ENTRE PUENTES
LOS
TOROS EN EL ASFALTO
El
secreto de los toros reside en que es un espectáculo anacrónico. Cuando vuela
un avión a reacción sobre el embudo dorado de la plaza, uno se asombra de que
sean contemporáneos los hombres de arriba -tocando botones, radares, ondas
hertzianas, luces parpadeantes en verde y rojo, palancas de robot, en el límite
de los viajes interplanetarios- con los hombres de abajo, de verde manzana y
plata, de corinto y oro, ídolos con espada,
lanza y saetas de papel rizado, entre caballos y toros, manejando la
sangre con la muerte allí, en el diamante de la puntilla, que desconecta al toro de la red
eléctrica de la vida.
“¡-Cuando se desintegra la materia y se forma el hongo venenoso de ecuaciones
de la bomba de
hidrógeno; cuando ya casi paseamos por la luna, cuando
televisamos las guerras que lamentablemente se suceden a nuestro alrededor,
cuando podemos enviar un mensaje al otro lado del mundo”!-, todavía unos mozos matan con la espada como en los albores de la
Edad del Bronce. En torno a la plaza, de esta isla primitiva de relinchos
y mugidos, de esa gota de selva, de esa partícula de Génesis, rugen los claxon,
las bocinas, los motores del mundo hecho por el hombre, con su fauna mecánica,
con sus "autos" -coches de cientos de caballos-, con sus motocicletas con una
persona montada a la grupa como un recuerdo atávico de la jaca; que portaba al
“monosabio”.
Vigilan al combate
virginal, primitivo, fresco, palpitante, no unos ojos humanos, sino lentes de
máquinas de turistas, teleobjetivos, cóncavas pupilas del "cine" en
colores, y miles de flash, descargan su luz, ya, desde que arranca el paseíllo…Una
concesión del ruedo sangriento, de ese "confeti" de desierto, a la
vida moderna… ¡¡Pero, a los toros los siguen arrastrando las mulillas!!.
El hombre de la ciudad;
el de las oficinas y los empleos; el del piano tedioso de la máquina de
escribir; el del alfabeto, sin poema de amor, de la taquigrafía; el de los
archivos -que son los nichos de las cosas-; el de la hipoteca, el de los
ordenadores, el de los tranvías, son: la negación del libre galope; ¡”ese
hombre va a la plaza a rejuvenecerse, a oír mugidos que jamás serán congelados
en la serpiente del hilo magnetofónico; a escuchar relinchos que nunca se
extenderán; a ver la sangre sin análisis ni velocidad de sedimentación; a
contemplar apagarse corazones que no conocen el electrocardiograma. Los toros
traen el campo a la ciudad, su paisaje de encinas y de ríos, sus florecillas
amarillas o moradas de la primavera…”! ¡Hombres que nunca han
visto la luna, ciudadanos del asfalto y de la propiedad horizontal, hablan de
cuántas hierbas tiene ese toro; de los pastos de mayo que embravecen; de por
qué los toros de aquella ganadería tienen las patas tan fuertes, ya que el
abrevadero está a muchos kilómetros de "sus cerrados"; y comentan
cornadas, de las cuales aún se muere!... Los toros son el espectáculo de un
pueblo religioso que juega con el Más Allá; no tienen nada de república
ateniense (deporte), sino de Imperio romano (sacrificio).
Tenía razón aquel
aficionado cuando decía que a los toros no iba uno a divertirse (el fútbol es
mucho más divertido). El toreo es intuitivo y racional, y matar
frente a frente es maravillosamente absurdo, existiendo mataderos de punzón
eléctrico y frigoríficos donde la carne viva se convierte en cosa acartonada.
Todo lo que en el ruedo
sucede es imprevisto y deslumbrante, y allí se congrega todo lo inesperado; hay en los tendidos indios, turistas de
Bombay, chinos, japoneses, africanos y americanos miopes; y entran, volando, y
alguna vez planea una paloma de tendido a tendido; o se suelta un globo; y
discuten, y están a punto de pegarse, un abogado y un médico por la cojera de un
toro y vemos que, los alguacilillos llevan al galope una enorme llave que no
abre ninguna puerta.
En los toros se venden,
astronómicamente, como en un eclipse, el sol y la sombra; y a semejanza de las
rústicas cosechas, el espectáculo depende de la lluvia; de una nube que pasa.
Las gentes están tan
tristes a la vuelta de los toros porque retornan a la vulgaridad, a la civilización,
a todo lo artificial y anti- biológico, a todo ese ruido, a todo ese remolino
de sensaciones descontroladas, que empiezan sonando en su bolsillo, ha entrado
de nuevo en la vorágine, en el gran circuito de las avenidas, calles y aceras
plagadas de gente.
Muchos pueblos han
jugado con los toros; desde hace miles de años en Creta…Están, tan en la
entraña de nuestros sueños ancestrales los combates de toros, que han suscitado
poemas, romances, novelas, esculturas, cuadros, músicas, grabados y óperas y
todavía no ha surgido, ni creo que nacerá nunca, la Carmen, de Bizet, del
fútbol; ni habrá tapices de Goya sobre un "penalti"; ni romances de Federico
o décimas de Gerardo, en un "córner".
El toreo es casto y
sensual; pueden ir a él los frailes y los niños, como fue la elegante mujer con
mantilla y ensangrentada de claveles en una barrera de sol.
Antes, los toros eran
más hermosos y más imaginativos… Ahora,
al intelectualizarse, las corridas han perdido vitaminas. Porque lo
excesivamente clásico comporta algo de tedio… Como el mito de Fausto y
Mefistófeles, el toreo devuelve la juventud a la ciudad envejecida de
reglamentos urbanos.
El toreo no está fuera
de nuestro tiempo; es un drama de capa y espada… Y cuando un espada brinda a ese
público de ojos expectantes que van a evaluar su valor, su técnica, su
disposición y su entrega, la muerte del toro, revive un sentimiento de hace
veinte mil años.
Fermín González salamancartvaldia.es blog taurinerias

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