ENTRE PUENTES
URGE -REGENERAR ESPAÑA-
En estas azarosas horas que
atraviesa España, sumida en un profundo desconcierto, a merced de lo que nos
dictan desde fuera y con una clase política que en muchos casos parece incapaz
de enderezar la situación, cuando
anhelamos una España con un porvenir ilusionante y en el que podamos confiar. Cuando
hoy comprobamos que un sector muy numeroso de nuestra juventud no encuentra
trabajo alguno y se ve abocado a una angustiosa situación de paro forzoso y
duradero, creemos necesario proclamar que España
no está condenada sin remedio sino que sigue siendo una gran nación con
historia, cultura, talento y recursos suficientes para seguir teniendo un
porvenir incitante y prometedor. Ese porvenir es el que los jóvenes y los
no tan jóvenes debemos contribuir a construir con nuestro protagonismo, nuestro
esfuerzo y nuestra fe en nuestras posibilidades. El intento de buena fe de los
constituyentes a la hora de establecer el Estado de las Autonomías no estuvo
exento de cierta ingenuidad al querer desconocer las lecciones de la historia.
El afán de conseguir el ansiado consenso consistió en tratar de lograr la
integración de las fuerzas nacionalistas en el marco constitucional por todos
los medios posibles, operación que con el tiempo se ha demostrado fallida en
muchos aspectos, y con ellos un campo lleno de abusos, despilfarro y falta de
gestión, que ha causado mucho dolor en ese trayecto.
Defensores
del Pueblo, Consejos Consultivos, multitud de empresas públicas –la mayoría en ruina
manifiesta- y un rosario de asesores y personal contratado al margen de la
Administración constituye un verdadero lujo difícil de mantener. No se
puede exigir continuos y crecientes sacrificios a aquellos honrados ciudadanos
que trabajan sin desmayo para sacar adelante sus familias, al mismo tiempo que
se contempla el bochornoso espectáculo de un aparato estatal desbocado al que
no hay manera de poner freno, mientras continuos casos de corrupción que
salpican a la mayoría de partidos en muy distintas autonomías, quedan en la
práctica inmunes. El escenario que se vislumbra en Cataluña y el País Vasco
para los próximos meses, donde los sectores nacionalistas se complacen con
reiteración en desafiar al Estado defendiendo una inviable autodeterminación y
una alocada independencia –sin fundamento histórico serio ni base legal alguna-
raya en lo intolerable, debilita en gran medida a nuestro país en la escena
internacional y daña gravemente la convivencia entre los españoles. Y es aún más grave que el Presidente de
la Generalidad de Cataluña, primera autoridad del Estado en esa Comunidad
Autónoma, encabece un proceso hacia la secesión en flagrante conflicto con la
Constitución española de la que derivan sus poderes y atribuciones con olvido
de los deberes que le impone su cargo.
En otro orden de consideraciones
contemplamos con inmensa preocupación que la clase política, siempre dejando al
margen muy honrosas excepciones, se deteriora por momentos y su imagen ante la
ciudadanía alcanza cotas de un creciente desprestigio. La presente situación
constituye un problema añadido de gran transcendencia porque un país siempre
necesita, y más en momentos como éste, contar con dirigentes con autoridad y
prestigio en los que confiar. Parecería que un sinfín de compromisos y ataduras
impidiesen a los políticos emprender cualquier reforma de calado en el sistema
lo que conlleva la paralización de cualquier intento serio de revertir la
situación. Buena parte de la desafección que arrastra en la actualidad la clase
política tiene su origen de manera fundamental, en la vigente normativa. Electoral
que no favorece la representación, esencia de la democracia moderna. Nuestros
diputados y senadores viven, en realidad, muy alejados del electorado al que
dicen representar porque a fuer de ser sinceros no han conseguido el escaño por
sus ideas y méritos sino, más bien, por haber sido designados por el aparato de
cada partido para ocupar una posición de privilegio en unas listas que se
mantienen, con machacona insistencia, cerradas y bloqueadas. En consecuencia,
no tienen que rendir cuentas de sus actos a los electores sino tan solo cuidar
de ser fieles ejecutores de las consignas que periódicamente distribuye el
mando. Los parlamentarios se han acabado transformando en auténticos empleados
de los partidos y no recuerdan para nada a unos verdaderos dirigentes
responsables con altura política.
España necesita renovar en
profundidad su actual clase política y superar el régimen partitocrático en el
que hemos sucumbido que está asfixiando el progreso y desarrollo de nuestro
país. La Transición española en su afán de proteger a los partidos que entonces
comenzaban su andadura, les otorgó en la práctica un desmesurado poder del que
ellos han hecho un uso abusivo y han utilizado para colonizar y dominar al
conjunto del sistema. Esta situación ha desembocado en la consolidación de un
régimen partitocrático que aplasta a la sociedad y contamina las Instituciones.
Lo más grave es que, en gran medida, la solución a nuestros males pasa por la
decisión y última palabra de los propios partidos cuando son ellos, en
realidad, el núcleo del problema.
Todo ello será posible si
volvemos a creer en nosotros mismos ya que, cuando los españoles hemos creído
en nuestras posibilidades y adoptado las políticas adecuadas, hemos sido
capaces de alcanzar grandes logros. Debemos y podemos salir adelante. Estamos
convencidos de que España tiene futuro. Nunca en nuestra reciente historia, por
paradójico que resulte, tuvimos una juventud tan preparada ni unas empresas competitivas
a escala internacional con unos dirigentes de primera fila a la cabeza.
Contamos con el enorme potencial que nos proporciona nuestra cultura, gracias a
la riqueza y posibilidades de nuestra lengua. No hay razón, pues, para que
España no esté entre los países que ejerzan su influencia en el concierto de
las naciones. Estamos aún a tiempo de rectificar. La burbuja inmobiliaria, cuyo
estallido tanto daño ha producido a nuestra estabilidad económica y financiera
pudo haberse desactivado si hubiéramos actuado preventivamente con decisión y
celeridad. Otro tanto podríamos decir a la hora de evitar el conflicto político
que se está gestando en España si no nos anticipamos en la búsqueda de una
racional y sostenible solución. No es momento para la pasividad y la
resignación sino para la esperanza. No debemos dedicarnos a cultivar el
pesimismo, al que somos muy proclives, como ya sucediera en épocas pasadas. Es
hora de ponerse en marcha sin dilación y con premura. ¡Vamos- creo yo-.!
Fermín
González Salamancartvaldia.es
(blog taurinerías)

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