LA MASCARA
¿Alguien puede dudar que este mundo en el que vivimos sea un gran teatro? ¿Qué cada uno de nosotros, y cuantos nos han precedido y nos sucederán, vive en un escenario en el que ha de “representar” a un personaje si quiere sobrevivir? ¿Qué me visto y actúo con las “galas” que la sociedad me proporciona?, y que exige en el actor un fingimiento, una simulación, en definitiva, una doblez, una falsedad con la que hemos de presentarnos a los demás, si no queremos ir desnudos por la vida.
Fingimiento que desaparece solamente en la intimidad, cuando nadie nos observa, cuando estamos fuera del escenario, cuando me sincero conmigo mismo o con alguna otra persona, he de quitarme la máscara de la hipocresía. Máscara que forma parte indisoluble de la condición humana. ¿Cuánto duraría una sociedad en la que todos fueran sinceros en todo momento y lugar? No sólo los políticos, también los científicos, los religiosos, los padres, los hijos, los amigos, La vida social sería imposible sin el fingimiento, sin el disimulo, incluso sin la mentira, tal como nos dejó escrito Kant, el gran filósofo alemán: “Un mundo sin mentiras no podría estar habitado por seres humanos”. Sobre todo; “porque no estamos preparados para que nos digan la verdad sobre nosotros mismos”.Pero habría que precisar la
diferencia existente entre hipocresía y mentira. Ésta requiere la colaboración
de la voluntad, mientras que la primera es inconsciente y natural, como la piel
de la máscara que nos constituye. Todos los días son carnaval para la vida
social, porque no podemos desprendernos de la careta invisible que oculta nuestra
verdadera personalidad, la genética nos determina y el inconsciente nos domina.
Cuando esta raya se traspasa, la hipocresía se convierte en mentira, que es
algo ya muy distinto, porque interviene la voluntad, con el deseo de engañar. Todo
mentiroso es hipócrita, pero no al contrario. Aunque lo cierto es que, para
muchos, la palabra hipócrita encierra ya el germen de la mentira, con el oculto
deseo de parecerse. Tal ocurre, por ejemplo, con los “Señorones” y burgueses, la acción de los
hipócritas, que dan limosna con ostentación y gustan de salir en reportajes y
medios televisivos y de comunicación y propaganda, orar en misa de diez, y subir al cochazo en las esquinas de las
plazas para ser vistos y reconocidos por
los demás “mortales”, hacen
ostentación de su poder y riqueza, al mismo tiempo que dan limosna, o prometen
desde sus estrados aquello que no van a cumplir, tan solo por mantenerse
aferrados a sus poltronas. Pero esta actitud es ya hija de la mentira, una
actitud voluntaria, y por tanto, viciosa y pecaminosa desde un punto de vista
moral. Esto no es exactamente hipocresía, tal como indica su etimología.
Estamos en un tiempo, sin tregua
para las urnas, pasando aún ese
“Viacrucis”, en forma de crisis galopante, llenos de dudas e incertidumbres,
con algunos “esperpentos” con hechuras de cinismo ratero, que han llenado sus
valijas con descaro, cuando muchos ciudadanos eran despojados, de aquello que
les costó una vida reunir. Es en mi opinión la hora de la Justicia, de
enarbolar la bandera de su independencia, que podamos sentirnos, seguros,
confiados, al sentir, que de verdad es, y debe ser igual para todos. Estamos
esperando, y aun tenemos confianza que, hay otras formas de hacer política, en
que, justicia, igualdad, transparencia, etcétera; es la esperanza con la que
cuenta este pueblo. Seamos hipócritas, pero a sabiendas de que lo somos, seamos
actores de ese gran teatro del mundo, pero no usemos el escenario, para esbozar
las mejores mentiras, maquilladas de zalameras promesas, que no llegaran. Piensen
aquellos antes de pronunciarse, en sus hijos, su familia, sus amigos desde la
infancia, en la dignidad de todos, que van a confiar otorgándole su voto cuando
corresponda, para que los represente, gobierne y gestione. No se empalaguen de hipocresía
para mentirnos…
¡Por
favor un poco de dignidad!...

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