¿INJUSTA DESIGUALDAD?
¿Cómo es posible que se hable de “igualdad” en los
individuos de la especie humana, si no hay dos personas iguales, ni biológica
ni psíquicamente? Cada persona es única y no se podrá encontrar otra igual si
no es un clónico. La demostración biológica está en las huellas dactilares y en
el ADN genético. Además, según dicen los médicos, no hay enfermedades sino
enfermos. Nada es igual en la fisiología, en la salud, en la duración de la
vida, en la incógnita de la muerte. En
cuanto a la psique o mente humana, no hay dos personas iguales en temperamento,
carácter, facultades, inteligencia, sensibilidad o expresividad emocional.
Empezando por los sentimientos, ¿cómo puede una mente masculina llegar a
comprender “lo” femenino? ¿Cómo el adolescente las razones del adulto? ¿Cómo se
puede medir la espiritualidad de cada cual? Las diferencias biológicas, pero
sobre todo las psicológicas, dan vida a múltiples diferencias emocionales que
aparecen a cada trecho como hongos en el bosque tras la lluvia. Quizás algún
día nos digan los neurobiólogos que la amígdala del cerebro, es el órgano
rector de las emociones, completamente
distinto según sea el género del individuo. Por no decir nada de las razas.
Pocas personas saben que la raza negra, además del color de la piel, difieren
de los “blancos” en los complejos hormonales, como la cantidad de creatinina,
sin contar el tamaño del órgano viril, según afirman quienes lo han comprobado.
¿Y la condición afectiva de homosexuales y transexuales frente a los
heterosexuales? ¿Pero no éramos iguales? ¿Tanto influye la orientación sexual
en el comportamiento de los humanos?.
Hay un conjunto
de caracteres de la personalidad que se repiten en todas las personas, pero las
combinaciones entre caracteres, tanto en cantidad como en calidad, son
infinitas, no hay dos personalidades idénticas”. Diferencia entre lo innato
y lo adquirido: “Los grandes trazos del comportamiento son innatos pero el
aprendizaje promueve adaptaciones útiles, distintas para cada individuo”. Cuando hace
unos 700 millones de años comienza la reproducción sexual, con géneros
diferenciados, masculino y femenino, comienza el intercambio de genes, y con él
las mutaciones que dan origen a una vida más y más diversificada, con seres
únicos e irrepetibles que habrían de pagar el precio más alto por ser
diferente: la muerte. Nada en la naturaleza humana nos permite hablar de
igualdad. Solamente seremos todos iguales a la hora de la desintegración. Pero
para entonces, ya nada nos importará.
Sin embargo, la desigualdad natural es, para los humanos,
como el monstruo a abatir y domeñar. Algo que rechaza violentamente por
injusto, cuando se mira en el espejo de la dignidad. Sobre todo, cuando se van
formando las comunidades, incluso tribales, que necesitan un “jefe” para
subsistir. La obediencia es ya una forma de desigualdad. Pero ninguna sociedad
ha podido sobrevivir sin esa necesaria jefatura (llámese caudillo, faraón, rey,
monarca, emperador o simplemente presidente).
La sumisión, la obediencia, el respeto, y la desigualdad, no son exigencias de
la naturaleza, sino de la cultura. Por el contrario, la desigualdad no debe
tener su dominio en el campo jurídico ni en el laboral, ni en el económico. Los
derechos humanos, que las sucesivas sociedades humanas han ido conquistando a
lo largo de la historia, deben extenderse en todos los campos sociales, es
decir, los que dependen de la voluntad personal, siempre dirigida a la mejora
de la especie y a la justicia social, base indispensable de la paz.
Ningún dominio de género debe ser aceptado, ni en lo
laboral, ni en lo económico, ni en lo jurídico. Como tampoco debe haber, en una
sociedad sana, ningún tipo de discriminación por ideologías religiosas o
políticas. Ni se debe admitir la imposición de ningún credo religioso sobre la
actividad política: Cuando la teocracia
domina, las sociedades están condenadas al fanatismo y a la guerra. Aunque lo más
sangrante, desde un punto de vista universal, es la elevada diferencia
económica entre sociedades y “mundos” diferentes (se habla de primero, segundo
y tercero). La miseria, el hambre y las enfermedades infecciosas son el
insoportable peso que impide el desarrollo de pueblos enteros que habitan en
este planeta, en especial, los pueblos indígenas de África, Asia y América.
Según las estadísticas, una persona muere de hambre cada 3 segundos y más de
veinte millones de seres humanos fallecen cada año por carecer de medicamentos
básicos.
Los desheredados de la fortuna son los que más claman por
esa igualdad utópica que ven en la lejanía como un horizonte inalcanzable. No
sólo ellos. También en el llamado “primer mundo” la deseada igualdad exige una
equiparación de sueldos, sin discriminación de géneros, una amputación de
bienes inútiles para mejorar la vida de los desfavorecidos; un equilibrio
laboral que dé a cada uno según su esfuerzo, eliminando la injusticia del
capitalismo salvaje, que se basa en el egoísmo personal y la creciente desigualdad.
No puedo imaginar una sociedad totalmente igualitaria, siempre habría, al
menos, un “jefe” con atributos de superioridad y se instauraría de nuevo la
desigualdad. Defender la absoluta
igualdad es desconocer la condición del ser humano y soñar con un mundo
angélico, que, por supuesto, ni existe ni puede existir.
Fermín González
Salamancartvaldia.es
blog taurinerías

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