DOGMAS: RADICAL O
MODERADO
Mi experiencia religiosa comienza, a lo que recuerdo, con
las inolvidables y frecuentes funciones de culto católico en la sombría iglesia
parroquial. Desde que tuve uso de razón mi familia católica se preocupó de
llevarme a cumplir con el rito dominical, tras celebrada 1ª comunión. Pero lo
que más grabado quedó en mi conciencia infantil fueron las grandes
escenificaciones del ciclo litúrgico: Navidad, Semana Santa, Corpus Christi. En
esto de la escenificación pocos rivales tendrá la Iglesia católica. Con el paso
de los siglos ha sabido seducir con atractivo sensorial de primera calidad. Los
cinco sentidos resultan sacudidos por la emoción. La vista con la estudiada
liturgia de las ceremonias teatrales escenificadas en el templo. El olfato, con
el penetrante olor del incienso. El oído, con la maravillosa creación de la
música sacra. El tacto, con el roce monótono y subyugante de las cuentas del
rosario. El gusto, con el inefable contacto físico y místico a la vez de la
hostia consagrada. Todo lo experimenté y de todo guardo imagen indeleble en mi
memoria.
Pero, sin duda, lo que más huellas dejó en la hoja en blanco
de mi mente fue esa pedagogía, mal llamada educación, que consiste en el
adoctrinamiento y sutil esclavitud ideológica en los maravillosos años de la
formación. Una verdad impuesta por la autoridad de los mayores, inyectada a
presión en la conciencia virgen, sin posibilidad de réplica, ni siquiera
involuntaria, por el sumiso respeto de quien se sabe inferior. De lo cual no
culpo a ninguno de ellos, pobres humanos esclavizados a su vez por ese mismo ‘meme’ religioso en cuya transmisión
ponían tanto empeño, como si en ello les fuera la vida. Comprendo que este ambiente religioso ha sufrido una notable
evolución en las últimas generaciones, que quizás encuentren ridículo dar
crédito al problema religioso íntimo y personal que a mí me afecta tan
profundamente y al que intento hacer frente liberándome de los imaginarios
fantasmas de mi infancia. Conforme fui creciendo y viajando, no dejó de
sorprenderme bastante la realidad urbanística de cuantas poblaciones visitaba.
Todas ellas se habían desarrollado alrededor de una iglesia, que solía ocupar
siempre el corazón del pueblo, destacando como la edificación más importante y
ricamente construida, resistente al paso del tiempo, con notable ventaja a
castillos, palacios, casonas y centros cívicos, no sólo por su tamaño y
grandeza, sino, de ordinario, por su buena conservación. En los pueblos de
España podrán faltar edificios públicos de autoridad civil, de recreación o de
enseñanza, pero nunca una iglesia, con su torre dominadora y vigilante sobre el
resto del caserío. Nada diré de las ciudades de mayor población, con su
catedral, colegiata, monasterios, iglesias y conventos, todos ellos edificios
de singularidad y valor artístico extraordinario, en comparación con las demás
edificaciones. Pocos palacios civiles hay que puedan competir en arte y riqueza
decorativa con un retablo barroco de cualquier pueblo perdido en los bellos
rincones de la geografía española.
En una familia
católica nací, en una ciudad y en un país de confesión católica me crie y jamás
pensé dejarme subyugar por ninguna otra confesión religiosa. “Pero el hombre
propone y Dios dispone”, máxima que vale tanto para un roto como para un
descosido. Pero puedo responder, sobre
todo la absurda noción de pecado, con que nos intimidan los predicadores del
bien, hipócritas casi siempre, cuya impuesta autoridad es el más pesado lastre
que ha de soportar el librepensador dueño de su cerebro, de su intimidad y de
sus creencias.
Si todas las religiones cumplen idéntica misión en la sociedad humana, no hay por qué considerar la mía como la verdadera, ya que las hay más antiguas y con mayor derecho de primacía. Y como todas no pueden ser verdaderas, hay que deducir que todas son falsas. La doctrina religiosa es un ‘meme’ cultural que se me impone desde la niñez, y cuya veracidad debo poner en duda al madurar mi razón. Soy católico porque nací en un país y una familia católica. Si hubiera nacido en una familia budista, ésa sería mi religión, a la cual tendría por verdadera. Lo mismo vale decir de las demás religiones. Conforme avanzas en la edad de la razón, todo se relativiza y la duda penetra en el ánimo, sin hallar respuestas satisfactorias. Lo que sí pueden hacer las religiones -y de hecho, casi todas hacen- es ayudar a sobrellevar las miserias de la vida, con una esperanza que, no por incierta, deja de ser un gran consuelo individual y colectivo creyente, que necesita huir de la nada y sentirse un ser para la eternidad. Y como la fe es algo muy personal, como la salvación o la condenación eternas, no me interesan en este aspecto los problemas sociales ni las ideologías políticas, ni la repercusión que en las diversas sociedades pudiera tener la aceptación de mis ideas. Tampoco es mi intención influir en nada ni en nadie. Cada uno debe buscar la felicidad como bien le parezca, pero sin hacer daño ni proselitismo ideológico. Procuro, en mi vida privada, interiorizar el problema religioso, con escrupuloso respeto a todas las creencias. Nunca el polemizar, ni con filósofos profesionales ni con fanáticos creyentes, que jamás se dejarán convencer. Y harán bien: una vez hallada la felicidad hay que defenderla contra toda clase de opositores; el mayor tesoro que mi razón alcanza en este peregrinar por la vida humana: la libertad de conciencia, individual e intransferible. Y en esas estamos, - oye.
Fermín
González salamancartvaldia.es blog taurinerías

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