ENTRE PUENTES
EDUCAR: AYER Y HOY
Antes, las personas se casaban, tenían hijos y los criaban.
No era algo por lo que se preocupaban demasiado. Pero los tiempos fueron
cambiando, quizá con más rapidez de lo que a la postre fuimos capaces de comprender, las generaciones se
fueron adaptando de forma lenta a otras nuevas formas de concebir. Y, surgió
una multitud de especialistas en crianza de niños, esgrimiendo títulos
rimbombantes, y cambiando las estructuras incluso, las escolares, apareciendo
unos textos y libros, que para decir lo mismo, estos necesitaban cuatro páginas,
y un envoltorio de extravagancias, imposibles de entender para muchos
progenitores, yo creo, que nadie éramos capaces de descifrar aquellos signos,
todo un galimatías, para quienes queríamos participar, instruir y volver a
recordar tiempos de alumno.
Pronto la retórica sustituyó a la realidad; lo absurdo, al
sentido común. La crianza de los hijos,
independientemente de la escolaridad, se convirtió en una ciencia abstracta y
difícil. Los padres se volvieron tolerantes y democráticos, y, por ende, los
hijos se tornaron mimados e ingobernables, caprichosos, con signos de
menosprecio y violencia. Es cierto que según la época en la que cada cual ha tenido que criar hijos, las confusiones,
las razones, las imposiciones, la rectitud, las exigencias y la disciplina,
tuvieron unas formas y un exceso de celo un tanto turbulentas y agrias en no
pocas ocasiones, como para que ahora no efectuemos esa comparación, y evidentemente algún signo de
culpabilidad quede en nuestro haber.
La experiencia nos ha demostrado que alguna de las ideas en
boga que creen muchos padres de hoy son, en realidad, mitos perniciosos. Hemos
llegado a obsesionarnos con la idea de elevar a los niños a una posición de
prominencia que no se han ganado y de la cual no se obtienen beneficios. Acostumbramos a nuestros hijos a un nivel
de vida material que no guarda relación alguna con lo que pueden esperar cuando
sean adultos. Se ha de considerar que la mayoría de ellos no alcanza este
grado de opulencia trabajando o sacrificándose, sino con lloriqueos, exigencias
y manipulaciones. Se les enseña que
pueden obtener algo por nada: una de las actitudes más destructivas que puede
adquirir una persona.
Así que, adminístreles vitamina N (no). De a sus hijos todo
lo que verdaderamente necesitan, pero solo parte- menos de la mitad- de lo que
desean… En muchas casas hay juguetes esparcidos por todos los lados y, sin
embargo los niños se quejan de aburrimiento. Un chico no puede decir que va a
hacer, porque tantos juguetes le presentan demasiadas opciones. Algunos padres
temen que si su hijo carece de los juguetes de moda que tienen sus amigos, su
autoestima bajara. Pero la autoestima no
está en función de la cantidad de cosas que poseemos, sino de la capacidad de
desarrollar dones que llevamos dentro. Y cuanto más gira la familia en
torno al niño, más se centra este en sí mismo. Salvo en los primeros años de su
vida, los pequeños no requieren atención constante. Se puede comprobar, que
cuanta más atención les prestaban, a los críos, más exigentes y desobedientes
se volvían. ¡Los niños habían tomado el poder!.
Está claro que, salvo ese tiempo crucial, digamos de “Biberón”,
ahora con mucha más rapidez que antaño, los niños tiene un desarrollo bastante
más precoz, y su intelecto proyecta más rápidamente la realidad y el entorno
que le rodea, si se le marcan las pautas
de conducta los chicos se vuelven más independientes, seguros extravertidos,
felices y corteses. Por elocuente y correcta que sea la explicación, los niños sólo
son capaces de ver un punto de vista: el propio. Es mucho mejor decir
sencillamente sin amenazas ni disculpas: “Porque lo digo yo”. Pocos son los que
soportábamos nos dieran esta respuesta, sin embargo cuando llegas al borde de
tensión y desastre “Porque lo digo yo” pasa a formar parte del vocabulario doméstico.
También se puede decir “Porque soy tu padre (o tu madre) y tomar decisiones
aunque no gusten es mí responsabilidad. Lo cierto es que una familia no es una
democracia. Tarde o temprano alguien debe decir la última palabra, y es mejor
que ese alguien sea un adulto, o todos se hallaran en problemas. ¡Como
lo oyes tú!...
Fermín
González salamancartvaldia.es blog taurinerías
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