ENTRE PUENTES
Remover la tierra
Tras un tiempo de descanso,
aparece de nuevo la noticia por la que se reinician las excavaciones en
Atapuerca, así como en otros lugares, donde ya han aparecido restos, de
antepasados tanto en forma humana como animal (con limitado presupuesto) al
parecer vuelven a reunirse de nuevo, un buen número de científicos y
antropólogos, con el fin de seguir profundizando y estudiando cómo se formó la
vida, como hemos llegado hasta aquí; a
través del ser humano. Y lo cierto es que en no pocas conversaciones y
tertulias siempre aparece el mismo misterio ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos?
Dicen los antropólogos que
todos venimos de un mismo tronco africano, que toda la humanidad actual
desciende de aquellos cromañones que, siendo una rama ya evolucionada de los
primeros homínidos, pudieron prosperar gracias a su mente creativa y a la
invención del lenguaje articulado. Pero sin conciencia moral, obedeciendo sólo
a los genes egoístas, en los que predomina la destrucción y la muerte. De lejos
viene el olor a sangre. Llegados al estadio presente, en que los humanos
mantenemos en alto el hacha de guerra, tribus contra tribus, hermanos contra
hermanos, sin motivo aparente que lo justifique, tendremos que preguntarnos con
Juan Luis Arsuaga, que fue director de las excavaciones de Atapuerca: “¿Nos
habrá conducido la evolución hacia un callejón sin salida?”. Él mismo
se responde, sin demasiada esperanza: “La respuesta está en el viento”.
Visto lo visto, parece que el
desarrollo evolutivo ha sido espectacular en algunos aspectos, fisiológicos y
psicológicos, mentales y creativos, pero casi nulo en la conducta moral. Somos
los mismos bárbaros que hacen cientos de miles de años. Mucha gente sigue sin
creer en la teoría evolutiva (¿cómo voy a
ser pariente de los monos?) desde que Darwin la expusiera hace ya más de un
siglo. Pero la Ciencia, aunque pueda ir
modificando sus postulados, en esto parece que ha llegado a un consenso
universal. Aquello de Adán y Eva comiendo manzanas no pasa de ser un cuento
infantil. Lo mismo que la leyenda del paraíso terrenal. El hombre actual
desciende, por evolución natural, de unos ancestros que, hace millones de años,
dieron origen, por misterios azarosos de la genética, a varias ramas de
homínidos, entre ellos nosotros. No es que el chimpancé ni el orangután, ni el
gorila, sean nuestros hermanos, pero sí son nuestros primos lejanos. En la
reproducción a tamaño natural de los homínidos neandertales de Atapuerca (hace
800.000 años) hay un aspecto que me llama la atención: la ausencia de un vello
abundante por todo el cuerpo que mitigara los rigores del frío.
En el siglo XVI, con el
triunfo del idealismo, los pintores contribuyeron a dar alas a la imaginación
para elevar a nuestros primeros padres (Adán y Eva) a la cima del canon estético. Otros tantos
maestros, siguiendo las huellas del clasicismo greco-romano, dieron vida con el
pincel a una pareja de progenitores de los que la humanidad pudiera sentirse
orgullosa, sin demasiados rasgos salvajes, como la piel cubierta por entero con
vello abundante y protector. La belleza renacentista se impuso a la verdad
histórica. Lo que la Ciencia va descubriendo es algo muy distinto. Ya nos
habían dicho que los primeros españoles (el “homo de Atapuerca) eran grotescos
y salvajes caníbales. Pero también nos hemos enterado de algo más trágico: su
canibalismo era selectivo, ya que preferían la carne más tierna de sus propios
congéneres, aun antes de que llegara la pubertad. Y nada de rituales
religiosos. Era elección libre de la dieta. ¿Serían sus propios hijos los
sacrificados? Para no llegar al abismo de la crueldad, prefiero pensar que eran
los hijos de tribus rivales, de unos cuatro o cinco años, cuyos huesos,
quebrados y fosilizados, están siendo estudiados en estos momentos, sin muchas
esperanzas de encontrar una explicación eximente.
Sin embargo, esto nos ayuda a entender la conducta agresiva del hombre actual, de cuyos genes no han desaparecido esas tendencias del hombre primitivo. Pese a supuesta bondad del hombre salvaje, los neandertales eran de naturaleza violenta, sin más horizonte vital que la supervivencia en un mundo hostil, que no sabían distinguir el bien del mal, como cuenta la historia sagrada. Pero, además, eran feos, de una fealdad que nos asusta, como hoy nos pueden asustar nuestros primos los gorilas. Pero si esto lo pudiéramos aceptar de Adán, ya que, como dice el refrán, “El deseo hace hermoso lo feo”, resulta inaceptable para nuestra vanidad una madre Eva con esos rasgos simiescos. Por ello, la tentación más frecuente suele ser la del desprecio y la incredulidad: ¡No puede ser verdad tanta fantasía científica! Es preferible aferrarse a la teoría bíblica como a un clavo ardiendo. ¡Que nadie me expulse del paraíso de mis sueños, con mis bellos padres, mis manzanas y mi serpiente, por muy malvada que sea! Acepto de mil amores la pesada carga del pecado original, con tal de zafarme de esa historia bestial que nos quieren hacer creer unos locos antropólogos que no saben lo que dicen. Si el demonio, como dice el papa, ya ha sido vencido, nada puedo temer de sus añagazas para privarme del paraíso. Bien pensado, si no sabemos dónde están localizados ni el cielo ni el infierno, sí podemos estar seguros de algo más cercano: el limbo está entre nosotros. –Quizá ni eso-…Bufff estoy perdido tu….
Fermín González comentarista salamancartvaldia.es (blog taurinerías)

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