miércoles, 24 de junio de 2009

POEMA DE RUBEN DARIO


VOCES DE AMERICA
RUBEN DARIO
CANTOR DEL TORO BRAVO

El toro bravo tiene un destino sangriento; pero este destino es la aureola de su grandeza, el penacho de su consagración como animal enardecedor de muchedumbres. Por un milagro complejo de nuestra raza – o nuestro aglutinante étnico -, el toro de lidia posee un atributo soberano, al que podría adscribírsele un antecedente de simbólico creador; el rapto de Europa por Júpiter convertido en cornúpeta. Como el toro bravo, el dios hubiera preferido la muerte al yugo, si bien, al decir del poeta “la pena de los dioses es, no encontrar la muerte”.

Este encuadra su dialogo poético – o preludio escénico en verso- en el siguiente conjunto.” América”. Un coso. La tarde. El sol brilla rabiosamente en un cielo despejado. En el anfiteatro hay un inmenso número de espectadores. En la arena después de la muerte de varios toros, la cuadrilla se prepara para retirarse triunfante. El primer beluario, cerca de una huella sangrienta, está gallardo, vestido de azul y oro, muleta y espada bajo el brazo. Los banderilleros visten de plata. En las chaquetas de los picadores espejan las lentejuelas al resplandor de la tarde. En el toril han quedado: un toro hermoso y bravo, y un buey de servicio. Son de clarín”.
Los dramatis personae – así los llama el poeta, a la manera clásica- son el toro y el buey que se mencionan y la muchedumbre que llena la plaza. Mientras aquella pide a voces otro toro, el sobrero y el manso platican. Este dice:

- Prepara empuje, cuernos y pellejo;
- Ha llegado tu turno. Ira salvaje,
- Banderillas y picas que te acosan,
- Aplausos al verdugo; al fin la muerte.
- Y arriba, la impasible y solitaria
- Contemplación del vasto firmamento.
- Yo, ridículo y ruin, soy el paciente esclavo.
- Soy el humillado eunuco…

El toro bravo responde:





-¡Libertad! ¡Aire y sol! Yo era el robusto
Señor de planicie, donde el aire mi bramido llevó,
Cual son de un cuerno que soplara titán
De anchos pulmones.
Con el pitón a flor de piel yo erraba
Un tiempo en el gran mar de verdes hojas,
Cerca del cual corría el claro arroyo
Donde apague la sed con belfo ardiente.
Luego fui bello rey de astas agudas;
A mi voz respondían las montañas,
Y a mi estampa, magnifica y soberbia,
Hiciera arder de amor a Pasifae…
Hoy guardo martirio, escarnio y muerte.

El buey lamenta su triste vida sin
Brillo y añora su juventud:

-…Yo he sido en mi llanura
Soberbio como tú. Sobre la grama
Bramé orgulloso y respire soberbio.
Hoy vivo mutilado, como, engordo,
La nuca inclino.

El toro replica:

-… Para ti el fresco pasto,
Tranquila vida, agua en el cubo,
Esperada vejez… A mí la roja
Capa del diestro, reto y burla, el ronco
Griterío, la arena donde clavo la pezuña.
El torero que me engaña ágil y airoso…
……………………………………….

¡Oh, nada más amargo! A mi los labios
Del arma fría que me da la muerte;
Tras el escarnio, el crudo sacrificio,
El horrible estertor de la agonía…







La muchedumbre sigue pidiendo otro toro. Y el sobrero dice que no hay martirio mayor ni más atroz sentencia que la que le aguarda. A lo que el manso responde que peor que la muerte brava son la impotencia y el yugo.

Este poema de Rubén tiene un aliento de epopeya, un halo homérico, en el que el mismo toro- toro héroe- que exalta nuestro vate, pronuncia el fulgor cósmico que presidirá su lidia y acabamiento bajo el arte del espada:

Quizá no se haya compuesto un poema taurino de tan amplios y remotos ecos como este, de luces tan intensas y libres. He creído oportuno exhumar este canto en el que se vinculan el nombre de Rubén Darío y nuestra fiesta brava. Que cierra esta escenificación con dos angustiosas interrogantes del toro satisfechas por el bovino eunuco:

-¿Qué peor que este martirio? – La impotencia
-¿Y que más negro que la muerte? – el yugo

Fermín González.comentarista onda cero radio

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