LA FELICIDAD PÉRDIDA
Existe una relación dinámica entre nosotros, el entorno y la
sociedad. La sociedad es un reflejo de
cómo somos y actuamos las personas y, al mismo tiempo, influyen en nosotros
el entorno y su cultura. Podemos libremente decidir si actuar o no según la
cultura dominante, que puede contribuir a promover y cultivar valores que
humanicen a las personas o, por el contrario a su deshumanización. Por su
incidencia, es importante conocer rasgos de cultura en la que vivimos.
Vivimos
frenéticamente, en un constante cambio social, laboral, político y hasta
climático que se identifica con algo positivo per-se el progreso. En este contexto, no importa tanto la dirección
que ese cambio tome, como la velocidad y frecuencia con que lo hace. El cortoplacismo y la propia velocidad e
intensidad de los cambios dificultan la reflexión sobre qué dirección tomar a
medio o largo plazo, - recibimos, como digo en otro artículo- sobredosis de
información que no siempre puede digerirse bien-. Esa información se difunde
instantáneamente en multitud de medios de comunicación en formatos
estandarizados que unifican las ideas.
Como resultado se produce una ausencia de reflexión, de contraste de opiniones
y soluciones diferentes. Lo “políticamente
correcto” se impone al pensamiento propio, ajeno a lo establecido, y desde
un punto de vista de pretendida “neutralidad”
se van creando nuevos estereotipos y tabúes. Este contexto es un buen caldo
de cultivo para la llamada “post-verdad”,
a través de la última palabra de moda que hemos incorporado a nuestro
acervo: Las fake-news.
Hoy se impone una “paz
romana” basada en la obligación - de
estar bien – y que todo es posible- con tal de que no perturbe nuestra
apacible vida. Todo es cuestionable, excepto la “libertad”, la “tolerancia” y la “democracia” entendidas como
instrumentos para evitar que se generen problemas que nos puedan perturbar. De
este modo, se confunde el respeto con el interés por los demás.
Nuestro –leiv motiv- es buscar la felicidad, un concepto
difícil de concretar y delimitar. Por este motivo, con frecuencia lo
sustituimos erróneamente por la idea de bienestar, una noción más accesible,
medible y susceptible de ser legislada. Por otra parte, el desarrollo económico
y social ha dado lugar al ejemplo de Estado del bienestar que bien podría
llamarse Estado del bien tener, equivalente a vivir bien, disfrutar del ocio y
del amplio abanico de servicios públicos. De
este modo se cierra un círculo en la que la felicidad se equipara al bienestar
y queda anclada en el materialismo extremo y cortoplacista que mide el éxito en
función de lo que se tiene: algo medible y externo.
La cultura se ha vuelto frívola, banal y divertida. La falta de un sentido más profundo se suple con el consumo y la diversión, produciendo un trastorno de impulsos y de ausencia de ideales. La felicidad depende entonces del Estado, de los royalty televisivos, o de que nos toque la lotería, no de nuestro propio proyecto ni de nuestra riqueza interior, ni de nuestro esfuerzo. El bienestar y las comodidades son la idea que tenemos de felicidad y delegamos su adquisición en el Estado: como pagamos impuestos tenemos derecho a que se nos de todo lo necesario. Somos esclavos de una sociedad que nos exige consumo para lograr el éxito esperado. Pero la realidad es tozuda, y el ser humano no se siente feliz ni pleno ante la situación descrita; no somos más felices por vivir en una sociedad opulenta. Tenemos una muestra palmaria cada día, personas de éxito, ejecutivos, banqueros, políticos etcétera, que se sienten vacíos ante sus propios logros. La razón hay que buscarla en la contradicción de esta lógica: entendiendo de este modo, el bienestar nos ofrece todo al precio de deshumanizarnos y arrasamos las pautas de nuestra libertad personal.
Fermín González
salamancartvaldia.es blog
taurinerías

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