ENTRE PUENTES
SOLEDAD
Cuando el espíritu de la Navidad comienza a flotar en el ambiente,
se crea una euforia
inexplicable que desarrolla el afán de convivir con nuestro
prójimo… Un desprendimiento desinteresado que nos obliga a recordar a quienes
estuvieron a nuestro lado, y esto nos incita a obsequiar a los demás con
nuestras virtudes libres de egoísmos.
Así como las personas, que nos
abandonan en su plenitud, nos privan intempestivamente de su compañía, más no
de su presencia; los cariños, interrumpidos, los que no pudieron ser,
permanecen en nuestro corazón, en lucha desleal con el olvido. Reaparecen en
momentos de soledades y flaquezas, como brasa agonizante, que el viento transforma
en devastadora llama. Sólo sofocada por el diario acontecer, que nos distrae a
ratos y oculta las heridas. Pero, si
los argumentos del presente fueran débiles, se tornaría muy difícil la tarea de
alejarnos de las fotos del pasado, que prolijamente, confeccionan en nuestra
alma, un telar con delgados hilos de impotencia y obsesión, preguntándonos a
diario, qué salió mal, qué cambiaríamos, de poder hacerlo, para evitar la
condena de vivir entre restos melancólicos,
algo que, a distancia, suena maravilloso, pero que hoy sólo debemos
recordar su olvido.
No sé si las estadísticas se han
preocupado por averiguar cuantas personas viven solas, tanto viejas como
jóvenes. La sociabilidad es un sentimiento consustancial a la naturaleza
humana, el hombre busca a sus congéneres en cualquier situación y
circunstancia. Médicos, sociólogos y psicólogos apuntan al desastroso fin a que
nos lleva la soledad, sobre todo en la vejez. La soledad angustia, mata y
extermina lentamente nuestra capacidad de comunicación, de crear, de dar a los
demás y de darnos a nosotros mismos. La soledad nos entorpece y castra nuestras
reservas humanas porque entre muchas otras cosas, se nos rompe el espejo que
refleja nuestra imagen, ya que en los demás nos referenciamos. Porque suele ser
en los otros donde seguimos buscándonos, quizás porque para el ser humano su
máxima inquietud sea una constante búsqueda de sí mismo. La soledad nos arranca
trozos del yo social no quedando más que el yo primario y acabamos con el paso
cambiado en el devenir humano. En cambio, muchas personas encuentran en soledad
su verdadero equilibrio y sus obras más meritorias, tanto en ciencia como en
filosofía o en arte, las hallan en la intimidad de un “en sí mismos”, lleno de
soledad, pero una soledad serena y nutrida de un sentimiento de todo lo social.
Las costumbres, buenas o malas, que hemos adquirido a lo largo de los años, han
configurado nuestra personalidad hasta el punto de formar una coraza sólida que
ejerce de muralla o parapeto frente a otras costumbres, otros deseos, otras
inquietudes, a veces, multiplicando esa angustiosa soledad. Los hay que guardan
costumbres infantiles, disfunciones, egoísmos agudos, intolerancia con los
demás o afán de perfeccionismo, más para el otro que para sí mismo etc. No en
balde se ha dicho que la convivencia es un arte y que a cierta edad ya casi
nadie pretende ser artista, ni ejercer de tal. Nuestras costumbres se han enquistado en nuestra personalidad
limitándola y en la adquisición de experiencias hemos perdido capacidad para
ilusionarnos, para crear otras perspectivas… A veces, vivir, contrariamente
a lo racional, nos empobrece, porque vivir también es sufrir y tenemos miedo de
repetir los mismos errores, de padecer las mismas vejaciones, acabamos
encerrados en nuestro caparazón, así pues, intentamos andar el camino en solitario,
abrigándonos en el manto de la indiferencia, a pesar que en nuestro fuero interno,
no renunciamos a poner en nuestras vidas un sentimiento, una ilusión, sin los cuales,
la vida nos es altamente dolorosa, porque nos hemos cansado de amarnos a nosotros
mismo y deseamos el afecto de los demás. No siempre sabemos cuándo perdemos la
capacidad de comunicarnos, un valor tan hermoso. Normalmente nos llega poco a
poco este deterioro tan angustioso como insuperable, y una reacción a tiempo
puede salvar nuestro equilibrio personal, cada día más necesario.
Fermín
González Salamancartvaldia.es (blog taurinerías)

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