ENTRE PUENTES
LA INDEPENDENCIA DE
CERRO BELMONTE
No sé, si este articulo (por supuesto recopilado y adaptado
a este formato) había que mandarlo entero, o por fascículos. Tampoco estoy muy seguro si lo recuerdan, lo ignoran, les pasó
desapercibido, o no despertó interés o curiosidad. Pero lo cierto es que el
suceso, de hace cerca de treinta años, suscito una gran repercusión en los
medios, dentro y fuera de nuestras fronteras, y que tales peripecias, algunas
de carácter “cómico”, tuvo también su parte más que seria, incluso de trance
diplomático; y sale ahora el “famoso” caso, toda vez que, como Cataluña, trata de la independencia, y su
semejanza.. Lean:
El 12 de agosto de 1990 aterriza en el aeropuerto
de La Habana, previa escala en Canadá, un vuelo procedente de España. El
gobierno castrista lo recibe en el pabellón de autoridades. Como a los jefes de
estado. A bordo viajan 25 de los
héroes de Madrid que se han rebelado contra el gobierno de España. La
orden de que se les de asilo político viene directamente de Fidel
Castro.
Esta es la historia de Cerro
Belmonte, un barrio de Madrid que un verano proclamó la independencia y
se convirtió en reino sin rey. Sus vecinos se rebelaron contra unas
expropiaciones del Ayuntamiento que lideraba Agustín Rodríguez Sahagún. Y lo hicieron a lo grande. Antes, mucho
antes de que Puigdemont llegase a la
Generalitat, unos madrileños sacaron las urnas a la calle, votaron y se
independizaron. Diseñaron una bandera, compusieron un himno, redactaron una
constitución y emitieron moneda propia. Incluso elevaron a la ONU una
petición de reconocimiento de soberanía.
El proceso independentista de
Cerro Belmonte estuvo estructurado en dos fases: la petición de
asilo político a Cuba y la proclamación de independencia previo referéndum.
HISTORIA:
Cerro Belmonte era un barrio
del distrito de Valdezarza (Madrid) que albergaba a unas 250 personas. Estaba
limitado por la autopista de Sinesio Delgado y lindaba por un parte con la
calle Villaamil y con la zona de Peña Chica por la otra. Un barrio de casas bajas y personas mayores. En 1990, en la
España preolímpica, el sector de la construcción estaba desatado. El Ayuntamiento
incluyó a Cerro Belmonte y sus alrededores en un nuevo plan urbanístico. Eso
significaba expropiar a unos vecinos que no se querían marchar de allí porque
contaban con casas amplias y patios, casas bajas y personas mayores. Un
pequeño pueblo dentro de una gran ciudad.
La administración, además, fijó el precio de
la expropiación en 5.018 pesetas el metro cuadrado. Una cantidad
irrisoria que enfadó a los propietarios. Les echaban de sus casas contra su
voluntad y por cuatro duros. Por si fuera poco, para realojarlos les proponían
zonas como Vallecas o Villaverde, muy lejos de su barrio.
Entre los afectados se encontraban los padres
de una abogada que se convirtió en el auténtico cerebro de la protesta. Y que
acabó tan desengañada con la experiencia que ahora, para participar en el
reportaje, pone como única condición que no se utilice su nombre en el
texto. ¿Por qué no, si es relativamente fácil encontrarlo por internet
o en recortes de prensa?: “Porque acabé tan quemada y
escarmentada con todo, que no quiero que mi nombre vuelva a aparecer en prensa.
Aquello me labró enemigos muy potentes que me han hecho la vida
imposible". La cuestión es, que fue ella la que empezó a espolear
a los vecinos para que se elevase el tono de las protestas. De consultas al Ayuntamiento
pasaron a manifestaciones cada vez más ruido
En verano de 1990, una de las noticias
de portada en la prensa española era el conflicto diplomático que
mantenía Cuba con España. El 17 de julio, los vecinos de Cerro
Belmonte venían de manifestarse contra la expropiación que ordenaba el
Ayuntamiento de Agustín Rodríguez Sahagún. Se plantaron en la puerta del
Consistorio con amenazantes pancartas contra el alcalde, del tipo (“Sahagún,
te vas a ver como el betún para sacarnos”).
Como el Ayuntamiento seguía negándose a
negociar, a la abogada se le ocurrió una brillante idea: pedir ayuda al
enemigo. Ella y varios vecinos fueron a la embajada cubana en Madrid a entregar
una carta pidiendo asilo político al régimen castrista. “Aquello
no pretendía ser más que un acto simbólico”, jura la abogada. Pero se les
acabó yendo de las manos. Los funcionarios de la embajada eran reticentes a
coger la carta. Al final la
recepcionaron, con miedo y por compromiso. La abogada y los vecinos volvieron a
sus casas decepcionados. “A las tres de la madrugada del día siguiente
recibí una llamada en casa. Eran de la Embajada de Cuba. Me dijeron
que pasaría un coche a por mí enseguida”, recuerda la letrada, que reconoce el
miedo que pasó aquella noche. A los pocos minutos vino un taxi a recogerla y se
la llevó.
“Al llegar a la embajada cubana me
metieron en un cuartito con dos personas y una radio con música caribeña a todo
volumen. Decían que había que hablar así por si había micrófonos ocultos. Yo no
entendía nada”. Le preguntaron qué cuántos de los vecinos se irían a vivir a
Cuba. Sería un golpe de efecto para el régimen castrista, que esos días veía
como unos disidentes cubanos acaparaban toda la atención mediática protestando contra Fidel con un encierro. Unos
españoles mudándose a Cuba se antojaban un contraataque propagandístico
perfecto para Castro.
La abogada les reconoció entonces que
aquello de pedir asilo político había sido una especie de maniobra de
marketing y visibilidad para negociar unas expropiaciones. Que en un
principio nadie en el barrio tenía pensado irse a vivir a Cuba. "A los
pocos minutos sintonizaron un canal de radio. Era un discurso de Fidel
Castro". En uno de aquellos “mítines” tan breves que se
marcaba el dictador, le dedicó 45 minutos de su discurso (de 4 horas)
al barrio de Cerro Belmonte. Hablaba de la opresión del gobierno
español, de revolución, de la lucha de los vecinos, de héroes…etcétera.
“Los 25 de La Habana”... Al final, la abogada
negoció. A vivir no, pero a visitar Cuba sí que se comprometía que iban
a ir los vecinos de Cerro Belmonte, siempre y cuando los gastos del viaje y
la manutención corriesen a cargo de Cuba. No hubo problema. Castro compró 25
pasajes para que los rebeldes de Cerro Belmonte visitasen la isla de la
revolución.
A los pocos días se celebró un
sorteo en el barrio que determinó qué personas viajarían a Cuba. La rifa dejó
un resultado heterogéneo: "Desde un anciano que tendría como 80 años
y que había servido en la División Azul, hasta una niña de 10 años"
recuerda la abogada. Así hasta un total de 25 vecinos. Principalmente
de avanzada edad, porque Cerró Belmonte era una zona en la que residían muchos
ancianos. El viaje más largo que había hecho la mayoría hasta entonces
era a la Puerta del Sol. "Parecíamos una excursión del IMSERSO",
rememora la abogada. “Fuimos a La Habana a mediados de agosto, para coincidir
con el cumpleaños de Fidel, que era el día 13. Allí nos recibieron con honores
de estado. Al llegar nos tenían preparados unos obsequios: un puro habano para
los hombres y una especie de estambre para las mujeres. Los vecinos veían
aquello y cuando recibían el regalo se volvían a poner a la cola. Uno de los
funcionarios que nos recibió me acabó preguntando: “Oigan, ¿ustedes
cuántos han venido? Porque tenemos apuntadas 25 personas pero hemos dado ya más
de 60 regalos”. Ahí ya vi que no iba a ser un viaje fácil”, recuerda la
abogada.
Hubo muchos contratiempos durante los 7
días de estancia de los cerro-belmonteños en Cuba. Al entrar en dependencias
oficiales, lo primero que vieron fue un cuadro de Raúl Castro. El anciano que
había servido en la División Azul lo confundió con Hitler y se vino arriba:
empezó a levantar la mano, hacer saludos
nazis y a gritar “Viva Hitler, Viva Franco. Esta gente sí que sabe”.
Ese mismo vecino, llamado Paco,
protagonizó uno de los sustos del viaje. Una mañana lo esperaban para
desayunar, pero el anciano divisionario no aparecía. Pasaron las horas, lo
llamaban al teléfono de la habitación pero no contestaba. La expedición
española se temía lo peor. Un hombre tan mayor, solo... Cuando empezaban a
temer lo peor y a calcular cuánto costaba repatriar un cadáver a España,
el divisionario apareció en el hotel con una “jinetera” (señoritas de compañía)
agarrada de cada brazo.
Los vecinos visitaron la isla antes de
entrevistarse con Fidel. Los llevaron a las espectaculares playas de Varadero
acompañados por un guía muy delgado que se llamaba Orestes Aldama, pero al que
todos los madrileños llamaban 'Pepe' porque no se aprendieron el nombre.
"Una vecina que pesaba más de 100 kilos se metió en el agua y tuvo un
percance, casi se ahoga. Pepe, el guía delgado, se metió en la mar a salvarla.
Salieron de allí los dos con vida, pero al que le tuvieron que acabar
haciendo la respiración boca a boca fue al pobre Pepe; le costó muchísimo
sacarla", cuenta la abogada.
Para matar el tiempo mientras estaban en
el hotel, los vecinos se llamaban los unos a los otros por el teléfono de la
habitación, imitando el acento cubano que les hacía mucha gracia. “La niña de
10 años se quedaba conmigo en la habitación. A ella le gustaba coger siempre el
teléfono y contestar a las burlas. Una vez vi que atendía el teléfono, mandaba
a la mierda literalmente al interlocutor, como era habitual en esas bromas,
colgaba y se reía”, recuerda la abogada. El problema fue que esa
llamada en concreto era de Fidel Castro. “Cuando bajamos a recepción
nos estaban esperando allí los periodistas del Granma, el periódico del
régimen, para preguntarnos qué nos había dicho el comandante, porque todos
estaban avisados de que me iba a llamar. Yo no sabía ni qué explicarles”.
Fidel Castro los recibe: Fidel Castro no se lo tomó mal, porque los recibió
en el Palacio de la Revolución sin el más mínimo rencor. “Un palacio precioso
para el hambre que estaban pasando en su pueblo”, cuenta uno de los vecinos.
Castro estuvo allí atento con todos los cerro-belmonteños. Les regaló puros,
libros y se hizo fotos con ellos. Finalmente, Castro no logró convencer
a ningún vecino para que se quedase a vivir en el paraíso revolucionario. Les
ofreció casas y trabajo, pero los madrileños vieron demasiada miseria en la
isla. “Creo que, después de las que liamos, ellos tampoco querían que nos
quedásemos. Nunca fueron tan felices los cubanos como cuando nos despidieron”,
relata la abogada.
Los rebeldes prefirieron volver a
Madrid; tenían que desarrollar la otra parte del proceso independentista de
Cerro Belmonte: el referéndum para proclamar la independencia. Los
vecinos habían adquirido protagonismo con su viaje a Cuba. Casi todos los
medios de España se habían hecho eco del desafío independentista a España y de
la respuesta de Cuba. “El diario Egin nos llamaba a menudo, nos
entrevistaba en su canal de radio. A ellos les interesaba tener gente en Madrid
que pidiese la independencia, pero nosotros les repetíamos que nuestra lucha no
tenía nada que ver con la suya, que nosotros nos volveríamos a España cuando estuviese
todo resuelto. La presión mediática no fue suficiente y el Ayuntamiento seguía
enrocado en sus expropiaciones a 5.018 pesetas el metro cuadrado. Por ese
motivo, los vecinos se vieron forzados a tomar la más drástica de las
decisiones: se independizarían. Los vecinos votarían de forma
libre y soberana, y el resultado sería vinculante. El referéndum se
celebró la primera semana de septiembre en casa de 'La Desi'. Es decir, de
Desideria Becerril, una de las vecinas más ancianas del barrio. Las
urnas eran de cartón y se montaron en un momento; no hubiera dado tiempo a
que ningún cuerpo policial las incautase. “Las papeletas las hice yo a mano.
Pero ya han pasado más de 25 años y el delito ha prescrito”, bromea la abogada.
El censo electoral de Cerro Belmonte y aledaños era de 214 personas. En el
referéndum salió independencia con un resultado de 212 a 2.
Los disidentes fueron dos vecinos
mayores que no acababan de ver claro aquello de montarse un país por su cuenta.
Pero respetaron la voluntad democrática del barrio y así se constituyó el Reino
de Cerro Belmonte: "Era un reino sin rey. Le pusimos reino porque fue el
nombre que más le gustó a la gente”, puntualiza la abogada. El nuevo reino
aglutinaba también el Principado de Villaamil y el Condado de Peña
Chica. Los vecinos cerraron fronteras con unas vallas de obra, cortaron la
circulación en las calles principales y montaron tiendas de campaña en
el campo de fútbol, donde de día hacían guardia los niños y de noche los
mayores. “En aquel entonces se empezaban a poner de moda las acampadas
reivindicativas, como la que pedía que España diese el 0,7 del presupuesto a
los países pobres, que era la campaña de moda aquellos días”, indica la
abogada.
¿Cómo actuó la policía ante el cierre de
las fronteras? Como Cerro Belmonte no tiene mar,
no fue viable enviar un barco con el dibujo de Piolín, como ha mandado el
gobierno español ahora a Barcelona. Los que intervinieron en aquel momento
fueron los agentes de la Policía Municipal. “Se lo tomaron muy bien y se
solidarizaron con los ancianos. Las concentraciones en las calles cortadas
empezaban por la mañana; si había algún vecino que se dormía, la misma policía
le recordaba que tenía que ir a cortar el tráfico. Si lo vecinos llevaban
churros, ellos traían el chocolate", explican vecinos del bar. Durante
la semana de la independencia, en Cerro Belmonte trabajaron duro para dotar al
nuevo país de elementos de identidad propia. Lo primero que hicieron fue
diseñar una bandera. Decidieron expropiar una de las estrellas de la
bandera de Madrid y llevársela con ellos. Así nació la bandera de
Cerro, que son tres franjas horizontales, roja, blanca y roja, con un triángulo
blanco en un lado, como la de Cuba o la Estelada. Y en el centro, la estrella
que le robaron a Madrid. Tan en serio se lo tomaron que presentaron una
instancia en la Comunidad, exigiendo que quitasen una de las siete estrellas de
la bandera madrileña, porque se la habían llevado ellos.
El diseñador de la bandera fue Gregorio Bravo,
el hijo de la “Desi”. Era delineante y, en los 90, cuando aún no había
herramientas on-line para dibujar, él ya disponía de recursos para diseñar
banderas. “Creo que la tela la cedió mi vecino el heavy”, recuerda David, uno
de los vecinos que en aquella época no era más que un adolescente.
Goyo, el diseñador de la bandera,
también fue el encargado de emitir la moneda. Creó una divisa llamada
belmonteño. Cada billete valía 5.018 pesetas, que era el precio que
el Ayuntamiento le quería pagar a los vecinos por metro cuadrado. El billete
estaba impreso en papel normal, nada de papel moneda. Tenía dibujado el mapa
del barrio por una cara y la estrella expropiada a Madrid por la otra.
Y como colofón, la Constitución. Fue redactada, cómo no, por el mismo que diseñó
la bandera y los billetes. Se aprobó el 12 de septiembre de 1990. Tal vez sea
la única constitución en el mundo que, en su artículo primero, aboga por la FELICIDAD (en mayúsculas en el
documento original) de sus habitantes. También concedía asilo político a todas
las personas que se considerasen maltratadas por el Ayuntamiento de Madrid. ¿Cómo
se sostendría la economía del país? Los vecinos lo tuvieron claro desde el
primer momento: el barrio estaba limitado por un extremo por la autopista de la
calle Sinesio Delgado. Instalando un peaje ahí, los ingresos entrarían
a espuertas. Esa es una similitud que sí que guarda Cerro Belmonte con
Cataluña.
Todos estos símbolos se presentaron el
sábado por la noche, cuando se celebró la gran fiesta por la independencia en
el campo de fútbol,
entre tiendas de campaña, vallas de obra y niños que estaban pasando el mejor
verano de sus vidas
A la fiesta de esa noche no faltó un
solo vecino. Ni siquiera los dos que votaron en contra de la
independencia. Los invitados de honor fueron los funcionarios de la
embajada de Cuba en Madrid, los mismos que les gestionaron el viaje a La
Habana. Nadie quería perderse uno de los momentos más emotivos de
la noche: la presentación del himno de Cerro Belmonte.
El himno lo compuso el grupo
Kaduka2000, que eran unos punkis que vivían en el barrio y
habían montado una banda. Ofrecieron un concierto gratuito al que llevaron como
público a todos sus colegas: un montón de heavys y punks que no dejaban de beber sangría y fumar porros. A los ancianos de Cerro Belmonte no les escandalizó
aquel intenso aroma en el ambiente. A fin de cuentas, todos eran patriotas
que estaban allí para escuchar su nuevo himno, el que les tendría que poner la
mano al corazón y el vello de punta.
¿Les impresionó a ustedes ver a un
millón de personas cantando el himno de Cataluña en Barcelona con motivo
de la Diada? Pues ahora imaginen a 300 madrileños en un campito de fútbol
con tiendas de campaña, cantando a pleno pulmón: “Queremos pan,
queremos vino, queremos al alcalde 'colgao' de un pino”. Esa fue la letra
que escogieron Kaduka2000 para ilustrar la represión que sufrían los cerro-belmonteños.
Es una adaptación de una tonada tradicional, pero ellos la reivindican como
propia: “Se la inventaron los punkis. Yo no había escuchado eso en mi vida”,
asegura la abogada. Muchos recuerdan que de aquel fiestón salieron
sensiblemente perjudicados por la sangría los funcionarios de la Embajada de
Cuba.
La
fiesta fue un éxito, no sólo de asistencia si no repercusión. Empezó a correr
como la pólvora que aquellos rebeldes madrileños se habían independizado y
comenzaron a reclamarlos medios de todo el mundo. El Times
Magazine les dedicó un amplio reportaje. Der Spiegel de Alemania les
dio una página entera y la BBC les entrevistó en el programa
“Wicked world”. El diario Egin los sacaba en portada
y los medios españoles los llevaban a los programas matinales. Cada día
recibían llamadas de personas en el extranjero que se ofrecían para ser cónsules
de Cerro Belmonte y llevar así las relaciones diplomáticas exteriores. La última medida
adoptada por los cerro-belmonteños fue dirigirse a la ONU para que reconociesen
la independencia del nuevo estado. Pero no hizo falta seguir con el plan. Finalmente,
el Ayuntamiento se dio por enterado. La repercusión mediática aconsejaba
sofocar el conflicto con diálogo. Unos emisarios del Ayuntamiento de Madrid se
pusieron en contacto con los vecinos a finales de septiembre para comunicarles
la rendición del Ayuntamiento: Cerro Belmonte había ganado.
El barrio salía de aquel plan
urbanístico y las expropiaciones quedaban sin efecto. La zona se incluiría en
el siguiente plan, lo que daba tiempo a los vecinos a negociar de forma
individual sus terrenos con constructoras privadas, consiguiendo unas
cotizaciones mucho mejores. Además, el realojo de los
vecinos se hizo en pisos nuevos del mismo barrio o alrededores, no en Vallecas
y Villaverde como estaba previsto. El gobierno de Cerro Belmonte y
aledaños, por su parte, derogó la independencia y volvió a unirse a
España.
¿Final feliz?:
¿Al final todos contentos? Todos no. La
abogada acabó desengañada incluso con los propios vecinos: "Cuando se
anuló la expropiación se perdió el espíritu de unión. Se vieron muchas
miserias. Cada uno empezó a negociar por su cuenta y hubo muchas discusiones y
episodios muy feos”. La letrada acabó rompiendo fotos, billetes, papeletas y
todo lo relacionado con el Caso Cerro Belmonte. "Apenas queda
documentación gráfica de aquello. Tiré como 3 kilos de papel, no quise
saber nada más de aquel tema", asegura. Y por eso, aunque sea muy fácil
encontrar su nombre, no quiere que salga en el reportaje.
Actualmente, Cerro Belmonte es una zona
de pisos nuevos en plena expansión. Un puente les permite atravesar por encima
la autopista Sinesio Delgado, aquella en la que querían meter un peaje. En esa
pasarela hay una pintada que habla de “los mártires del pueblo”. Seguro que no
se refiere a aquellos rebeldes, porque en aquel proceso no murió nadie. Fueron
mártires sin muerte, en un reino sin rey que se independizó y le robó una
estrella a Madrid. De aquel país con un himno punki ya no quedan apenas ni
fotos. Pero cuenta la leyenda que, en las noches de verano, por el puente de la
autopista, se oyen voces de ultratumba que cantan aquello de: “Queremos
pan, queremos vino, queremos al alcalde colgao de un pino”.
Esta es la
historia, una más de esta querida España nuestra, un recuerdo para aquellos más
jóvenes, con el fin de que algunos
“inventos” de ahora, ya tenían la idea y la patente, en otros que les
precedieron… 


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