ENTRE PUENTES
CUATRO SIGLOS DESPUES
CUATRO SIGLOS DESPUES
Ahora, que nos vemos metidos de lleno en el lamentable suceso de aquellos, que abandonan
sus países, y sus raíces de nacimiento. He querido plasmar un capítulo del Quijote, en memoria y homenaje de
aquel escritor Cervantes, del que ya apunte en otro artículo, como era posible
que el llamado Miguel, de cuyo nombre si quiero acordarme, escribiera esta
obra. Y casi de forma metafórica nos llevara de la mano, a comprender este
(fragmento) con más de cuatrocientos años de adelanto.
Admiróse Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse
abrazar del estranjero peregrino, y después de haberle estado mirando, sin
hablar palabra, con mucha atención, nunca pudo conocerle; pero, viendo su
suspensión el peregrino, le dijo:
—¿Cómo y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a
tu vecino Ricote el morisco, tendero de tu lugar?
Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó a
rafigurarle, y finalmente le vino a conocer de todo punto y, sin apearse del
jumento, le echó los brazos al cuello y le dijo:
—¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de
moharracho que traes? Dime quién te ha hecho franchote y cómo tienes
atrevimiento de volver a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala
ventura.
—Si tú no me descubres, Sancho —respondió el peregrino—,
seguro estoy que en este traje no habrá nadie que me conozca; y apartémonos del
camino a aquella alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar mis
compañeros, y allí comerás con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendré
lugar de contarte lo que me ha sucedido después que me partí de nuestro lugar,
por obedecer el bando de Su Majestad, que con tanto rigor a los desdichados de
mi nación amenazaba, según oíste.
Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los demás
peregrinos, se apartaron a la alameda que se parecía, bien desviados del camino
real.
[...] y Ricote, sin tropezar nada en su lengua morisca, en
la pura castellana le dijo las siguientes razones:
—Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el
pregón y bando que Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso
terror y espanto en todos nosotros: a lo menos, en mí le puso de suerte que me
parece que antes del tiempo que se nos concedía para que hiciésemos ausencia de
España, ya tenía el rigor de la pena ejecutado en mi persona y en la de mis
hijos. Ordené, pues, a mi parecer como prudente, bien así como el que sabe que
para tal tiempo le han de quitar la casa donde vive y se provee de otra donde
mudarse; ordené, digo, de salir yo solo, sin mi familia, de mi pueblo y ir a
buscar donde llevarla con comodidad y sin la priesa con que los demás salieron,
porque bien vi, y vieron todos nuestros ancianos, que aquellos pregones no eran
solo amenazas, como algunos decían, sino verdaderas leyes, que se habían de
poner en ejecución a su determinado tiempo; y forzábame a creer esta verdad
saber yo los ruines y disparatados intentos que los nuestros tenían, y tales,
que me parece que fue inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en
efecto tan gallarda resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos
había cristianos firmes y verdaderos, pero eran tan pocos, que no se podían
oponer a los que no lo eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo
los enemigos dentro de casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigados con
la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro la
más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamos lloramos por España,
que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte
hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea, y en Berbería y en todas
las partes de África donde esperábamos ser recebidos, acogidos y regalados,
allí es donde más nos ofenden y maltratan. No hemos conocido el bien hasta que
le hemos perdido; y es el deseo tan grande que casi todos tenemos de volver a
España, que los más de aquellos, y son muchos, que saben la lengua, como yo, se
vuelven a ella y dejan allá sus mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el
amor que la tienen; y agora conozco y experimento lo que suele decirse, que es
dulce el amor de la patria.
Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y
aunque allí nos hacían buen acogimiento,
quise verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania, y allí me pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se vive con libertad de conciencia.
Siguieron su conversación el morisco y Sancho. Pero lo importante ya está dicho…
Verdad.



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