ENTRE PUENTES
LOS PARTIDOS CADA VEZ
MÁS DÉBILES, Y LA DEMOCRACIA CADA VEZ MÁS POBRE (II)
Desde esta perspectiva, la aparición de partidos
populistas podría significar no sólo el alejamiento por parte de los electores
de la política y de los partidos tradicionales en torno a los cuales aquella
había venido vertebrándose, sino ser también la causa de cambios muy notables
en el Estado de partidos: entre otros, de un tan desordenado como disfuncional
crecimiento del pluralismo partidista, del
incremento consiguiente de la atomización de fuerzas en el seno de las
instituciones parlamentarias, del inevitable aumento de las dificultades para
la formación de gobierno y de la previsible acentuación de la inestabilidad
gubernamental y, más en general, de la inestabilidad política. En ese
sentido, la reciente experiencia española, que - algunos foros habían ya
adelantado como más que probable-, resulta muy ilustrativa de un fenómeno que
podría llegar a extenderse por todo el continente.
Creo, que los partidos se han desconectado en gran
medida de la sociedad a la que se dirigen, que como consecuencia de ello esta
última se ha separado peligrosamente de la política y que tal desconexión y
separación han provocado efectos muy relevantes, y profundamente negativos, en
el funcionamiento de las vigentes democracias de partidos. Ocurre, claro,
que tal satisfacción resulta muy difícil cuando quienes tienen encomendada tal
misión están, generalmente, tan preocupados por sus intereses personales o de
partido como para que la parte fundamental de su actuación pública se subordine
a la consecución de la propia supervivencia en el proceloso mundo de la
política competitiva. Un partido es; “cualquier
grupo político identificado por una etiqueta oficial que se presenta a las
elecciones y puede sacar en ellas candidatos a cargos públicos”. Ahora
bien, si el gran objetivo que persiguen los partidos es situar a sus candidatos
en cargos públicos –sirviéndose para tal finalidad de diversas vestimentas
ideológicas y programáticas que en no pocas ocasiones se defienden con grados
de coherencia en realidad más que discutibles–, resulta convincente afirmar,
que el objetivo que persiguen individualmente esos mismos candidatos es ganar
los puestos a que aspiran y, en buena lógica, conseguir permanecer en ellos todo el tiempo que resulte materialmente posible.
Tal forma de
enfrentarse a la actividad política no sólo afecta, por lo demás, como podría
parecer lógico y normal, a quienes, por vivir exclusivamente de ella y carecer
de una profesión o trabajo alternativos, se ven constreñidos a tratar de mantenerse
en la vida pública el mayor tiempo posible, para evitar, así, quedarse en la
calle sin oficio ni beneficio. Lejos de ello, también quienes han desarrollado
una vida profesional antes de entrar en la política –que podrían retornar a
practicar, con menor o mayor esfuerzo, en caso de dejar la vida pública, o de
que sea aquella quien los deje–, suelen quedarse enganchados a sus cargos, en
porcentajes que permiten realizar una generalización, por todos los privilegios
y ventajas del ejercicio público, es decir, de esa forma de vivir que, no sin
cierta frivolidad, suele describirse como la erótica del poder.
La Administración, los medios de comunicación
públicos, el sistema educativo y el sector público de la economía se adentra además, en un aspecto de la crisis
partidista al que hasta ahora apenas se ha hecho referencia, pese a su
importancia tan esencial como innegable –la corrupción política– que algún
politólogo denomina “colonización
inversa”. Aunque se han propuesto
diversos sistemas para controlar o, al menos, aminorar los efectos perversos de
la colonización de los poderes e instituciones públicas, como los tendentes a
controlar al ejecutivo desde el legislativo a través de mecanismos, lo cierto es que tales mecanismos han
demostrado tener una eficacia limitada tanto desde el punto de vista de la
objetivación de los nombramientos –y la consiguiente descolonización partidista
del Estado– como, sobre todo, desde la perspectiva de la lucha contra la
corrupción, cuyos efectos en el desprestigio de los partidos y en la
desafección hacia la política son hoy realmente devastadores
Piénsese, sin
salir de nuestras fronteras, en el Tribunal Constitucional y el Consejo General
del Poder Judicial. O, con una proyección política distinta, en las denominadas
Administraciones independientes: el Banco de España, el Consejo de Seguridad
Nuclear, la Agencia Española de Protección de Datos y la Comisión Nacional del
Mercado de Valores.
Diversas han sido las
propuestas que para lograr tal objetivo algunos hemos puesto desde hace años
encima de la mesa: entre otras, las elecciones primarias como método de
selección de las elites, la limitación de mandatos internos e institucionales o
el establecimiento de sistemas de incompatibilidades entre cargos públicos y partidistas.
Su puesta en práctica en diversos lugares, en algunos casos con sincera
voluntad de cambiar las cosas y en otros (los más) con la intención, no por
disimulada menos evidente, de que algo cambie para que todo siga igual, ha
arrojado, ciertamente, resultados desiguales, lo que se traduce no pocas veces
en la desconfianza o el escepticismo frente a cualquier intento de mejorar la
cercanía de los partidos a la sociedad. Es posible que tal acercamiento sea una
aspiración poco menos que imposible en las condiciones actuales de desarrollo
de la política democrática. Pero es seguro que la renuncia a introducir cambios
confiando tan ciega como estúpidamente en que el sistema representativo
aguantará y en que los partidos jamás desaparecerán como elementos de
articulación esencial de su funcionamiento deberá hacerse al precio de aceptar
que la calidad de los Estados democráticos irá deteriorándose en un proceso
quizá lento, pero, a la postre, imparable. Todo
parece indicar que, por desgracia, en eso estamos, mientras los partidos –es
decir, sus dirigentes– viven pendientes sobre todo del próximo proceso
electoral y del próximo reparto de puestos y de cargos, mientras sus
respectivas organizaciones y, con ellas, el sistema que administran, se hunden
socialmente en un descrédito que no es menos real por el hecho de que cientos
de millones de personas sigan votando, como un mal menor, a los partidos en los
sistemas democráticos.
Fermín González
salamancartvaldia.es
blog taurinerías

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