(Estarli Pérez)
ENTRE PUENTES
LA DOLOROSA SALIDA DE TU PAÍS
Hoy el artículo no es
mío: Hoy tan solo quiero que pueda leerse esta carta de Nuria, una mujer que ha
tenido que salir de este país llamado España: Al que se une en esas mismas
circunstancias, un hijo de este comentarista… Pero… Ustedes mismos.
Nuria es una madrileña
de 46 años que describe la invisibilidad de los mayores de 40 que se han visto
obligados a emigrar. Un colectivo del que no se habla, al que se ignora y que
sufre el drama de haber tenido que dejar su vida, su hogar y a su familia con
más de 40.
"Quienes están
cerca de mí saben que cuando escucho o leo en los medios de comunicación sobre
la emigración juvenil, como mínimo frunzo el ceño, cuando no protesto
airadamente gesticulando y manifestando con rabia y frustración: “¡ya estamos
de nuevo con los jóvenes!, ¿Cuándo se tendrá conciencia en España de que desde
2008 también hemos tenido que dejar nuestro país miles y miles de personas
treintañeras, cuarentañeras y cincuentañeras?”. Y no se trata de competir
estableciendo para quién es más duro, pero lanzo estas preguntas: ¿quién se
adapta mejor a lo nuevo, alguien con 25 años o con 45? ¿Quién aprende mejor un
idioma, alguien con 30 o con 50? ¿Quién le tiene más miedo al futuro, alguien
con 27 o con 37? Y lo más importante: ¿quién es más probable que pueda volver a
España a retomar su profesión, alguien de 24 o de 42?
Me tuve que ir de
España en 2012, cuando me resultó imposible pagar las facturas básicas con los
ingresos de mi profesión. Acababa de cumplir 41 años. No era la primera vez que
llegaba a un país extraño, no era la primera vez que buscaba piso en una ciudad
que no conocía, no era la primera vez que protestaba, y me desesperaba, por
todos los trámites burocráticos que implicaba mi viaje, pero sí era la primera
vez que me sentía emigrante y expulsada de mi propio país.
Irte de Erasmus no es
ser emigrante, irte a trabajar temporalmente de camarera para perfeccionar un
idioma no es ser emigrante, irte a hacer un doctorado no es ser emigrante. Pero
hacer las maletas, sin fecha de vuelta, llevándote el desgaste psicológico de
años de angustia económica, dejando deudas, con dolor en el alma, sintiéndote
absolutamente fracasada como profesional, con un miedo aterrador al futuro y a
cómo te podrás ganar la vida, sí es ser emigrante.
Aun así, fui capaz de
valorar y disfrutar de todo lo que me ofrecía mi país de acogida. Conocí a
mucha gente maravillosa y aprendí todo lo que pude y más. Pero la angustia de
“¿y cómo me podré ganar la vida los próximos meses?” y la tristeza de saber que
en tu país sobras, que lo que tú sabes hacer no tiene un reconocimiento
económico, y que en tu país ni siquiera se considera un problema social que
miles y miles de personas mayores de 40 años hayamos tenido que irnos fuera a
empezar de cero, me sigue entristeciendo y produciendo mucha rabia.
Por muy alta que creas
tener la autoestima y por mucho que trates de racionalizar y relativizar tu
situación (mirando los indicadores macroeconómicos, por ejemplo), decir a los
40 “no tengo nada” es infinitamente más duro y más doloroso que decirlo a los
25. Sentir cómo el mundo te señala como persona oficialmente fracasada es
infinitamente más dolorosa a los 41 que a los 31.
El Consejo de la
Juventud considera jóvenes a las personas de entre 15 y 29 años. Y hasta hace
muy poco tiempo, técnicamente, la juventud se establecía hasta los 25.
Actualmente llamamos “joven” a cualquiera (algo absolutamente ridículo), muy
probablemente porque como sociedad mitificamos la juventud y la asociamos con
la alegría y la fiesta. Unido, por supuesto, a que la inestabilidad y
precariedad laboral (y vital), antes asociadas exclusivamente a esta etapa de
la vida, nos acompañan ahora en toda nuestra trayectoria personal, por lo menos
a una proporción cada vez más importante de la población.
Hace tiempo que asumí
que vivimos en la sociedad de la incertidumbre y he tratado de adaptarme a
ella. De hecho, lo hago cada día. Pero lo que verdaderamente me duele en lo más
profundo del corazón es que se frivolice con las consecuencias que este tipo de
sociedad genera para la parte más débil de la población. Y cumplir años y no
tener nada realmente te hace sentir muy débil. Nunca pensé en esto cuando tenía
25.
A veces en el entorno
activista me han preguntado: ¿y por qué quienes habéis emigrado habiendo
cumplido los 40 no os dejáis entrevistar? Creo que ya está dicho en estas
líneas, pero prefiero insistir en ello y gritarlo fuerte, si es necesario.
Decirle al mundo cosas como “he fracasado”, “no tengo nada”, “no tengo
trabajo”, “no tengo ahorros”, “me han echado de mi país”, es muchísimo más
doloroso (e incluso humillante) a los 45 que a los 25. Y aunque seas activista,
duele, duele mucho".
Nuria, madrileña que
tuvo que emigrar en 2012

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