sueño, pareció relajarse,
y, descubrí: – que la amistad, la verdad, el amor, la sonrisa y el humor eran
gratis, y que les pertenecía a todos por igual, sin obstáculos ni prejuicios…
Las iglesias no predicaban el pecado y la purificación, el cielo y el infierno…
Predicaban el amor verdadero, el amor sin moralidades dobles, ni discriminación
sexual… ¡Esto era la felicidad de mi sueño…!
Se respetaban las cualidades de todo
el mundo, nadie se reía y burlaba de nadie, todos eran tan valorados como
inocentes. No había hipocresía ante celibatos, no se cazaban homosexuales, las
prostitutas gozaban del mismo valor social que las amas de casa, o de los que
trabajaban en profesiones distintas. Las opiniones eran tolerantes y humanas, y
con ello se ahorraban malos tratos, muchos nervios e impedían suicidios… ¡Era tal la felicidad de mi sueño! –
que comencé a pasear por calles y parques, iba jubiloso, alborozado, radiante, en esas calles y parques me
encontré a todo tipo de gentes, desde señoras y señores mayores leyendo,
charlando y viendo jugar a los chiquillos, a estudiantes, amantes que se
besaban etcétera... La timidez no era necesaria, todos eran naturales, libres,
felices, nada se escondía, todo era una parte natural de la vida… ¿Saben
ustedes, lo que es quedarse dormidos ante el televisor? “verdad” (…Pues al rato desperté…) Y: todo lo que había
soñado estaba allí… Todo menos la libertad, el amor, la amistad, las gentes y
la felicidad… Había vuelto a la realidad, y, al infierno a la vez… ¡y además
había nacido un nuevo virus, que nos la tenía jurada!... y no creo que nos
merezcamos esto.
Fermín González – salamancartvaldia.es (Blog taurinerias)

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