ENTRE PUENTES
¡VIDA DE BARRIO!
En su ya lejana juventud,”aqueste” mozo aguerrido de escasas entendederas soñó
con poder ser modelo, galán de cine, ídolo deportivo o cantante de
éxito, labores éstas en las cuales tampoco es que te exijan lucir licenciaturas
o doctorados, pero todo aquello que acaso pudo ser divino fue, al
fin en el recuerdo apenas un sueño. Así que se quedó en matón de
barrio. ¡Cumplidor, eso sí: encargo aceptado, encargo llevado a
cabo a la plena satisfacción del cliente que soltaba la pasta! El “mozo” tenía la extraña
habilidad, para que todo el vecindario, le encargara, recados, trabajos, y
otros menesteres, de leve compromiso… Y el “tío”, siempre se encontraba, en el
momento y sitio oportuno,- y aquello; empezó a molestar, a los otros mozos, y una
“razonable” envidia se apodero de ellos-.
Tenía una voz tan poderosa como su calva (se quedó mondo y
lirondo de su tupida mata de pelo de resultas de un desengaño sentimental con
una pelandusca que se la daba con cualquiera, rotunda y roqueña, con la que
apabullaba a sus oponentes con razón o sin ella (casi siempre sin ella) en
cualquier discusión en la que se enzarzase. Y no eran pocas las reyertas, que
era también de querencia guerrillera y escaso repertorio de términos en las cuestiones
de verbo.
Le gustaba comer caracoles sacándolos con un palillo (“decía
que hurgar con el alfiler en el agujero del bicho era cosa de “sarasas”) y
luego sorber con mucho ruido el caldito que quedaba en el caparazón. Tampoco le
hacía ningún asco a las gambas con gabardina, que comía a puñados como si
fueran quisquillas, contribuyendo no poco a la extinción de la especie de este
crustáceo marino. Y dar escandalosas risotadas y soltar improperios por los
asuntos más banales: un imprevisto resultado de fútbol, la cojera de un
rengo, el siempre sugerente escaparate de una corsetería… u otras
grotescas situaciones.
¡Hasta que una vez, en una de esas discusiones sin sustancia
particularmente acalorada, se le cayó un libro del bolsillo. De poesía.
Amorosa, para más inri. Un “librín” flacucho, escaso de páginas, casi
escuálido: “Veinte poemas de amor
y una canción desesperada”, rezaba el título con letras gordas. De un
tal Neruda, que también vaya nombrecito para un tío!.
La cara de estupor de sus compinches de tabarra a la vista
del suceso no es para contarla: le perdieron el respeto para siempre. Cuando se
recuperaron del asombro se lo demostraron de inmediato expulsándole
ignominiosamente del local, retirándole la palabra para los restos y dándole a
entender bien a las claras que las visitas a su bar de toda la vida no serían
bien recibidas de ahora en adelante.
Una pena. Porque para nosotros, chaveas ociosos sin un chavo
en el bolsillo, aquellas escaramuzas

verbales en la taberna del barrio y en las
que de cuando en cuando se escapaba algún guantazo que otro, se nos antojaban
muy entretenidas.
Amén de ser gratis, lo que tampoco es moco de pavo.
Fermín González salamancartvaldia.es blog taurinerias.
No hay comentarios:
Publicar un comentario