ENTRE PUENTES
¡ATRÉVETE!
¡Atrévete a saber!:
Con esta frase imperativa el filósofo alemán Immanuel Kant resumía las aspiraciones racionales de la Ilustración
europea. Era el primer mandamiento al que debían someterse los seres humanos,
al llegar a su mayoría de edad como especie, para conseguir la perfección de su
humanidad; fue la elegida por el filósofo para alertar a sus contemporáneos del temor que había arrinconado desde los
comienzos de la hominización a la
maravillosa facultad de la razón en algún recoveco del cerebro, sin desplegar
todas sus posibilidades, ante lo que veía como insondable y pavoroso misterio
de la naturaleza. Cierto que las agrupaciones más primitivas habían conjurado
ese temor desde supuestos mágicos; cierto que, al menos desde las
civilizaciones organizadas, por ejemplo; griegos o romanos, se habían
enfrentado al problema acudiendo a la divinización
de sus propios temores; cierto que los filósofos más notables de la historia
europea, durante veinticinco siglos habían ido ganando terreno, mediante su
razón, a las secretas oscuridades de la existencia. Pero no es menos cierto
que, aún los más brillantes, desde Platón a Galileo, de Tomás de Aquino a
Newton, de Erasmo a Descartes, inclusive los más destacados anticlericales como
Voltaire, habían detenido sus reflexiones ante el inefable misterio de la divinidad. Son incontables los
pensadores que nunca se atrevieron, sin ser devotos cristianos, a traspasar esa
linde peligrosa de la existencia de Dios.
Llegado a este punto, Kant -también creyente- defiende en
sus últimos días la necesidad de cruzar esa barrera para completar la evolución
de la mente humana. ¡Atrévete! Es
decir, no te dejes intimidar por las aseveraciones, sin fundamento racional, que
pretenden coartar la libertad de pensamiento, que es lo que hace que el hombre
sea hombre. ¡Atrévete! No seas
cobarde, ni pusilánime, ni servil, ni torpe, ante las enseñanzas tradicionales
que se aceptan sin el tamiz del juicio crítico. ¡Atrévete! Por fin ha llegado el momento en la historia de la
humanidad en que las razones sentimentales han de permitir el paso a los
sentimientos racionales. Por fin, el ser humano ha de abandonar el conformismo,
sobre todo en materia religiosa, para ser dueño de sí mismo y de sus creencias,
con absoluta libertad de conciencia. Aunque los resultados puedan demoler un
mundo ya caduco, guiado por el temor a perder la esperanza en una felicidad
futura.
Podemos decir que, hasta el siglo XVIII, aunque tímidamente,
no desaparece de la historia el entumecimiento, la atonía del pensamiento,
libre por naturaleza. La filosofía lo había conducido por caminos vacilantes,
pero bien intencionados, con limitaciones y barreras inaceptables. Ahora era
preciso atreverse a llegar al fin del misterio, a pensar con libertad y sin
prejuicios, afrontando el riesgo de ser incomprendido, incluso condenado, por
la sociedad. El atrevimiento suponía la audacia necesaria para fustigar
tradiciones, costumbres y falsedades, si tal aparecían ante el hombre
ilustrado. En este mundo que nacía por obra de los nuevos pensadores no había
cabida para los apocados. La meta no era ya la seguridad, ni la confianza, ni
el sometimiento al poder (a cualquier poder) sino la sabiduría. Poco después
hubo derramamiento de sangre, pero eso no era necesario, aunque así lo
entendieran algunos exaltados. Había que atreverse a saber, no a hacer uso de
la guillotina.
La Ciencia era la garante de la nueva sed de conocimiento. Lo único que necesita el ser humano para alcanzar su mayoría de edad es el conocimiento, la verdadera sabiduría, que no, en el (sometimiento servil a las ideas ajenas) sino en el desarrollo del propio juicio crítico, sin presiones ni postulados indemostrables. En estos dos siglos transcurridos desde entonces, la Ciencia ha ido ganando terreno en progresión exponencial, con descubrimientos diarios que nos permiten ir desvelando el misterio poco, a poco. El primer mandamiento, pues, que ha de acatar el hombre ilustrado, es decir, culto y reflexivo, es el de abandonar su comodidad irreflexiva y abrazar con resolución el pensamiento libre, poniendo en primer lugar en tela de juicio todo lo aprendido. Hay que atreverse a reflexionar y a razonar a fin de conseguir el conocimiento de la verdad, que no está en el sometimiento a criterios ajenos sino en lo que dicte, juiciosamente, la propia razón. Cuando la criba se haya terminado, los resultados serán menguados y decepcionantes, pero el hombre libre sabrá que puede alcanzar otras metas de verdad, avaladas por las investigaciones científicas, en las que no hay sitio ni para espíritus, ni para ángeles o demonios, ni para dioses inventados.
Fermín
González Salamancartvaldia.es (blog
taurinerías)

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