MORIR AISLADO
Será difícil, de
olvidar aquel año bisiesto de 2020, aunque será recordado para la historia,
como el de la pandemia Covid 19, que arraso con la vida de más de un millón de
personas – que se sepa- en un mundo global infectado de cincuenta millones de
seres, en lo que este país llamado España, contribuyo a sumarse a tan luctuosos
datos, así como a sufrir la angustia, la incertidumbre y la muerte, que a buen
seguro, muchos de nosotros hemos perdido
amigos, familiares, conocidos, todo ello sin desgraciadamente poder asistir a
visitarlos, a despedirse de ellos, o asistir tan siquiera a su funeral. Y aún
nos queda un largo camino para la tristeza y pesadumbre que soportar, pues hace
solamente un año, una Dana, adobada con dejación de responsabilidad y gestión
política, se ahogaron otras 230 personas, toda una desgracia.
Morir es una “putada”, llena de escenas deprimentes, de
llantos, de tristezas etc. Nuestra sociedad está organizada; a cada una de sus
necesidades le corresponde una o varias profesiones. Cuidar, tratar y proteger
la salud han hecho surgir una profusión de oficios distintos. Pero tras los
muros de los hospitales, clínicas, residencias, y hogares, todos sabemos que la
batalla no siempre se gana y que la muerte se presenta. Se reencuentran
entonces las profesiones que no pueden eludirse: la médica y la de enfermería. Pero la importancia de tal
acontecimiento, la forma que puede adoptar, la acción que estas profesiones
pueden y podrían desarrollar, el modo cómo reacciona esta sociedad nuestra, tan
bien organizada, prefiere ignorarlo, y el muro de silencio es aún más espeso
que las paredes de piedra; silencio que aísla
al enfermo, encerrándole en su soledad, que aísla al médico y aísla al personal
asistente.
En el siglo XVII se
informaba siempre al enfermo de la proximidad de su muerte; este papel de
informador recaía casi siempre en el amigo más cercano. Cada miembro de la
familia, incluyendo los niños, desfilaba por la habitación del moribundo, el
cual bendecía a cada uno y le legaba una parte de sus bienes.
Con el paso del tiempo se pasó a convertir al moribundo en
un menor de edad; debe actuar como si nada supiera. Se espera del moribundo que
evite las escenas de llanto, desesperación, etc. ¡Que no hable de la muerte y
que no la menciones en las relaciones sociales!. En nuestra sociedad, en la que
los fines que se persiguen son generalmente más materiales que espirituales, a
ninguna parte del “yo” se le permite sobrevivir a la muerte, significa entonces
el fin de todo. El sentimiento de “nunca jamás” suscita la angustia y la rebeldía.
La muerte se concibe también inconscientemente como contagiosa. El enfermo moribundo es aislado,
separado, se le miente. Se le impide de este modo intercambiar emociones y al
mismo tiempo comunicarse. La muerte se ha convertido en tabú. Un conjunto
de factores provenientes del hecho de morir, pero también de la actitud del
entorno familiar, médico y asistente, así como de la enfermedad misma, van a
modificar el comportamiento del moribundo.
Frente a toda situación angustiante, uno puede verse
obligado a la regresión, utilizando
las mismas armas de defensa que
empleaba el niño en situaciones inquietantes. Podemos describir, - al que llama sin cesar-, al que está celoso-, al
que monta en cólera-, al que se ensucia-, o al contrario, al que se abandona
completamente en manos del médico. Estas formas de regresión pueden evitar
la aparición de una depresión, en tanto que mecanismos de defensa son útiles.
El replegarse sobre sí mismo es constante, y la comunicación se torna difícil,
está triste y muestra una disminución de la velocidad de los procesos
intelectuales y actividades motrices. Sin embargo, la depresión no es evidente,
porque poca gente habla con los moribundos. Está puede venir del peligro
físico, pero también de las actitudes del entorno, en particular de la mentira,
que aísla cuando el enfermo presiente su muerte. La depresión es una reacción de duelo ante la propia perdida, la de
los objetos y personas que ama.
Otros estadios, como la agresividad, la angustia, la agonía son comportamientos, que modifican sus sentimientos, sus reacciones frente a la aproximación vivida de la propia muerte y frente a las reacciones que ella comporta en el medio exterior. Entre todas estas tristes y meditabundas consideraciones, se han encontrado personas de sensibilidad y temple, como el personal médico y de enfermería, de ejemplar comportamiento y, han sido muchos los que se preguntaban ¿Qué podemos Hacer?... entre el silencio y la huida.
Fermín
González salamancartvaldia.es
blog taurinerías

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