LOS PARTIDOS CADA VEZ
MÁS DÉBILES, Y LA DEMOCRACIA CADA VEZ MÁS POBRE
La falta de
identificación entre el partido como institución y sus afiliados y votantes.
-La era de los partidos ha pasado-. Aunque los partidos permanecen, se han
desconectado hasta tal punto de la sociedad en general y están empeñados en una
clase de competición que es tan carente de significado, que ya no parecen
capaces de ser el soporte de la democracia en su forma presente. Con prudencia-
algunos analistas aluden-, “que hay deficiencias de los partidos, la democracia
tiende a adaptarse a esas deficiencias y se autogenera un impulso en virtud del
cual los partidos se vuelven cada vez
más débiles y la democracia cada vez más pobre”.
Desde esta perspectiva, la aparición de partidos
populistas podría significar no sólo el alejamiento por parte de los electores
de la política y de los partidos tradicionales en torno a los cuales aquella
había venido vertebrándose, sino ser también la causa de cambios muy notables
en el Estado de partidos: entre otros, de un tan desordenado como disfuncional
crecimiento del pluralismo partidista, del incremento consiguiente de
la atomización de fuerzas en el seno de las instituciones parlamentarias, del
inevitable aumento de las dificultades para la formación de gobierno y de la
previsible acentuación de la inestabilidad gubernamental y, más en general, de
la inestabilidad política. En ese sentido, la reciente experiencia
española, que - algunos foros habían ya adelantado como más que probable-,
resulta muy ilustrativa de un fenómeno que podría llegar a extenderse por todo
el continente.
Creo, que los partidos se han desconectado en gran
medida de la sociedad a la que se dirigen, que como consecuencia de ello esta
última se ha separado peligrosamente de la política y que tal desconexión y
separación han provocado efectos muy relevantes, y profundamente negativos, en
el funcionamiento de las vigentes democracias de partidos. Ocurre, claro,
que tal satisfacción resulta muy difícil cuando quienes tienen encomendada tal
misión están, generalmente, tan preocupados por sus intereses personales o de
partido como para que la parte fundamental de su actuación pública se subordine
a la consecución de la propia supervivencia en el proceloso mundo de la
política competitiva. Un partido es; “cualquier grupo político identificado
por una etiqueta oficial que se presenta a las elecciones y puede sacar en
ellas candidatos a cargos públicos”. Ahora bien, si el gran objetivo
que persiguen los partidos es situar a sus candidatos en cargos públicos
–sirviéndose para tal finalidad de diversas vestimentas ideológicas y
programáticas que en no pocas ocasiones se defienden con grados de coherencia
en realidad más que discutibles–, resulta convincente afirmar, que el objetivo
que persiguen individualmente esos mismos candidatos es ganar los puestos a que
aspiran y, en buena lógica, conseguir permanecer en ellos todo el
tiempo que resulte materialmente posible.
Tal forma de enfrentarse a la actividad política no
sólo afecta, por lo demás, como podría parecer lógico y normal, a quienes, por
vivir exclusivamente de ella y carecer de una profesión o trabajo alternativos,
se ven constreñidos a tratar de mantenerse en la vida pública el mayor tiempo
posible, para evitar, así, quedarse en la calle sin oficio ni beneficio. Lejos
de ello, también quienes han desarrollado una vida profesional antes de entrar
en la política –que podrían retornar a practicar, con menor o mayor esfuerzo, en
caso de dejar la vida pública, o de que sea aquella quien los deje–, suelen
quedarse enganchados a sus cargos, en porcentajes que permiten realizar una
generalización, por todos los privilegios y ventajas del ejercicio público, es
decir, de esa forma de vivir que, no sin cierta frivolidad, suele describirse
como la erótica del poder.
La Administración, los medios de comunicación
públicos, el sistema educativo y el sector público de la economía se
adentra además, en un aspecto de la crisis partidista al que hasta ahora apenas
se ha hecho referencia, pese a su importancia tan esencial como innegable –la
corrupción política– que algún politólogo denomina “colonización
inversa”. Aunque se han propuesto diversos sistemas para controlar o,
al menos, aminorar los efectos perversos de la colonización de los poderes e
instituciones públicas, como los tendentes a controlar al ejecutivo desde el
legislativo a través de mecanismos, lo cierto es que tales
mecanismos han demostrado tener una eficacia limitada tanto desde el punto de
vista de la objetivación de los nombramientos –y la consiguiente
descolonización partidista del Estado– como, sobre todo, desde la perspectiva
de la lucha contra la corrupción, cuyos efectos en el desprestigio de los
partidos y en la desafección hacia la política son hoy realmente devastadores.
Piénsese, sin salir de nuestras fronteras, en el
Tribunal Constitucional y el Consejo General del Poder Judicial. O, con una
proyección política distinta, en las denominadas Administraciones independientes:
el Banco de España, el Consejo de Seguridad Nuclear, la Agencia Española de
Protección de Datos y la Comisión Nacional del Mercado de Valores.
Diversas han sido las propuestas que para lograr tal objetivo algunos hemos puesto desde hace años encima de la mesa: entre otras, las elecciones primarias como método de selección de las elites, la limitación de mandatos internos e institucionales o el establecimiento de sistemas de incompatibilidades entre cargos públicos y partidistas. Su puesta en práctica en diversos lugares, en algunos casos con sincera voluntad de cambiar las cosas y en otros (los más) con la intención, no por disimulada menos evidente, de que, algo cambie, para que todo siga igual, ha arrojado, ciertamente, resultados desiguales, lo que se traduce no pocas veces en la desconfianza o el escepticismo frente a cualquier intento de mejorar la cercanía de los partidos a la sociedad. Es posible que tal acercamiento sea una aspiración poco menos que imposible en las condiciones actuales de desarrollo de la política democrática. Pero es seguro que la renuncia a introducir cambios confiando tan ciega como estúpidamente en que el sistema representativo aguantará y en que los partidos jamás desaparecerán como elementos de articulación esencial de su funcionamiento deberá hacerse al precio de aceptar que la calidad de los Estados democráticos irá deteriorándose en un proceso quizá lento, pero, a la postre, imparable. Todo parece indicar que, por desgracia, en eso estamos, mientras los partidos –es decir, sus dirigentes– viven pendientes sobre todo del próximo proceso electoral y del próximo reparto de puestos y de cargos, mientras sus respectivas organizaciones y, con ellas, el sistema que administran, se hunden socialmente en un descrédito que no es menos real por el hecho de que cientos de millones de personas sigan votando, como un mal menor, a los partidos en los sistemas democráticos.
Fermín
González
salamancartvaldia.es blog
taurinerías

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