ENTRE PUENTES
MEDIOCRES CAMUFLADOS
Si uno ve la televisión u oye la radio o lee la prensa, si
atiende a los políticos, a muchos intelectuales y artistas, incluso podemos
agregar a algún obispo, uno acaba por tener la sensación de vivir en un país envilecido y lamentable, lleno de
aprovechados, de cínicos, de imbéciles y de fatuos. Cuanto tiene una dimensión
pública - y descuiden que me incluyo sin
reserva en esa mínima parte que me corresponde- produce una impresión negativa,
como decir, de permanente exasperación y rebajamiento, de griterío generalizado,
de empujones y codazos, de desfachatez, mezquindad, tontuna, mentira y codicia
todo mezclado. Uno oye a los tertulianos, ya desde buena mañana por
radio, y, a
los pocos minutos la apaga entre hastiado y avergonzado, tal suele ser la
mediocridad, la sarta de disparates y despropósitos que escucha, casi todos
pronunciados con el mayor engreimiento. Enciende la televisión y se encuentra,
en demasiadas ocasiones, con gente chillona, pisándose la palabra, sin escucharse
haciendo el memo o soltando zafiedades, ya sean presentadores, tertulianos o
concursantes, agilipollado público, bobalicón y cursi que bate palmas o
bailotea como niños, o participantes en “debates”, con frecuencia gente que no
tiene idea de nada y, lo que es peor, que no se ha parado ni un minuto a
pensarlo. E incluso, echa un vistazo a unos “informativos” o mesas preparadas
para esclarecer algún tema de relativa actualidad, y se topa con el añoso/a,
locutor/a, megalómano/a - no dando o exponiendo la noticia, sino gustándose
ante la cámara, y hablado de sí mismo y de sus pésimos gustos. Abre uno los
periódicos o las revistas y no es nada raro que lea bobadas sin cuento,
opiniones no meditadas y declaraciones rimbombantes y huecas. Presta atención a
los políticos y de la mayoría solo brotan evidencias, falacias y
autopropaganda, casi nunca una idea interesante o el reconocimiento de un error
o una culpa, y todos tendrían una lista larga. Y no me dejo para atrás internet, cosido a nuestro a inseparable móvil, donde
el trapicheo de memeces, las incongruencias y las conversaciones a medias y
fuera de tono son en su gran mayoría cercanos al 90/%.
Si uno ve a España, o
aún el mundo, a través de lo público, se convence de vivir en una época de decadencia
absoluta. No es ya; que no se premie la
inteligencia ni la discreción ni la educación ni la reflexión, la argumentación
ni el saber ni la prudencia, que sólo eso parece molestar y aburrir y tan solo
se aplaude el histrionismo, la grosería, el dislate, la ignorancia, la
maledicencia y la mamarrachada, todo envuelto en ese papel mediático de la
mediocridad. Uno se para un poco a pensar, y notas que este es un país
definitivamente echado a perder, si es que no el mundo. Pero lo cierto es que
también estoy harto de conocer a personas valiosas, gentes sosegadas, bien
humoradas, cultas, educadas, inteligentes y prudentes atentas a su propia vida,
afanosas por saber más, con buena voluntad y curiosidad infinita. Y uno también
descubre jóvenes – en esta época en la que aparecen tantos cafres e
impresentables- que tienen todas las trazas de convertirse en ciudadanos
valiosos y responsables, deseosos de hacer bien lo que toque en suerte (no
siempre van a poder elegir, bien lo saben) indiferentes ante la notoriedad y la
fama. Cierto también que son más difíciles de encontrar, felizmente los hay,
pero estos no se presentaran nunca en los entes públicos de vociferación,
tampoco a un concurso de reality show o programas de
“despellejamiento” ni tan siquiera escribirían insensateces, como las que yo
mismo escribo (y otros muchos no crean). Porque mientras exista esa gente
discreta, a gusto con su anonimato, con su atención centrada en su vida y su
trabajo, sin más ambición que la de su propio mejoramiento, este país incluso
este mundo no estarán aún condenados.-Me parece a mí… Vamos-


No hay comentarios:
Publicar un comentario