ENTRE PUENTES
LAS EXTRAÑAS
VACACIONES DEL SEÑOR -K-
[Nada más despertar, tras un sueño ciertamente intranquilo, K encontró
que frente a él yacía el cadáver de un hombre uniformado]. La primera carga de perplejidad
desatada no surgía tanto del hecho de hallarse ante un cuerpo inerte como por
el hecho de haberse quedado dormido en un lugar extraño, en un viejo café al
que no recordaba en absoluto haber llegado. Su memoria, tan pastosa como su
lengua, lo que le dio una idea exacta de cuánto había bebido la noche anterior,
se detenía poco antes de la medianoche, justo cuando deambulaba por las calles
de aquel pueblo costero, famoso por sus balnearios, que su doctor le recomendó.
Sí. Recordaba un cielo negro lleno de nubes rojizas despejando la profundidad
del infinito… Y recordaba que quiso beberse una copa antes de encerrarse de
nuevo en el apartamento que tenía alquilado para dormir un poco. Nada más. Poco
a poco comenzó a reasumir el control de sus funciones y se levantó pesadamente
para observar más de cerca el cadáver…
Era un tipo de unos treinta años. Un tiro en la frente había
acabado con su vida. Vestía un uniforme color oscuro con pistolera a la altura
de la cintura. Quiso determinar a qué distancia se produjo el disparo, pero
desistió pronto. ¿Qué podía saber él de
armas de fuego o asesinatos? Él era un triste funcionario demasiado
nervioso, cuyo doctor le recetó unas vacaciones en un lugar apartado y un
tratamiento a base de píldoras, de varios colores, y de impronunciable nombre.
Había llegado hasta el lugar la tarde anterior y ahora estaba frente a un
hombre muerto, padeciendo una resaca tremenda y dudando por primera vez sobre
su implicación en el homicidio. No estaba acostumbrado a beber. Pero le costaba
creer que hubiera sido capaz de algo así. No era un hombre violento. A decir
verdad, a veces ni creía ser un hombre.
Buscó el arma homicida. No la vio. Tampoco observó nada
fuera de lo común, ninguna señal de violencia, con la que tratar lo ocurrido, o
encontrar una pista para construir un argumento, nada, ningún signo que
delatara su participación en el hecho.
Con la sola iluminación de una pequeña hilera de lámparas que había sobre la
barra, fue constatando que no parecía haber nada fuera de lugar, a excepción,
claro está, de él mismo y del hombre muerto. Corrió hasta el teléfono de la
barra. A punto de marcar el número de la policía recordó que no estaba en la
ciudad. Seguramente la comisaría local tendría su propio número. Salió a la
calle a la búsqueda de alguna persona a
la que pudiera pedir ayuda. No había nadie.
Comenzó a caminar deprisa, sin poder apartar de su mirada interior el rostro
del hombre muerto, la pequeña herida en la frente por un calibre 22, los
párpados hinchados como si tras ellos acumulase un torrente de lágrimas que ya
no podrían verterse, la boca abierta en un mudo gesto de protesta, quizá de
tenebrosa impotencia. La sensación de que, sin abandonar jamás la misma calle,
llegaba al mismo punto, le hizo asignarle un trazado circular de la calzada.
Comenzó a cambiar de rumbo de manera arbitraria, lo que le sumergió de nuevo en
un estado de desorientación. No se veía luz alguna, ni farolas ni ventanas
iluminadas. En dos ocasiones creyó oír pasos, pero todo sonido cesaba cuando él
se detenía, así que los atribuyó al efecto de un eco.
Perdió la noción del tiempo… La noche parecía no tener fin…
Repentinamente, se detuvo de golpe. Y no porque hubiera vuelto a escuchar pasos
a su espalda. Era porque, repasando de nuevo todo lo sucedido, creyó encontrar
una prueba que le señalaba a él como el único culpable del homicidio.
Ahora la turbia
certeza de que él era el asesino le obligó a caminar más deprisa que antes.
Estaba agotado, es cierto. Pero la culpabilidad recién asumida le dictaba
una voluntad de huida, le instaba a dejarse el aliento entre zancada y zancada.
Por mucho que quería darle la vuelta al asunto, no hacía sino sentirse cada vez
más convencido de que él era el autor del crimen. Él no era un hombre violento.
No sabía nada de armas ni de heridas. Pero mientras buscaba ayuda se había
puesto a pensar en el muerto dando por seguro que la herida en la frente era la
consecuencia del uso de un calibre 22. ¡Si ni siquiera tenía idea de lo que era
un calibre! Trataba de refutar ese dato, pero todo apuntaba a que, tras haberse
excedido más de la cuenta con la bebida, había entablado una conversación con
aquel hombre uniformado, una charla en la que éste le habría enseñado el arma
que portaba. Por eso no encontró el arma. La había vuelto a poner en el lugar
al que pertenecía: la pistolera.
Siguió corriendo. Por momentos, debido a la vegetación que
ocasionalmente sustituía a las casas blancas, creyó que se alejaba del pueblo.
Pero tardaba en recorrer nuevas plazas y nuevas callejuelas abovedadas.
Rendido, entró en la única puerta que
permanecía abierta, aunque el interior sólo albergaba obscuridad. No quiso
saber dónde se encontraba. Asqueado por el olor de su propio sudor, se quedó
dormido.
Nada más despertar, tras
un sueño ciertamente intranquilo,
K encontró que frente a él yacía el cadáver de un hombre uniformado que
ahora sonreía.
Ay… los sueños en vacaciones,
a veces nos producen un desgaste, un cansancio, una angustia
terrible, un miedo tenebroso con tintes dramáticos, incluso, aunque no sepamos
nada del asunto… Y seamos inocentes al despertar…
Fermín
González salamancartvaldia.es
blog taurinerías
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