ENTRE PUENTES
DESCANSO ETERNO
Vengo pasando unas
semanas de cierta tristeza. Y, no me falta motivo. La muerte, esa traidora sin
misericordia, que en unos meses, ha segado la vida, de algún familiar, y amigos. Me ha recordado que no somos nada, que
estamos en sus manos para cuando quiera visitarnos, aunque su visita sea mal
recibida. Es la dueña y señora de nuestro destino, quien abre la puerta al
vacío del no ser, quien desguazará los órganos de mi cuerpo, como máquina
inservible, destinada sin remedio a la descomposición de sus elementos
constitutivos, que servirán para fabricar nuevas máquinas. ¡Qué extraño, pero
qué real! No debemos olvidar el axioma científico de que “la materia ni se crea
ni se destruye, solamente se transforma”. Es decir, que nuestras células
morirán, pero los átomos que las conforman seguirán viviendo en otras
formaciones naturales del planeta. Morir significa, pues, “desguace” de nuestra
personalidad, que dejará de vivir, pero
los átomos que nos dieron vida pasarán a formar parte de otras combinaciones
químicas, sean orgánicas o no (una partícula mineral, la pluma de algún
gorrión, (¡quién sabe!).
La cantidad global de materia/energía permanece la misma
desde el comienzo del universo. Parece difícil de entender, pero, a poco que lo
pensemos, es una deducción infantil, a fuer de simple. Cuando nace un nuevo ser
no nace de la nada. Está compuesto de células que proceden de otras células.
Todo es una cadena, que la muerte se encarga de mantener con vida. Es la
suprema paradoja: la muerte es necesaria para que surja la vida. Así entendida,
la naturaleza es un todo en cambio perpetuo. Donde antes había un dinosaurio
ahora hay un cerebro genial o una humilde violeta. Nada es lo que parece. El
ser humano es sólo una pieza del mosaico incomprensible de la vida orgánica.
Sin darnos cuenta, a diario nos hemos ido acostumbrando al
rostro de la muerte. Cuando un difunto ha fallecido de muerte natural parece
que está simplemente dormido, al menos por unas horas. El sentido de la vista
puede engañarnos, pero sabemos que ya no despertará de ese sueño final. A fin
de cuentas, tanto el dormir como el morir obedecen a la misma causa: la pérdida
de la conciencia. Que en el primer caso es temporal y en el segundo definitiva.
Por eso cada mañana, al despertar, podemos acoger con satisfacción la luz que
nos devuelve a la vida, es decir, nos “resucita”. En cambio, tras la muerte ya
no hay resurrección posible (excepto para la fe).Todo eso que nos cuentan es
pura invención para acallar nuestra angustia de “no volver a ser”, de haber
conseguido la “quietud” eterna. Porque si algo caracteriza a la vida es la
“inquietud”, la actividad, la angustia psíquica de no saber por qué vivo, que
periódicamente desaparece durante el sueño y vuelve a aparecer en la vigilia
para de nuevo sentir la vida. Sin el descanso físico y psíquico que nos acuna
durante el sueño, no podríamos sobrevivir.
Por eso el difunto ya no sueña, ni siente, ni está inquieto
por nada. Es el “descanso eterno” del responso cristiano. Para él/ ella todo ha
terminado. Pero no para los que lloran su muerte, sin más consuelo que el
apagón del olvido. Porque el recuerdo, aunque se vaya borrando, siempre horada
nuestra memoria y hurga en la herida del ser perdido. El difunto descansa, pero
nosotros no. Cada vez con más insistencia, conforme pasan los años, se nos hace
presente nuestra propia desaparición, con la angustia consiguiente, que hace
sombríos nuestros momentos de felicidad. Queremos borrar de nuestro archivo
cerebral la imagen de la muerte, que nos resulta incómoda y angustia, pero
comprendemos que solamente se puede conseguir por algunos instantes, porque el
recuerdo siempre vuelve, impidiéndonos ser completamente felices. Porque esa es
la condición humana. El castigo de estar vivo es la conciencia de que la visita
será odiosa, repugnante y maldita, aunque sea inesperada. (¿Quién no tiene
alguna experiencia de la muerte de un ser querido?)
Pero ahora debo luchar contra la angustia. No me basta el
consuelo de las religiones, con su promesa de vida eterna. (¡Qué
infantilismo!). La esperanza de un futuro celestial sólo puede tener su
fundamento en la fe, no en la razón, la cual me dice a todas horas que me
olvide del camino aprendido porque es falaz, sólo nieblas y fantasmagorías de
la imaginación. Hay una verdad de la fe y una verdad de la razón, ambas
incompatibles. Por mi parte, como la muerte me está amargando la vida,
procuraré alejarla cuanto pueda de mi mente y vivir la única vida que tengo,
eso sí, acorde siempre con mi recta conciencia, que me obliga a cumplir el
único mandamiento que conozco: “no hagas
a nadie el daño que no quieres te hagan a ti”. Y si sé acompañar este
precepto de alegría y amor, de creación honesta, bella y útil, habré cumplido
mi destino.- Y en esas estamos amigos-.
Fermín
González Salamancartvaldia.es
(blog taurinerias)
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