JUEGOS
INFANTILES- EN EL OLVIDO-
Pienso a veces que la aceleración del tiempo puede ser
ilustrada y demostrada por dos hechos igualmente deprimentes: el ritmo de
extinción de las especies vivas, y el ritmo de extinción de los juegos
infantiles. Si lo midiéramos por estos raseros, la velocidad de los tiempos que
nos ha tocado vivir, la aceleración hacia el futuro, sería una deriva decadente
y más bien triste.
Podría argumentarse que los juegos infantiles que van
cayendo en el olvido, a veces por desaparición del escenario natural de los
mismos, son sustituidos por otros nuevos fruto de un nuevo escenario. - No lo sé-.
No sé si los niños salen hoy a la calle como salíamos antes, creo que no, o si
salir a la calle de aquella manera de entonces determinaba que los niños
aquellos fuéramos distintos, como moldeados en un ambiente que ya no existe.
Si que recuerdo que salíamos a la calle de forma bastante
autónoma y liberal, sin padres ni carabina. Creo que ahora los niños pasan más
tiempo en casa, y ya no se escucha tanto aquella admonición materna -que era
casi una orden- de: “iros a la calle que me tenéis hasta el moño”.
La verdad es que antes se mandaba a los niños a la calle sin
demasiadas angustias ni aprensiones. Incluso los más pequeños empezaban pronto a
patearla bajo la tutoría transitoria y fugaz de algún hermano mayor, que sin
embargo también era un niño. Eran otros tiempos, no muy lejanos, o quizá
bastante lejanos-, pero si bastantes distintos.
Lo cierto es que extinciones siempre ha habido, tanto de
juegos infantiles como de especies vivientes, pero lo que debe preocuparnos es
el ritmo de estas extinciones, es decir la velocidad que ha atrapado y arrastra
a la sustancia de la vida. Este ritmo
endiablado que todo lo domina y que nos tiene a todos sin sosiego ni asidero
posible. Esta inusitada velocidad, en la que nos vemos sometidos a una vorágine
trepidante, que nos deja agotados, sin resuello, sin perspectiva, ni tiempo
para absorber todo aquello que ocurre a nuestro alrededor. Y uno no deja de
preguntarse: ¿Pero a donde vamos con tanta prisa?
La vida es animada, sí, pero una cosa es estar animado y
otra muy distinta es estar fuera de sí, desintegrándose. Y es que, si no
estamos integrados, alma y cuerpo, ser viviente y medio ecológico, vamos a la
desintegración, es decir, al desastre. Nos lo vienen anunciando, los eruditos
de la psicología y la sociología, y también otros sabios más cercanos, padres y
abuelos, con la experiencia suficiente de la vida, que han tenido avatares y
recorridos suficientes para pronunciarse sobre este acontecimiento. Todo se ha acelerado.
Hace ya algún tiempo,
no recuerdo donde, detrás de una vitrina llamaron mi atención un par de peonzas
de los tiempos, con su cuerpo de madera y sus puntas de hierro oxidado, tan
parecidas a las que yo usaba de niño que me sorprendió y casi diría que me
emocionó. Recordé aquellas peonzas mías de pico “cigüeña”, de pico “garbanzo”,
y las franjas de colores que les pintábamos para que fueran más vistosas.
Al parecer los egipcios ya las pintaban. Pensé entonces que el tiempo en que
los niños han jugado a la peonza se mide en siglos, desde un niño egipcio a un
niño español de los años 50 y 60, y sin embargo hoy ¿se han extinguido?
¿cuántos niños se ven hoy en la calle jugando a la peonza?
La misma emoción o sorpresa puede experimentarse en el juego
de “pico-zorro-zaina” que jugábamos
en nuestra propia infancia, cuando pegábamos un salto sobre las espaldas de
aquellos que le tocaba el turno de estar agachados con la cabeza entre las
piernas del que nos precedía casi siempre en número mayor de dos o tres, a modo de cabalgadura, al tiempo le preguntaba
a los que soportaban el peso uniendo las manos -si era “pico- zorro- zaina” y así seguido sin prisa incluso se iban
uniendo jugadores, y haciendo saltos cada vez más hábiles, y dolorosos en
ocasiones sobre las espaldas.
La ceremonia que daba
esplendor y sentido al mundo infantil de los tebeos era el intercambio que
hacíamos de ellos con otros niños de parecidas aficiones lectoras. Que por lo
demás eran los mismos compinches con los que jugábamos a la peonza o a las
canicas. Era un intercambio al por mayor, en grandes tacos de tebeos,
porque esta mercancía imaginativa, instrumento de nuestra fantasía, la
consumíamos con gran voracidad. Nos entraba mejor que los garbanzos.
Imagínense a tres niños, por ejemplo, arrodillados sobre
cualquier suelo capaz de soportar su firme voluntad de conquistar El Dorado o
el salvaje Oeste. Hay que decir que, en aquel barrio obrero, había en ese
tiempo muy poco terreno asfaltado, así que muy bien pudieran estar realizando
esa humilde operación de mercachifles, arrodillados directamente sobre la madre
tierra y sin ningún miedo al tétanos, ni al tifus, ni a los piojos, sino en
acostumbrada simbiosis con la materia que les era más próxima, tanto en el
tiempo como en el espacio: la tierra.
Con la tierra había que vérselas cuando íbamos en busca de
grillos cantores, o cuando jugaban a clavarse espigas de trigo en el jersey. Y
con la tierra tenían que vérselas cuando jugaban a la peonza y al clavo, o a
las canicas, antes juego de bolas, Incluso algunas de estas canicas -bolas de
pobre podríamos decir- las elaboraban con barro, amasado con primor de
alfareros, a las que luego daban consistencia en la “chapa”, que antes, en
España, siendo yo niño, había «chapa».
Era aquel un tiempo prodigioso en que las heridas
de «guerra» producto de las pedreas entre bandas contrarias y demás gajes
del oficio de niño, tal que por ejemplo las «piteras» -que así llamábamos a las
brechas en la cabeza producto de una pedrada- se curaban con vino y azúcar. Lo
cual, si no eficaz era al menos divertido, y además en aquel tiempo, como en
este, todo lo que no mata engorda.
Cada niño salía de su casa, en la que no hay ascensor, sólo escaleras, un taco de tebeos que no tiene nada que envidiar al tocho inconmensurable y sabihondo de un orgulloso licenciado. Allí se mezclan Jabatos y Capitanes Truenos, Taurus y Crispines, Zipis y Zapes, Mortadelos y Filemones, Hazañas Bélicas y Príncipes Valientes, con algún Superman añadido, que da variedad cosmopolita al conjunto. De aquel intercambio siempre transitorio, reversible, y con derecho a devolución, no se levantan contratos ni actas de ningún tipo, ni quedan registros escritos ni listas que ayuden después a la memoria, porque los niños la tienen tan nueva y tan fértil, que no necesita las mismas formalidades que la exhausta memoria de los adultos. Pero como decía Ortega, uno es uno y sus circunstancias, y las circunstancias a veces nos van llevando por caminos que no elegimos.
Fermín
González salamancartvaldia.es blog taurinerías

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